Conozca al McGyver caraqueño, el hombre que sacó provecho de una tragedia (Video)

Foto: Panorama

Bredis Rodríguez aún se estremece cuando recuerda la noche del 21 de mayo de 2012. Una llamada de los Bomberos del Área Metropolitana de Caracas le advirtió que su hijo había tenido un grave accidente cuando se dirigía a su casa y que su condición era crítica. Fue llevado de emergencia al Hospital Miguel Pérez Carreño, donde, por 25 días, se mantuvo inconsciente. Así lo resportó el diario Panorama.

Sabrina Machado

Pasado casi un año del terrible acontecimiento, que cambió la vida de la familia Sanguino, la mujer se seca las lágrimas que todavía brotan con solo pensar en la posibilidad cierta que hubo de perder a Ángel. “Señora, váyase para su casa, hicimos lo humanamente posible, no espere más nada, solo rece mucho”, fueron las palabras lapidarias de los especialistas que atendieron a su hijo de 32 años. Hoy le da gracias a Dios “todos los días” por seguir disfrutando en familia.

Ese sábado, en la tarde, Ángel había grabado unas escenas de la película Espejos, de César Manzano. Por cinco años había esperado y luchado por uno de los papeles protagónicos. Estaba feliz porque a la semana siguiente comenzaba la grabación del filme. Sin embargo, de regreso a su casa, su destino cambió radicalmente, cuando dos vehículos que picaban cauchos —según la versión oficial del Instituto Nacional de Tránsito Terrestre— lo atropellaron.

El hombre quedó al lado de la autopista Francisco Fajardo con severas lesiones, mientras uno de los vehículos arrastró por 85 metros la motocicleta de Ángel, que quedó debajo del carro. La otra persona responsable del siniestro se dio a la fuga. Fractura de tibia, de las dos rodillas, de los ligamentos de las piernas, lesión en los dos ciáticos, graves heridas en la vejiga, el intestino y el bazo, órgano que perdió, al igual que su brazo izquierdo, fue el diagnóstico realizado por los expertos que lo atendieron.

A los 25 días transcurridos en terapia intensiva se unieron 45 días en traumatología y las idas semanales a rehabilitación para realizar terapias, que hoy por hoy continúan. Los psiquiatras y psicólogos que atendieron a Sanguino le indicaron que debido al accidente y a su condición de discapacitado debía cambiar todo su ritmo de vida, debería desarrollar otro oficio, en virtud a la mutilación de su brazo, porque era imposible que continuara con la rutina diaria desarrollada hasta ese momento. Tal prescripción vino acompañada con un récipe de antidepresivos.

Pero los médicos no contaron con la determinación del hombre que estando en terapia intensiva, inconsciente, recibió la orden de Youce Villarroel, su pareja durante 13 años: “No me puedes dejar sola, tienes que levantarte porque vas a ser papá”. Diez días después del accidente la joven esteticista se enteró de su embarazo. Esperaban su primer hijo.

“Mi bebé me regresó a la vida”, dice el hombre con una gran sonrisa, quien afirma estar “feliz” de su vida, de su familia y esperanzado de todo lo que tiene por delante, entre esos acontecimientos su primer día del padre. Samuel Arturo ya tiene dos meses, con su brazo derecho lo carga con temor a que caiga, pero ya trabaja en un brazo que le permita “columpiar” a su hijo, que le dé total seguridad para sostenerlo.

Una de las características de este hombre, técnico en computadoras y móviles, es que está dispuesto a vivir, a sonreír, a ser feliz y a dar rienda suelta a todo su ingenio y ganas de superación. Como luchó para no morir, hoy lucha para no ser aislado por la sociedad y para seguir realizando lo que siempre le ha gustado. “La peor discapacidad es la discriminación”, afirma.

No acepta cambios impuestos por su nueva realidad. Prefiere darle la vuelta y encontrar nuevos caminos para llegar a esa senda que siempre le ha gustado. “Lo que se hace con pasión, tiene garantizado el éxito”, filosofía que no está dispuesto a cambiar, aunque la tragedia se haya interpuesto en su rutina; por tal motivo, se inventó un brazo robótico, que le permite seguir revisando y arreglando los mismos equipos que reparaba antes del accidente de tránsito. “Antes revisaba cuatro equipos diario, hoy reparo la misma cantidad”, dice con orgullo.

Sanguino tenía cuatro meses con la moto para el momento del accidente, pocos días antes la había puesto en venta, porque quería comprarse un auto. Vivir en Catia (oeste) y trabajar en La Tahona (este) lo llevó a adquirir este vehículo. Hoy, trabaja en su casa, al lado de una ventana por donde se filtra el trino de unos pajaritos durante la mañana.

En este espacio están dispuestos dos mesones. En uno repara los equipos que a diario le llegan por diversas vías y en el otro trabaja en su proyecto, al cual le dedica horas y sueños. Su gran problema es la movilización, porque no tiene carro y le teme al transporte público “Si me caigo en el Metro puede ser fatal para mí”, asegura. Todavía se enfrenta a las lesiones: su pierna izquierda la mueve pero no la siente y su pierna derecha la siente, pero no la mueve”.

Cuando apenas recobró la conciencia y aceptó que no lo consumiría la depresión comenzó a realizar los bocetos de su nuevo brazo, aquel que le permitiría seguir siendo útil, aportando a su familia y marcándole un nuevo futuro. Apeló a su tío Breiner Rodríguez, quien es técnico en ortoprótesis para que lo ayudara a diseñar el acoplamiento del brazo a su cuerpo, todo lo demás es su creación.

Por las características de la lesión sufrida por Ángel en el país no se encuentran prótesis para él, tiene que comprarla en el exterior y la más económica tiene un costo de 200 mil bolívares. El accidente le cercenó el brazo hasta el codo, pero la infección que sufrió conllevó a cortarlo más arriba del hombro.

“Cada genio tiene un poco de loco”, dice su novia —como él la llama—. “Cuando lo veía dibujando creía que no iba a poder lograrlo, pero lo dejé, todos lo dejamos, por lo menos estaba entretenido en algo, pero ahora que lo veo realizado soy muy feliz”, señala Villarroel, quien no esconde su orgullo.

En una lucha en contra del pesimismo, en la que se impuso la terquedad, Ángel creó un brazo a su medida al que le adhirió todos los elementos necesarios para continuar trabajando, prensas, pinzas, lupa, hecho con materiales desechables, comprados en ferreterías y con piezas de juguetes.

El prototipo utiliza como fuente de energía dos pilas cuadradas, es funcional y barato, como asegura su creador, quien no se siente un genio, solo un hombre “iluso”, que lucha por un mundo mejor, donde los discapacitados no se vean obligados a morir en la depresión, ahí su lucha.

Está en contra de los colores grises y tristes de las prótesis, de las sillas de ruedas, “¿por qué las cosas no se pueden ver cool?”, se preguntó este McGyver caraqueño, quien se confiesa como el terror de los secadores de cabello de su mamá desde que tenía 10 años y es el nuevo Terminator de su familia, según su sobrino de seis años.

Actualmente trabaja en otra prótesis que llevará los dedos y que le permitirá adherir cosas con este nuevo brazo. Semanalmente se reúne con personas brillantes, con grandes ideas de crear y capaces de hacer feliz a muchas personas, pero que les falta recursos para lograr mayores metas y eso es, justamente, lo que busca este hombre técnico y actor: financiamiento.

Asegura que ya no consigue vecinos que le presten aparaticos ni piezas de tamaños adecuados para su creación, por lo cual, le es imperativo —por ejemplo— un torso con el cual crear sus propias piezas.

La tragedia le marcó a este hombre un nuevo camino, su deseo es “reencontrarse con la sociedad, porque los discapacitados no tienen por qué sentirse limitados, tenemos que luchar por un mundo mejor, ¿o será que yo soy muy iluso? Es necesaria llevar la tecnología a las personas que la necesitan, a la calle, ¿Quiénes pueden pagar por una prótesis 200 mil bolívares?”, se pregunta al agregar que un muchacho le preguntó hace poco si podía adaptar a su brazo unas llaves, ya que él quería seguir trabajando en mecánica. “Tenemos que cambiar”, afirma sin borrársele la sonrisa de la cara.

Desde su silla asegura estar feliz de su familia, quien cerró filas para traerlo del otro lado, a donde estuvo a punto de partir. A través de esa ventana continúa construyendo, creando, sigue siendo el mismo niño que con 10 años hizo un cohete con una botella de refresco y le quebró la ventana a su vecina del piso 16, que se empeñaba en realizar carritos que no solo fueran de frente sino que también dieran las curvas.

Hoy, Ángel Sanguino inventa un brazo para arrullar a su bebé y seguir disfrutando de la realidad que se dibuja en cada sonrisa y abrazo de sus seres queridos.