José Guerra: De la hora loca a la devaluación

En Venezuela, la hora loca es un episodio al final de una fiesta donde viene el derrape. Los inhibidos se desinhiben, los que no bailan lo hacen. En ese último momento se acaba la bebida y los participantes en la fiesta, ya agotados de tanto gozar, en ese momento no perciben ni atinan a comprender que luego hay que pagar la cuenta de lo bebido y comido. Venezuela vivió una especie de hora loca en 2012 y ahora, a lo largo de 2013, ha llegado el cobrador con el recibo en la mano exigiendo que se le pague lo que se bebió y comió en exceso. Fue un verdadero festival el que presenció el país. Giordani y Merentes, lo organizadores de ese vendaval fiscal y monetario, deben asumir su responsabilidad ante los venezolanos.

Giordani, al ver al barco averiado con el agua entrando por su línea de flotación, optó por desaparecerse y guardar un silencio sepulcral ante la crisis. Merentes, más osado que Giordani, funge como el armador para evitar el naufragio del barco en dificultades. Ya prepara Merentes las maletas para comenzar su tour  por Europa y Estados Unidos, presto a contratar nueva deuda para que la pague, no él, sino los venezolanos que tendrán que soportar la carga financiera de su incapacidad.

En 2012, la política fiscal y monetaria se conjugaron, la primera para generar un déficit presupuestario del sector público consolidado, equivalente a 14% del PIB, unos US$ 40.000 millones y la segunda para inundar la economía de un dinero que ésta no quiere. Como consecuencia de lo anterior, la liquidez monetaria creció aproximadamente 40,0% en términos reales en tanto que la economía lo hizo en apenas 5,5%. No había que ser un prodigio en materia económica para darse cuenta que algo tendría que pasar porque el cuerpo económico no es capaz de asimilar tal volumen de dinero sin producir una intoxicación, como efectivamente sucedió.

Esa expansión inmoderada del dinero, que propiciaron Giordani y Merentes, se enfrentó con capacidades productivas disminuidas, lo que propició una elevación sin precedentes de las importaciones las cuales saltaron de US$ 46.813 millones en 2011 hasta    US$ 59.339 millones, denotando un incremento de 27,0%. A ello se suman otros gastos relacionados tales como pago de seguros y fletes más erogaciones de viajeros, para totalizar casi US$ 70.000 millones, mucho más de las divisas que PDVSA le vendió al BCV. Ello, como era de suponer por alguien centrado en el manejo de la economía, extinguió las reservas internacionales líquidas del BCV. Fue tal el ventarrón de gasto de divisas, que la ex ministra de Comercio y actualmente presidenta del BCV, Edmée Betancourt, en un acto de ingenuidad sin paralelo, admitió que el gobierno se volvió loco en 2012 al autorizar importaciones excesivas. Cándidamente reconoció Betancourt, que ella estimaba que US$ 20.000 millones en importaciones de ese año fueron producto de la sobrefacturación. No sabe uno qué decir ni hacer ante semejante confesión. Si inculparla o comprenderla por su sinceridad. En esas manos está Venezuela. Ese testimonio algún día se usará para ajustar las cuentas ante la justicia.

Extenuadas las reservas líquidas del BCV y ya en los días postreros del presidente Chávez, se aparecen Giordani y Merentes con la salida clásica para solventar los problemas de caja del gobierno: la devaluación del bolívar. Y mostró Giordani, la copia facsimilar del punto de cuenta donde el presidente Chávez, despidiéndose del mundo de los vivos, supuestamente autorizaba la desvalorización de 46,0% del bolívar. Pero no se quedó allí el dúo.  Anunciaron la solución al problema de la escasez de divisas que ellos crearon. Idearon el SICAD, alías sistema complementario de administración de divisas mediante la pomposamente denominada subasta Vickey modificada. Como todo lo que se hace de forma precipitada, la subasta realizada fue un fracaso colosal, tanto que ni siquiera anunciaron el tipo de cambio del monto subastado.

Hoy como la situación se ha agravado y Merentes se ha tardado en conseguir los fondos en dólares en el mercado mundial para oxigenar la economía, los rumores de una nueva devaluación se han potenciado, exacerbados por la gigantesca brecha entre el dólar oficial y el dólar negro, tal como se evidencia en el gráfico. La devaluación oficial, casi con seguridad se materializará a comienzos de 2014, pero la no oficial es cuestión de semanas cuando los apuros financieros lleven a la apertura de un nuevo mercado donde el bolívar se moverá sostenidamente hacia el alza, al compás de la desconfianza que hoy impera en Venezuela.