Talibanes afganos, violentos islamistas radicales que quieren negociar la paz

Los rebeldes talibanes son islamistas radicales que luchan contra las fuerzas afganas e internacionales lideradas por Estados Unidos desde fines de 2001, cuando la invasión de Afganistán los obligó a abandonar el poder.

La rebelión talibán está compuesta por numerosos grupos que afirman ser leales al mulá Omar y a su “Emirato Islámico de Afganistán”, principal entidad implantada en el sur del país, cuna del movimiento.

Su segundo componente más importante es la red Haqqani, basada en Waziristán del Norte, una zona tribal paquistaní cercana a la frontera afgana. Este grupo tiene vínculos desde hace largo tiempo con Al Qaida y coopera con el comando talibán central, pero tiene relativa autonomía en sus operaciones.

Los talibanes cuentan con algunos miles de combatientes permanentes, según un diplomático occidental, que suelen ser afganos que concurrieron a escuelas coránicas radicales en Pakistán, a los que se agregan miles de rebeldes más que combaten esporádicamente. Además, los apoyan cientos de combatientes extranjeros, árabes o paquistaníes, en general vinculados a Al Qaida.

La base tradicional de este opaco movimiento se encuentra en la llamada “cintura pastún”, por la etnia de origen de los talibanes, ubicada en el sur y el este del país.

Según la leyenda, en 1994, el mulá Omar, quien dirigía a unos 30 “estudiantes de religión”, liberó a dos niñas que un jefe de guerra del sur había secuestrado y violado, a partir de lo cual se forja una reputación de integridad.

Semanas después, su movimiento, que promete restaurar el orden y la justicia donde reina el caos y la corrupción durante la sangrienta guerra civil entre facciones muyaidines (1992-1996), conquista, casi sin tener que combatir, Kandahar, centro histórico de la región pastún.

Con el apoyo directo de Pakistán, donde recibieron educación religiosa, e indirecto de Estados Unidos, los talibanes conquistan el poder en Kabul dos años más tarde.

Luego instauran un régimen sin precedentes en Afganistán, prohibiendo los juegos, la música, las fotos y la televisión. Las mujeres no pueden trabajar y se cierran las escuelas para niñas. Se cortan las manos de ladrones, se ejecuta en público a asesinos, se aplasta a homosexuales bajo una pared de ladrillos y se mata a pedradas a mujeres.

Estos castigos son denunciados a nivel internacional y el régimen va quedando aislado.

La sede del verdadero poder se traslada de Kabul a Kandahar, donde el mulá Omar vive recluido en una casa que construyó para él el hoy difunto Osama Bin Laden, líder de Al Qaida, a quien mató un comando estadounidense en 2011 en el norte de Pakistán.

El territorio controlado por los talibanes se convierte en un santuario para “yihadistas” de distintas partes del mundo, los cuales se entrenan allí hasta 2001.

Tras los atentados contra las torres gemelas de Nueva York ese año, las tropas internacionales encabezadas por Estados Unidos invaden Afganistán y derrocan a los talibanes. Sus aliados de Al Qaida huyen con comandantes talibanes, en particular hacia las zonas tribales montañosas de Pakistán, donde unen fuerzas para “expulsar a los cruzados” de Afganistán.

Atentados y emboscadas se multiplican contra el gobierno del presidente afgano, Hamid Karzai, que los talibanes consideran un “títere de Estados Unidos”, y contra sus aliados de la OTAN.

El martes, talibanes y estadounidenses anunciaron la reanudación de contactos con vistas a negociaciones de paz, después de la apertura ese mismo día de la oficina de representación talibán en Catar, un acontecimiento histórico después de más de 11 años de guerra.

Ello llevó al gobierno afgano a suspender sus tratativas con Washington sobre seguridad en el país.

AFP