Gonzalo Himiob Santomé: La idiotez como estrategia

Para los antiguos griegos, el idiota era la persona que sólo se ocupaba de sí misma sin preocuparse por los asuntos públicos. Luego, el vocablo llegó a ser sinónimo de ignorante o de falto de entendimiento. En ambas acepciones, pareciera ser que nuestro gobierno está empeñado en convertirnos, o en vernos la cara, de verdaderos idiotas.

Veo una muy evidente estrategia del poder dirigida a procurar, en primer término, que los ciudadanos nos ocupemos única y exclusivamente de nuestros propios asuntos, de nuestra propia supervivencia, sin inmiscuirnos en la vida pública o en la política. Si tienes que salir a la calle atemorizado y pendiente de si te siguen o de si algún individuo sospechoso te acecha, si tienes que luchar para que tu salario te alcance al menos para poder vivir con cierta dignidad, si la inflación o la escasez revientan tus bolsillos y cuando acudes al mercado no encuentras ni siquiera los bienes que más necesitas, es lógico pensar que no te quedará mucho espacio ni ánimo para interesarte en lo que hacen o dejen de hacer los políticos, como no sea para mencionarles de vez cuando la madre cuando al vuelo te llega alguna noticia sobre algún nuevo despropósito o alguna “novedosa” e irracional medida que toman para hacernos creer que están haciendo algo útil, cuando en realidad lo que están es disimulando su inopia y su ineficiencia. Por otro lado, si aún teniendo que sobrevivir tienes tiempo de involucrarte en la política, poniendo de tu parte para que las cosas mejoren, más te vale no meterte con el poder, porque si lo haces corres el riesgo, bien que lo saben los políticos opositores, de ser criminalizado o de convertirte en víctima de cuánta felonía sean capaces de concebir quienes no terminan de darse cuenta de que el país, entre grabaciones que vienen y van, insultos, amenazas y bajezas cruzadas, se nos va de las manos.

A los universitarios que protestan se les minimiza y se les acusa de estar “politizados”. A los empresarios se les exige, más bien se les extorsiona, demandándoles que “no se metan en política” y que se dediquen sólo a producir; a los médicos y al personal de nuestros atribulados hospitales se les tilda de “guarimberos” sólo por reclamar y poner en evidencia el terrible estado en el que está nuestro sistema público de salud, y así sucesivamente. El gobierno no quiere que nos ocupemos de lo que aún siendo parte de la vida pública, nos atañe directamente. Más le gustan a Maduro los idiotas, los que no se meten en “política” y le dejan hacer y deshacer a su antojo.

En segundo lugar, la estrategia (estoy absolutamente convencido de que es deliberada) busca que fijemos nuestra atención en cualquier escándalo, por momentáneo o banal que sea, para evitar que pongamos la lupa sobre nuestros problemas reales. En esto último, valga decirlo como reflexión, encuentra el gobierno importantes aliados en muchos medios de comunicación, que no “pelan el boche” de seguirle el juego a los distractores cuando se trata de aumentar el rating o de poner sobre la mesa algún jaleo amarillista que atraiga la atención de la ciudadanía.

Estamos acostumbrándonos a confundir lo inmediato y lo escandaloso con lo importante. La peor forma de enfrentarse a un problema, y nuestro país tiene muchos, es negar u obviar su existencia. Si en lugar de reconocer y de afrontar las realidades, corremos ciegos tras los huesos que nos lanzan Maduro y sus tercerones de vez en cuando, soltando al público alguna estupidez que de inmediato es por todos asimilada, dado el nivel de atención que se le presta, como “importante”, perdemos el foco y dejamos de lado lo verdaderamente significativo: Estamos a la deriva, montados sobre los caprichos de un gobierno que no termina de remontar las cuestas de su ilegitimidad y que, además, ha demostrado ser, a todos los niveles y en todos los ámbitos, de una ineficiencia abrumadora.

Que “la oposición compró unos aviones de guerra”, que Maduro “sabe” que “se han contratado sicarios para matarlo”, que un documentalista norteamericano es “espía de la CIA”; que si tal o cual político de oposición “está planeando un golpe de Estado”, o peor, que Chávez se le sigue apareciendo a Maduro en forma de pajarito o que, como lo dijo Samán esta semana, él sabe que “no hay escasez” ya que los “anaqueles de las casas están llenos”, son sólo algunas de las tonterías sin base y sin fundamento de las que el gobierno quiere que nos ocupemos mientras el hampa asesina a casi sesenta venezolanos al día, la inflación amenaza cerrar este año en tres cifras, no hay divisas para producir ni importar lo que necesitamos y nuestros salarios desaparecen de nuestros bolsillos a la velocidad de la (falta de) luz.

Sin embargo, para mal del poder, ya no puede acusarse al pueblo venezolano de militar en las filas de la antipolítica, y en todo caso, ésta sólo resuena en grupos pequeños y aislados de manera muy marginal. La conspicua polarización que padecemos, con todo y sus aspectos negativos, nos prueba que casi quince años de vertiginosos avatares políticos, que han afectado en forma dramática desde nuestras libertades más esenciales hasta nuestra más cercana intimidad, nos han hecho ciudadanos mucho más conscientes, mucho más pendientes de lo que ocurre en las esferas del poder, porque a las malas hemos por fin comprendido, que como lo decía Toynbee, el mayor castigo para las personas que no se interesan en la política es que terminan siendo gobernados por quienes sí se interesan.

Vargas Llosa destaca en “La civilización del espectáculo” cómo en el Perú de mediados del siglo pasado, por obra del dictador Manuel Apolinario Odría, para la mayoría de los peruanos eso de “hacer política” significaba ocuparse de quehaceres indignos, que merced la represión imperante en aquellos tiempos, eran además tenidos como delictivos. Así, el ciudadano común pensaba que debía ocuparse de su trabajo y de sus avatares domésticos sin inmiscuirse ni interesarse en la vida pública (esto es, convertirse en un “idiota”, en el sentido griego del término) que quedaba entonces en manos de quienes ejercían el poder. Algo parecido, me imagino, ocurría en la Venezuela de Pérez Jiménez, ya que es común escuchar de quienes vivieron esos tiempos que “si no te metías en política” vivías “tranquilo” y sin problemas. Que creamos algo parecido es lo que el poder pretende ahora.

Pero Maduro no sólo no es el monstruo comunicacional, verdadero encantador de serpientes, que era Chávez, sino además, no es Pérez Jiménez ni vive en los tiempos en los que las maldades, las ineficiencias o los abusos pasaban más fácilmente bajo la mesa. Lo peor para él es que la estrategia idiotizante no sólo no le está funcionando, sino que no puede vendernos la ilusión de que todo está bien si hacemos el ejercicio de “no meternos” en política porque a cualquiera, oficialista u opositor, le basta salir a la calle para darse cuenta de que no sólo no hay papel tualé, harina o aceite… Tampoco hay, en realidad, Patria.

Gonzalo Himiob Santomé
@HimiobSantome