Orlando Viera-Blanco: Un nuevo mito: la constituyente

Cuando Hugo Chávez se lanzó a la carrera por la presidencia de la República en 1998, no tardó en adoptar el claveage constituyente para reformar la Constitución del 61. Un mecanismo refrendario no previsto en la derogada Constitución. Pero entre cortejos, chantajes, manipulaciones y adulancias, a la usanza de Chávez en el poder, fuimos a una constituyente ilegitima por inconstitucional. Birla histórica. Prólogo de una era de barbarismo, militarismo, desmontaje institucional y quiebre del Estado de derecho, de nuestra soberanía y de nuestra riqueza, como no se ha visto  en nuestra etapa republicana.  Hay que decirlo, tal cual es.

Los textos constitucionales son el resultado de la interpretación, adaptación y acoplamiento de la sociedad a los nuevos tiempos. ¡Una pelusa! Un engranaje jurídico-cultural, que valora costumbres, tradiciones, principios universales e ideales, en aras de lograr un nuevo orden normativo-supremo, que rija el destino del Estado, esto es, el respeto, la convivencia ciudadana y la obediencia institucional. Pero la Constitución bolivariana del 99, reglamentaria, dogmática y librera, quiso anticipar y vestir tanto, que terminó siendo andrajosa hasta para el propio Chávez.

Algunos la defienden y piden que se respete. Pero mal puede respetarse lo que en esencia no existió (por nula) y no nació (por extemporánea). Un texto que no-concibió un concepto-país evolutivo, moderno, liberal y democrático. La constituyente del 98 lo que trajo fue la ratificación de un modelo bananero, rural, hacendado, carabinero, que colocó a un mandamás sobre el resto de los poderes y a un subciudadano a merced de lo militar. Un proceso amañado por un kino, que condujo a un pergamino prêt-à-porter a la medida de una pretendida revolución de gallineros verticales… Lo que se consolidó fue el presidencialismo atávico, el estatismo contralor y expropiador, el centralismo avasallante y un rentismo bacanal, adornado de lirismos e hipocresías históricas.

La C-98 contrajo a la sociedad venezolana a un amasijo igualitario, sumiso, encadenado a reflujos raciales, clasistas y  populistas, propios de un discurso radical bolchevique o antillano. No de nuestro gentilicio. El resultado: culto a la personalidad gendarme y pretoriana, instituciones  acabadas, cooptadas y secuestradas por el Estado-gobierno. Muerte de Pdvsa; muerte de ciudadanos inocentes en manos del hampa desenfrenada. Muerte de la justicia y muerte del propio Chávez… Reforzamiento de los odios e irrespeto por el prójimo, por  la vida y por la ley. Soldados castrados, no-de-la-patria libre, democrática  y soberana, sino ideologizados y al servicio de Cuba… Ese es el “dividendo” del mito constituyente venezolano-98. Triste, lisa y cobardemente avalado por la extinta CSJ, a cuenta de decir que el poder reside en el pueblo.

Ahora desde la oposición se escuchan ruidos constituyentes. Vale alertar, como dirían por ahí, ¡seria un ¡autosuicidio! En Venezuela lo que está planteado es la consolidación de un nuevo consenso-país, que no pasa por lo jurídico ni comicial, sino por un activismo cívico, continuo y ciudadano. Sociedad civil y pueblo deben preconstruir un ideal de nación y reconstruir un modelo de convivencia. El cambio debe venir de la mano (no de los pies desnudos) de una mayoría sólidamente trabajada… Como el movimiento de las papeletas en Colombia inspirado en el movimiento estudiantil, que dio lugar a la única reforma constitucional de la historia de ese país. O como Otpor en Serbia, que depuso a Milosevic. Movimientos amalgamados, coherentes, preclaros. Pero una sociedad polarizada, ponzoñosa, no resiste un proceso constituyente originario, libre y profundo. Una constituyente no puede degenerar en herramienta electoral… La Venezuela de 1998 fue arrastrada por los pies descalzos de un pueblo abatido y resentido. Y ese pueblo hoy se  resiente más…

La oposición no ha consolidado una mayoría reformista que liquide la monstruosidad contenida en el “socialismo del siglo XXI”. Tiene el proyecto-país, pero no el país. Aun adeuda la tarea de convencer al gran colectivo sobre las inconveniencias reales y sensibles de un modelo de poder socialista, clientelar, pro comunista, piramidal y miliciano. ¿Lo entiende el pueblo? ¿Lo rechazan las masas? La oposición debe consolidar redes y liderazgos comunitarios, vecinales, parroquiales, que amalgamen un tejido ciudadano más que un andamiaje ocasional por electoral.

La constituyente no es un antes sino un después, no es una llave, es un candado, no es un prólogo, es un epílogo. Porque la lucha no se ha dado en el plano de abrir un proceso reformista real, amplio y popular. Y el drama es que desde la misma oposición aún se apuesta a la democracia social, presidencialista, rentista, caudillista, centralista de permanencia indefinida. ¿Entonces cuál es el nuevo poder que pretendemos constituir?

Sentémonos un rato a conversar y repensar las cosas… No pretendamos escribir sobre papel sin antes  sembrar el árbol.

[email protected]

t: @ovierablanco