Juan Miguel Matheus: Anti-política y chivos expiatorios

En un libro publicado en el año 2005 bajo el título La nación por construir: Utopía, pensamiento y compromiso, el entonces Cardenal Jorge Mario Bergoglio, hoy Papa Francisco, escribe unas palabras sobre las cuales debemos reflexionar todos los venezolanos. Afirma: “El quehacer político es una forma elevada de caridad, de amor y, por lo tanto, un problema teológico y ético. Se da, sin embargo, una paradoja a nivel global: el descrédito de la política y de los políticos en el momento en que más los necesitamos. Son el chivo expiatorio de la sociedad. Achacamos nuestras deficiencias sobre ellos solamente. Por eso es importante rehabilitar lo político y la política en su total amplitud”.

 

La idea apunta a combatir con fuerza el fenómeno de la anti-política, aún generalizada entre los venezolanos y con nefastas consecuencias para nuestra sana convivencia cívica. Puesta de una manera sencilla, la anti-política es un prejuicio según el cual tanto los políticos profesionales como los partidos son males necesarios para la sociedad. En el fondo la anti-política es un cinismo que conduce a una esquizofrénica dicotomía: se piensa que es factible la coexistencia de una sociedad buena con unos políticos y unos partidos malos. Sin embargo, lo que ocurre en la realidad es radicalmente distinto. Los políticos y los partidos de una determinada sociedad son, para bien o para mal, con sus virtudes y defectos, el liderazgo que esa misma sociedad ha logrado engendrar. Cuando hay políticos y partidos cuestionables es porque en la sociedad hay unas condiciones morales que, de alguna manera, los causan. La esquizofrénica dicotomía que referimos estriba, entonces, como advirtió Luis Castro Leiva en su conocido discurso de conmemoración de los cuarenta años del 23 de enero de 1958, en que la sociedad “tira la piedra de su moralismo y esconde la mano de su responsabilidad”.

 

Como pueblo tenemos que derrotar la anti-política. Aunque haya infelices experiencias derivadas del ejercicio indecoroso de la política, no es verdad que los políticos profesionales y los partidos sean los culpables de todas las vicisitudes sociales ni que la ciudadanía común no tenga ninguna responsabilidad en las situaciones de crisis. Lo que sí es verdad, en cambio, es la imposibilidad de la convivencia humana justa y pacífica sin hombres y mujeres que luchen por dedicarse honradamente a la consecución del bien común, a lo cual se une que la democracia es irrealizable sin partidos políticos. Por eso la solución a los malos modos enquistados en la política de un país no es crucificar a los políticos y a los partidos, sino incursionar decididamente en el servicio público para imprimirle a este un talante genuinamente moral, todo lo cual es especialmente válido para nuestro país, en el que es tan difícil ejercer la política profesionalmente para derrotar al régimen totalitario encabezado por Nicolás Maduro y Diosdado Cabello. De lo contrario la mera crítica a los políticos y a los partidos, el hacer de estos chivos expiatorios, es algo que potencialmente sería castigado con el mayor castigo que, según Platón, puede sufrir el “hombre bueno” que se niega a tomar parte en los asuntos de la ciudad: ser gobernado por los “malos”, como ocurre en Venezuela.

 

Secretario Nacional de Doctrina de Primero Justicia

Presidente de la Fundación Caracas Mía

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