Ricardo Haussman: No solo con start-ups

Los países no se desarrollan haciendo más de lo mismo. Lo hacen cambiando lo que producen y la forma en que lo hacen. Crecen haciendo cosas que para ellos son nuevas; en resumen, innovan.

Todos sabemos de Steve Jobs, Bill Gates y Mark Zuckerberg: veinteañeros que abandonaron la universidad para crear empresas que hoy valen miles de millones de dólares, ubicadas a la vanguardia de la innovación mundial. Sabemos de las muchas start-ups o empresas jóvenes que ellos y otros adquirieron años después por cientos de millones de dólares: Instagram, Skype, YouTube, Tumblr y, más recientemente, Waze. Entonces, ¿por qué no emular esos éxitos?

El problema principal es que esos casos son específicos al sector del software, que representa un patrón inadecuado para el resto de la economía.

El sector del software es único: tiene barreras inusualmente reducidas a la entrada y puede acceder fácilmente a un enorme mercado a través de Internet. En él, una start-up habitualmente surge como un grupo de jóvenes con una buena idea y capacidad para programar. Todo lo que necesitan es tiempo para escribir el código. Las incubadoras les brindan espacio, asesoramiento legal y contactos con potenciales clientes e inversores.

Pero comparemos este ejemplo con una planta de acero, de automóviles o de fertilizantes, un centro vacacional, un hospital o un banco. Estas son organizaciones mucho más complejas que deben comenzar con una escala mucho mayor, requieren inversiones iniciales mucho más significativas y deben reunir a un equipo más heterogéneo de profesionales capacitados. Esto no es algo en lo que tiendan a destacare los jóvenes veinteañeros, hayan abandonado o no la universidad, pues carecen de la experiencia, la organización y el acceso al capital que estas operaciones necesitan.

Comparadas con el desarrollo del software, estas actividades también requieren más infraestructura, logística, regulación, certificaciones, cadenas de aprovisionamiento y una gran cantidad de otros servicios –y todo eso exige coordinación con entidades públicas y privadas. Es difícil imaginarse el crecimiento económico sostenido en países en desarrollo sin este tipo de empresas. ¿Como hacer para que surjan con mayor facilidad y frecuencia?

Los gobiernos de muchos países en desarrollo están ignorando esta pregunta. Por ejemplo, el gobierno chileno, obsesionado con las llamadas políticas «trasversales», que tratan por igual a todos los sectores, implementó recientemente Start-Up Chile, un programa con reglas estandarizadas para fomentar nuevos emprendimientos. Si bien en teoría el programa está abierto a todos los sectores, el esquema atrae casi exclusivamente empresas de software –los únicos que enfrentan bajas barreras a la entrada que pueden  ser superadas con el tipo de apoyo que proporciona el programa.

Fuera del software, otros sectores enfrentan problemas mucho más serios del dilema del huevo y la gallina: a menudo los países no cuentan con las capacidades que son requeridas por sectores que aún no existen, pero es imposible desarrollar esos sectores a menos que estén presentes las capacidades que ellos necesitan. Una forma de solucionar este problema de coordinación es mediante la integración vertical, es decir, a través de empresas que puedan solucionar internamente la coordinación de la oferta y la demanda de las capacidades que faltan.

Por eso los grupos empresariales –los conglomerados– suelen desempeñar un papel fundamental en la transformación de una economía y sus exportaciones. Esto es particularmente cierto en los países en desarrollo, donde muchos proveedores o clientes ni siquiera existen y donde el ambiente de negocios suele ser extremadamente desafiante por no decir hostil.

Los conglomerados pueden usar su conocimiento, capacidades gerenciales y capital financiero para aventurarse en nuevas industrias. Pueden comenzar a una escala que sería imposible para una start-up independiente. Pueden asumir compromisos creíbles ante sus futuros proveedores e influir sobre el ecosistema de negocios para que nuevos sectores se tornen viables.

Pensemos en Corea del Sur, aunque el caso es similar en Japón, Turquía o Tailandia. En 1963, el país exportó bienes por menos de $600 millones a precios de hoy, principalmente productos primarios, como mariscos y seda. Cincuenta años más tarde, exporta bienes por casi $600 mil millones – mil veces mas – en su mayor parte, electrónica, maquinaria, equipos de transporte y productos químicos.

Esta transformación no se logró mediante nuevas empresas independientes. Se hizo a fuerza de grandes conglomerados, o chaebols en coreano. Por ejemplo, Samsung comenzó como una empresa comercial, pasó a manufacturar alimentos procesados y textiles y se metió en seguros y venta minorista. Más tarde entró en la electrónica, los astilleros, la ingeniería y la industria aeroespacial, por nombrar una lista incompleta de sus actividades. La transformación surcoreana se reflejó en la transformación de sus empresas líderes.

Pero en muchos países en desarrollo, los conglomerados no han desempeñado un papel equivalente. Se tienden a concentrar en bienes y servicios no transables –aquello que no puede importarse ni exportarse– y se abstienen de participar en las exportaciones. Se enfocan en la banca, la construcción, la distribución, la venta minorista y la difusión de televisión.

Una vez que estas empresas dominan un mercado, pasan a otro igualmente protegido de la competencia y carente de oportunidades de exportación. Para ello suelen usar su tamaño e influencia política a fin de obstaculizar a los posibles competidores. En vez de convertirse en agentes del cambio, a menudo lo impiden. (De hecho, el gran debate económico actual en Corea del Sur está relacionado con el freno a la innovación que crean los chaebols cuando evitan que nuevas empresas puedan desafiarlos).

La transformación productiva que los países en desarrollo necesitan es mucho más fácil de lograr con el apoyo, en vez de la obstrucción, de sus conglomerados. Pero garantizar ese apoyo requiere de políticas que empujen a los conglomerados – con más o menos suavidad –  hacia sectores exportadores que puedan superar los límites del mercado local –sectores donde la competencia internacional genere la disciplina que les falta, justamente debido a su control de los mercados locales.

Para ser exitosos, los conglomerados necesitan el apoyo del gobierno y la aceptación de la sociedad. Deben ganárselos con contribuciones al crecimiento del empleo, las exportaciones y los ingresos fiscales, y a la transformación tecnológica del país. Eso es a lo que el Presidente Park Chung-hee (padre de la actual presidenta, Park Geun-hye) obligó a hacer a los chaebols a principios de la década de 1960. Y es la exigencia que los gobiernos y las sociedades civiles de los países en desarrollo deben plantear hoy día a sus conglomerados.

Traducción al español por Leopoldo Gurman.

http://www.project-syndicate.org/commentary/big-companies-and-economic-growth-in-developing-countries-by-ricardo-hausmann/spanish#Xu75eRfJQLmbmMoj.99