Gustavo Coronel: Siento vergüenza del pobre hombre

Una vergonzosa figura en Miraflores

No hablo de Cipriano.
No hay nada indigno en ser chofer, especialmente si se es diestro y responsable, un chofer que vaya a trabajar todos los días. Pero es indigno ser un mál chofer, un reposero. Siento vergüenza por él .

No hay nada pecaminoso en nacer en un país dado. Lo pecaminoso es ocultar o tergiversar la información sobre ese nacimiento para obtener un beneficio personal. Por eso tengo vergüenza por él.

Todos los ciudadanos tenemos el derecho a aspirar a los niveles más altos de la jerarquía política. Pero todos tenemos el deber de prepararnos para ocupar esas posiciones. No es posible ser un analfabeta funcional y pretender las máximas jerarquías. Eso es corrupción, inmoralidad, falta de dignidad. Me averguenzo de él.

Presentar una candidatura presidencial en un país democrático, cumpliendo con los requisitos para hacerlo, es lo normal. Presentar una candidatura en violación de la constitución y las leyes del país, comprar conciencias para hacerlo, engañar al pueblo, apoyarse para sus propósitos en los deseos enfermizos de un sátrapa difunto, a espaldas del debido proceso que debe regir en un país civilizado, es anormal y es corrupción. Por eso tengo vergüenza de él.

Ser leal a los amigos es una cualidad. Obedecer ciegamente las órdenes del jefe para mentir, falsificar, negarle la verdad al país, es complicidad. Por eso tengo vergüenza de él.

Pararse frente a un auditorio a expresar una opinión es democrático e inobjetable. Aprovechar una posición de autoridad para presentarse ante una Asamblea Nacional (por más mediocre y arrastrada que sea) para mal leer lo que alguien le escribió, un discurso cursi, incoherente, cínico, lleno de mentiras y de citas absurdas que no vienen al caso, es abusar de esa autoridad.

Es un acto de corrupción en la función pública. Por eso tengo vergüenza de él.

Pedir el cese de la corrupción, luchar efectivamente en su contra, es de aplaudir. Lo que es censurable e inaceptable es que quien pida ese cese sea un corrupto, inmoral y mentiroso, que esté rodeado de corruptos como Ramírez y lo sepa porque los promueve y tenga la impudicia de acusar a sus adversarios políticos de ser ellos los corruptos. Por eso tengo vergüenza de él.

Buscar la integración regional, ayudar al vecino, es propio de estadistas. Vender la soberanía nacional a un país extranjero que decide por nosotros asuntos de estado o vender la soberanía económica y petrolera porque necesita dinero para seguir corriendo la arruga y mantenerse en el poder, revela una personalidad patológica, pequeña, una mente colonizada. Por eso tengo vergüenza de él.

Buscar la presidencia de un país es normal. Pero lograrla por asalto para no gobernar, limitarse a insultar a sus adversarios, denunciar conspiraciones fantasiosas y pasearse por el planeta en un avión alquilado a otro país, pidiendo limosna y acompañado de familiares, amigos, cocineros y guardaespaldas, eso es inaceptable. Por eso tengo vergüenza de él.

Pero también siento vergüenza de los venezolanos quienes, sabiendo perfectamente lo que nos está sucediendo, mantienen un silencio cómplice, a fin de seguir viviendo de manera muelle, rodeados de pudrición por todas partes, testigos impasibles del saqueo al erario público. No me refiero a los miembros directos de la pandilla porque esos son malandros activos.

Me refiero a quienes ven los toros desde la barrera: magistrados del TSJ, militares, burócratas del Poder Moral y del CNE, embajadores que guardan silencio desde Washington, España, Singapore o Bogotá, gente que una vez tuvo pretensiones de honestidad y ha decidido servirle al analfabetismo autocrático. Esas meretrices de la política no tienen perdón posible.

Si no fuera por la esperanza que aun tengo de asistir a una rebelión popular contra la marabunta, una rebelión abierta que nos devuelva el perdido decoro nacional, ya hubiera quemado mi pasaporte de una Venezuela en las garras de seres vergonzosos.