Ibsen Martínez: Mutis y los intocables

Ibsen Martínez: Mutis y los intocables

Si tiene usted edad suficiente para recordar la serie televisiva Los Intocables  (protagonizada por el impertérrito Robert Stack y producida y transmitida por la cadena ABC, entre 1959 y 1963), entonces tiene un motivo más de admirada evocación del gran poeta, narrador y nobilísimobon vivant colombiano llamado Alvaro Mutis.

En aquella serie, la voz del narrador original, Walter Winchell, resultaba imprescidible para la tonalidad  de “docudrama” retro  a que aspiraban los productores de la serie.

Winchell, columnista feroz y bastante irresponsable,   espejo fiel de anticomunista de los años del senador McCarthy, llegó a ser por excelencia el corresponsal de guerra radiofónico en lengua inglesa durante la Segunda Guerra Mundial. Para los años 60, gozaba todavía de gran popularidad entre sus compatriotas, muchos de quienes recordaban  con simpatía la muletilla con la que Winchell iniciaba sus transmisiones trasatlánticas desde los teatros de guerra europeos:  “Muy buenas noches al señor y la señora Estados Unidos y a todos los barcos en altamar”.





Pues bien, a la hora de doblar la serie al español, los técnicos mexicanos a cargo de esa transposición encontraron que ninguna de las voces de su cuadra se avenía al tono reporteril,  evocativo y algo crispado que imprimía Winchell a sus parlamentos.

Fue entonces cuando acogieron la recomendación que hizo alguien del medio : hacer la prueba con un sujeto que acababa de salir de la cárcel de Lecumberry, luego de purgar condena por desfalco.  al expresidiario lo recomendaba, eso dijeron, su bien timbrada voz, puesta de manifiesto en uno que otro “acto cultural” del famoso presidio.

El ex convicto era nadie menos que Alvaro Mutis,   quien con el tiempo llegaría ser el celebérrimo autor de la saga del Maqroll, el gaviero. Pero en aquel entonces era sólo un gran poeta en desgracia (aunque, por propia confesión, él mismo se las buscó),  desterrado a  México por razones que nunca tuve del todo claras pero que atañen al honor familiar pues es cosa muy averiguada que Mutis fue la oveja negra de una linajuda familia colombiana, muy atenta al decoro social y muy pagada de su añeja prosapia.

El caso es que Mutis, aventado a México, se ocupaba de las relaciones públicas de la petrolera estadounidense Esso y, al parecer, era hombre munificente en extremo cuando el dinero no era suyo  y que con él supo hacer la alegría de sus muchos amigos, amantes y contertulios.

Mundano, desenvuleto, ocurrente, galante, desprendido, sensible, noctámbulo,amante de los viajes tanto como de la buena mesa y, por último, hombre legendariamente generoso, era casi inevitable que Mutis fuese a parar a la cárcel  por innúmeros y sostenidos manejos fraudulentos de la partida de relaciones públicas.

2..-

[Mutis recogió brillantemene su experiencia carcelaria en uno de sus mejores libros, para mí el mejor ( y me perdonan los adoradores de Maqroll, el gaviero) y que, junto con su poesía, resumen el proteico talento del colombiano. Me refiero a Memorial de Lecumberry  que aquí recomiendo con el mismo fervor que puede suscitar otro de sus títulos tempranos: La mansión de Auracaima.

Apenas sobra espacio para felicitarnos de que los largos dedos pegajosos ( ¡y generosos!) del gran Mutis  hayan contibuido a dotarlo de expriencias primordiales que, llegado el momento, nutrieron su esplendente obra. ¡Qué habría sido de las letras castellanas si Miguel de Cervantes no hubiese metido la mano en la caja resgitradora de los diezmos del rey cuando, antes de ser el autor del Ingenioso Hidalgo, trotó por las Españas como impecune recaudador de impuestos!

Sencillamente no habría podido advertirnos galanamente que su  hijastro (así llama a su novela Cervantes, en  memorable prólogo) fue engendrado en una cárcel “donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación”.]

3.-

Así, pues, Mutis hizo la prueba de voz y se quedó con el puesto. Todavía me parece escucharlo imponiéndonos a los televidentes de que “el 23 de abril de 1933, Eliot Ness y su grupo de arrojados colaboradores llamados “los intocables”, allanaron un alambique clandestino en la calle Wabash”.

Ya pronto hará un mes que el Mutis nos dejó, nonagenario ya,  y esto que has leído, lector, es mi desmañado homenaje a uno de los verdaderamente intocables.

Estos versos suyos que aquí abajo copio deberían obrar como magna moralia para todos nosotros:

 

Que te acoja la muerte

 con todos tus sueños intactos.        

Al retorno de una furiosa adolescencia,

 al comienzo de las vacaciones que nunca te dieron,

 te distinguirá la muerte con su primer aviso.”

 

 

Ibsen Martínez está en @SimpatíaXKingKong