Emilio Nouel V.: Mis recuerdos de la UCAB o de cómo aprendimos a ser mejores

Mi primera impresión fue en el viejo edificio de Jesuítas el día en que nos “bautizaron” trasquilándonos el cabello, costumbre salvaje que se abandonó afortunadamente, al mudarnos a Montalbán.

Entonces, la UCAB era conseguirse a  Leandro Cantó sentado en las escaleras del módulo 3 leyendo a Toynbee.  Era el padre Olaso sentando cátedra sobre Kierkegaard o Jaspers.

La UCAB era también el buenazo del hermano Lanz, regañándonos con su dedo acusador todos los días porque vendíamos libros sin autorización a la entrada del cafetín, y sobre todo, por sus autores: Marx, Nietzsche, Lenin, Camus, Teilhard de Chardin, Marcuse, Garaudy o Petkoff. ¡Ave María purísima!

La joven virginal que era la UCAB dejó de serlo en aquellos años. Era aún un colegio grande (dicen los muchachos de ahora que volvió a serlo) en el que el liderazgo estudiantil no causaba mayores dolores de cabeza.

En mi curso decidimos que el día 21 de Noviembre de 1970, Día del Estudiante, no iríamos a clases en señal de afirmación rebelde y de identidad estudiantil distinta a la tradicional.

La reacción -insólita- no se hizo esperar. Los teléfonos de nuestras casas sonaron: “sepa que su hijo faltó ayer a clases, vaya viendo como reprende a ese muchacho”. Claro, el problema no era tanto la ausencia, como el motivo de ella.

Esa protesta fue un hecho aislado, pero ya en otras escuelas se incubaba “la rebelión” que cambiaría al “colegio”.

El Mayo Francés, la Primavera de Praga y Berkeley; la guerra de Vietnam, los Beatles, Woodstock, el hippyismo, Serrat, Dylan, “haz el amor, no la guerra”, Soledad, la derrota de la guerilla venezolana, la división de AD, el nacimiento del MAS, el Poder Joven y la izquierda cristiana, eran, entre otros, los componentes de un entorno que propiciaba y alimentaba la irrupción de un sentimiento contestatario en aquella muchachada integrada en su mayoría por capitalinos y provincianos pequeños burgueses-clase media. La inflación entonces era del 4% anual y el crecimiento del PIB 5 o 6 %. Como dicen ahora, éramos felices y no lo sabíamos.

Pero muchos queríamos una Universidad que se involucrara con la sociedad y sus problemas.

Todo era ebullición en aquella UCAB. Leíamos mucho y mucho debatíamos. Creamos grupos estudiantiles para la política y también para lo cultural. Tercera Juventud, Evolución y otros.

Recuerdo las pequeñas escaramuzas dadas para poder presentar películas y artistas en los auditorios que no eran del agrado de las autoridades. Llevamos a Mercedes Sosa, Víctor Jara y otros grupos. El gobierno de la Unidad Popular había llegado al poder en Chile y unos cuantos simpatizábamos con ella.

Hasta la Metropolitana tuvo que sacarnos en cierta ocasión cuando tomamos un auditorio. No hubo necesidad de violencia, todos querían montarse en las jaulas policiales.

Testimonia lo pendientes que estábamos de los asuntos más allá de las fronteras, una simpática anécdota. Cierto día, reunido el grupo que de vez en cuando se juntaba para estudiar alguna materia, interrumpe una conversa un miembro que llegaba tarde: “¿se estudiaron ya el arrendamiento?” Todos a una le increpamos: “¿Cómo se te ocurre preguntar esa imbecilidad en momentos en que los B-52 están bombardeando Hanoi?”

Así éramos, apasionados, intensos. Por vez primera, unos izquierdosos llegaron al Consejo Universitario, y eso encendió las alarmas. Sólo pedíamos más democracia, más libertad de opinión y de expresión.

En esta ocasión, tampoco se hizo esperar la respuesta, cuyo absurdo quedó muy pronto al descubierto. Negaban la reinscripción a los líderes, pretendiendo descabezar el movimiento, y lo que obtuvieron fue la defenestración de las autoridades, ante estudiantes resueltos a hacer valer sus derechos, huelga de hambre  y toma de la Universidad incluidas. Hasta a Roma llegó el conflicto. Se tuvieron que echar para atrás.

Garmendia, Dubuc, Pacheco, Belandria, MacQuhae, Lovera, Pérez Vigil, Rasquin, Zambrano, Sosa, Wulff, Sambrano, Pulido, son solo algunos de los apellidos de esa dirigencia variopinta y decidida, que trastornó el ambiente cuasi-bucólico que se respiraba. El núcleo duro estaba en Sociología, Derecho y Comunicación Social.

No olvidemos tampoco que unos cuantos profesores y sacerdotes asumieron como suyas esas reivindicaciones libertarias. Fueron interlocutores, mentores e incluso consejeros de los rebeldes que éramos a la sazón: José Ignacio Rey, Aguirre, Urquijo, Acedo, Baquedano, Ugalde, Cova.

La UCAB era eso y mucho más.

Fue un recinto privilegiado para nuestros aciertos, errores,  y por qué no decirlo, para radicalismos y desenfrenos propios de la inmadurez.

Sin embargo, por encima de las ideologías y de las creencias, tejimos  grandes y perdurables afectos, asimilamos valores, que han resistido el paso de los años y de las diferencias. Éstas, por cierto, en mucho reducidas o disipadas con el tiempo.

En el caso particular de quien trata de pergeñar estos desordenados pero caros recuerdos, con las obvias dificultades de la memoria, el ser un cabeza caliente de la época no me impidió reconocer antes y después la calidad, estatura humana, intelectual y académica de muchos de nuestros maestros, legión de juristas de primer orden: Planchart, Duque Sánchez, Pérez Luciani, Abouhamad, Aguilar Gorrondona, Nikken, Pérez Llantada, Parra Aranguren, Márquez Añez.

Con todos tenemos una gran e invalorable deuda, con los idos y los que todavía nos acompañan; carga moral que vista desde la distancia se ensancha cuando vemos las grandes deficiencias actuales de nuestra educación en general.

Está cumpliendo 60 años nuestra querida Alma Mater, en este año difícil e incierto, otro más de los últimos 3 duros lustros que ha vivido el país, en su lucha indomable por rescatar la democracia y las libertades plenas.

La UCAB sigue allí, en su trascendente labor en pro de una Venezuela moderna e incluyente, formando profesionales ciudadanos y responsables.

No puedo sino tener recuerdos entrañables para ella. En sus aulas aprendimos muchas cosas de maestros y compañeros.

Sigo, aunque de lejos, su devenir. La tengo siempre presente en mente y corazón. Mi hijo la eligió para sus estudios universitarios, un acierto que debe apuntarse en su haber; me temo que no se arrepentirá de haberlo hecho.

Hay algo de lo que estoy cada vez más convencido. Aparte de los excelentes conocimientos que recibimos, aprendimos a ser mejores hombres y mujeres, que no es poca cosa, y a no olvidar que ante el mundo complicado que vivimos, tenemos un compromiso de vida indeclinable por hacerlo más amable.

¡Felices 60!

 

EMILIO NOUEL V.

 

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