Gustavo Tovar Arroyo: Juan Gabriel y Maduro, idilio fatal

“Perdona si te hago llorar.

Me enamorao, me enamorao.

Me enamoré.”

Juan Gabriel (Así fue)

 

Sábado Sensacional académico

Conocíamos la debilidad que sentía Hugo Chávez por Nicolás Maduro, debilidad que lo llevó al delirio romántico de nombrarlo su heredero: “desde mi alma, desde mi corazón, tan firme como la luna llena, lo más importante que tengo que decir es que Nicolás será mi sucesor”; lo que desconocíamos era la debilidad de Nicolás por Juan Gabriel.

¡Toda una revelación política!

Cuando observé al inefable Maduro llorar mientras Juan Gabriel le cantaba Las Mañanitas: “A los ‘muchachos bonitos’ se las cantamos así”, entendí que la formación académica de Nicolás Maduro había sido Sábado Sensacional y que bajo su régimen Venezuela lo que padecía era una agitada y escandalosa “guerra de los sexos”.

Lo he intuido desde el inicio de la debacle chavista y lo he confirmado en cada acto del espectáculo histórico que ha ofrecido este año Nicolás: desde el plátano fálico enarbolando su campaña electoral, hasta la multiplicación de los penes.

Ese es Nicolás “Patroclo” Maduro, el guardaespaldas, chofer y amante de Hugo “Aquiles” Chávez, su adorado semidios.

 

Apoteosis de la ridiculez

Mientras Chávez, el varón, conocedor del entrañable sentimiento machista que aqueja a nuestro pueblo nos restregaba públicamente a ese ébano tentador y erótico que es Naomi Campbell, su “Primer Damo”, el comunista Maduro, absurdo descendiente de la extirpe revolucionaria del Ché Guevara, se exhibe lloriqueando y suplicándole atención a Juan Gabriel.

Apoteosis de la ridiculez.

Claro, Chávez era un hombre de estado, un sátrapa militar, conocía bien el manejo del imaginario popular; Maduro es tan sólo un “damo” del espectáculo, un irremediable bobalicón, no conoce de un carajo. Su misión única se ha convertido, para suerte nuestra, en desnudar ante el mundo la infranqueable ridiculez de la “revolución chavista”.

Los conspiradores -como yo- debemos aplaudir y agradecer a Maduro rubores como ese de lloriquear mientras Juan Gabriel, sí, Juan Gabriel, le dedica una idílica serenata.

Así es como gobierna el socialismo del siglo XXI.

¡Bravo, Maduro, bravo! ¡Otra, otra, otra!

 

La lógica del espectáculo

Ya lo hemos señalado, la formación académica de Nicolás Maduro la obtuvo viendo “Sábado Sensacional”. Aprendió todo lo que sabe ahí. Todo. Tiene doctorado en espectáculo político, por eso es el actual “líder máximo” de la primera revolución de la cursilería universal.

Junto a sus compañeros revolucionarios Cilia, Iris, Carreño, Diosdado, Barreto, entre otros memorables actores de esta farsa, forman la coreografía impecable del hazmerreír.

Lo terrible es que ya no sólo son el hazmerreír del continente, sino del mundo. No hay país al que uno vaya en donde no se burlen despiadadamente de Maduro y de sus actos revolucionarios de guerra, como el lloriqueo frente a Juan Gabriel.

Maduro es como una Lilia Morillo revolucionaria, un “damo” histérico que añora a su “puma” y se rodea de pumitas revolucionarios como el machote Winston Vallenilla, el dulce Roque Valero o el potro Antonio Álvarez, en detrimento de verdaderos líderes políticos, militares o sociales, para ejercer con furia afeminada el poder.

El espectáculo político del socialismo del siglo XXI tiene su sensacional y sabatina lógica: la histeria de la payasada.

 

Juan Gabriel: “lo haré”.

Juan Gabriel es un valor musical latinoamericano, uno de los más destacados compositores e interpretes de todos nuestros tiempos. El año pasado me lo presentó en su rancho de Guanajuato el presidente Vicente Fox.

Juan Gabriel y yo conversamos largamente sobre su “amor eterno” por Venezuela. Conmovido me comentó su agradecimiento por Sábado Sensacional, plataforma formativa que catapultó su carrera a nivel internacional.

Venezuela le traía los más especiales recuerdos, sin embargo, para él era una tristeza -según me comentó con genuino malestar- que haya caído en manos de un grotesco dictador como Hugo Chávez. La palabra “dictador” la uso permanentemente en el transcurso de nuestra conversación.

Por razones que aún me resultan enigmáticas, en medio de las mutuas burlas que hicimos sobre Chávez tuve la curiosa idea de recomendarle a Juan Gabriel que volviese a Venezuela: “A lo mejor tu presencia y tu música endulza el amargo corazón de la dictadura”.

Juan Gabriel me dijo: “lo haré”.

 

En defensa de Juan Gabriel

He leído con espanto los insultos que ha recibido Juan Gabriel por el idílico canto que le ofreció a Maduro en su visita a Miraflores. Me parece injusto.

¿Por qué no se ofende de igual modo a Gustavo Dudamel o a José Antonio Abreu cuando le inclinan la rodilla al dictadorzuelo y hasta le ríen las insuperables pendejadas que dice (“libros y libras”, por ejemplo)?

¿Por qué no se insulta a Henry Falcón, Aveledo o Medina, paladines de la MUD, cuando ofrecen sus mejillas y hasta su frente para los lepes que les propina Maduro a diario y además lo llaman “presidente”? ¿Esa es la oposición?

No justifico a Juan Gabriel, pero lo disculpo. No hizo nada que la propia oposición no haga a diario. Es un tema de dinero, muchísimo dinero. Una larga lista de personajes han sido seducidos por los petrodólares venezolanos: Mujica, Zapatero, Lula, entre otros.

El mexicano es un artista, hizo su show, cobró por ello y se fue; eso fue todo. Lo mismo hace Dudamel, Abreu o tantos otros, la diferencia es que la actuación de los venezolanos es permanente, y hiere. Son los bufones palaciegos de una desfachatez histórica. Su oportunismo ha podido más que su conciencia.

Juan Gabriel en cambio no promueve ni legitima nada, simplemente actúa. Sé lo que piensa sobre Hugo Chávez y sé, además, que es inteligente, sutil y perspicaz, sabe bien los efectos que produce su espectáculo.

Cantarle al sucesor del dictador Chávez: Maduro, tentarlo y hacerlo chillar ante el atónico público del Sábado Sensacional revolucionario, lo que hizo fue clavarle una daga ridiculizadora y mortal a la burla socialista venezolana. Entre ellos ocurrió un idilio fatal.

Juan Gabriel nos hizo un favor: ridiculizó para la eternidad al comunismo sensacional venezolano, lo dejó magistralmente en pelotas, herido y lloriqueando.

Espectáculo sublime, verdaderamente sublime, para mostrar el descarado y cursi cinismo de la supuesta revolución chavista. Nunca imaginé que fuera posible. Nunca. Recibí una lección.

Aplaudo de pie, Maestro, agradezco de verdad el gesto. Tenías razón.

Seguimos…

 

@tovarr