¡Los indios son unos sinvergüenzas!

Hay un montón de indígenas por las calles, han dejado sus hábitats para venirse a la ciudad, a mendingar, a pedir, a estorbar, a dar lastima. Estos hombres primarios y salvajes, de pieles curtidas inundan nuestras capitales dando pena ajena, pidiendo limosna… son unos insolentes, que en lugar de seguir rogándole a sus dioses, rindiéndole cultos absurdos, han decidido por cuenta propia venirse a invadir los espacios de nosotros los civiles, los blancos, los de casta… ¡no tienen vergüenza!

Eduardo Salazar De Peñaranda (@EduSalazarU)/ RNW

Si usted no ha oído un párrafo como el anterior, lleno de una pila de pretextos anti-étnicos aborrecibles, pues quizá es que nunca ha visitado un país latinoamericano, específicamente a Venezuela, Colombia o México. Y es que pareciera que a los de esta parte del Sur recordar el origen nos produce asco, es como tratar de olvidar lapidando a cualquiera que nos indique nuestros orígenes, quienes fuimos, y de alguna u otra manera: quienes somos. Algo similar ocurre con los gitanos en Europa.

Lo que se lleva en la sangre, en los genes, no se cubre con mantas de lana fina, ni con tecnologías de primer mundo, y mucho menos con lenguas aprendidas. Corre por las venas ese mismo instinto, esa misma fuerza, el mismo ímpetu de los antepasados, los valientes, los que no se rindieron. Vergüenza debería darnos a nosotros los que ahora miramos al frente y hacemos como que nunca vivieron, como si el pasado pudiera negarse. Ellos adoraban al Sol, con su propio imperio. Nosotros no adoramos nada propio, sino todo lo externo, y lo peor es que ni siquiera gozamos de imperios.

Para decir un poco más, cuando hablas con cualquier compatriota, todos tienen tatarabuelos o tíos segundos del viejo continente, y valga decir que muy lejanos; algunos apuestan a que les corre por las venas sangre de persas, de árabes y en los últimos años he escuchado hasta decir que algo de asiáticos se lleva. Y puede que muchos de nosotros de no ser por Colón y sus asesinos y ladrones, no tuviéramos un poco de rubio en el pelo, pero al menos, junto a millones de latinoamericanos más, poseyéramos un poco de identidad. Qué feos son los ecuatorianos, qué mal se visten los peruanos. Tanta transculturación europea abruma, tanto pitiyankismo enferma.

El tema lo traigo en este blog pues hace un par de semanas mientras visitaba la ciudad de Valencia (en el centro de Venezuela), vi frente a la terminal de autobuses “Big Low Center” (sí, así se llama), a unas familias de aborígenes viviendo a la intemperie. Seguramente, por el día pasa calor, y por las noches frío, lluvias, bochorno, tempestades y mucha oscuridad y soledad. Quienes andaban conmigo, transitan mucho por allí, y sin embargo, jamás les habían visto. Deduje entonces que los indígenas tienen la facultad de ser invisibles.

Lo dejé pasar, pero esta semana aquí en Caracas andaba por la avenida Francisco de Miranda del acomodado ayuntamiento de Chacao, y justo frente al Ministerio de Obras Públicas y Vivienda observe con estupor a una mujer tirada de mi primera raza, encima de ella languidecía su hijo, de unos 5 años, desnutrido como que desde hacía tiempo que no veía a uno, empero, lo que más me llamó la atención, es que este infante no espera la ayuda gubernamental o de alguna empresa privada – él no sabe de eso – por el contrario, los suspiros que daban eran de dolor y desolación, aislado de tanto asfalto, sin añoranza a sus selvas, pues éstas, ¡todas!, son sus tierras. A él no le importa la Patria, no la conoce, tampoco puede dar un discurso contra quienes le ignoran, según soporto pensar éste warao sólo padece “vivir” en medio de tanto olvido.

En la quinta Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, legislada en el año 1999, se reconocen los derechos de todos los indígenas, como en ninguna otra parte del mundo, se les garantiza la salud y tradiciones, así como la preservación del ambiente y las zonas a las que pertenecen. Se les exalta de forma increíble, y por vez primera todos los ciudadanos de esta nación supimos que residían unos hombres y mujeres en ciertas partes del territorio con características muy parecidas a las que únicamente aparecían en los libros de historia.

Antes, durante siglos, estos venezolanos habían sido dejados al margen de la civilización o neo-esclavizados con los trabajos duros del campo. Daban miedo. Nos los presentaron como seres lúgubres, fantasiosos y que andan con taparrabos, plumas y saltando como tontos. En estos últimos años esa concepción cambió gracias a Hugo Chávez. Esto debe decirse.

No obstante, tras el reconocimiento, se debe exigir hechos, mejoras, y atenciones que permitan que nuestros aborígenes respiren decentemente. Ellos, que han sido tan vapuleados durante años, deberían tener la oportunidad de disfrutar ahora de su Venezuela, como lo hace el gringo que viene a disfrutar el Roraima, o el francés que se baña en Los Roques. Y que como yo o cualquier otro se les dignifique con servicios básicos para que su nivel y esperanza de vida aumenten.

Las palabras no abrigan, las palabras no nutren, las palabras se las lleva el viento… y nunca vuelven. Y si han de volver, lo hacen como miserias. Y así han regresado a plagar esta población marginada, a esta gente, a nuestra gente. A eso que somos, que no se te olvide.

El rescate a los valores criollos, la cultura propia, el nacionalismo y el folclore son tareas inminentes. ¡Claro que debemos aprender inglés!, pero también deberíamos saber un poco más de los Caribes, los Mayas y los Aztecas. Hay mucho por descubrir, las obras que ellos erigieron son impresionantes, su legado tiene que ser reconocido. Aunque al paso que vamos, tendremos que esperar 100 años más. Pudiera ser que de aquí a allá, esta raza ya se haya extinguido… y tal como actualmente los seres humanos se niegan a creer que nuestros orígenes se remontan al África, en un futuro no muy lejano nuestros descendientes dirán, con absoluta autoridad, que nosotros los amerindios nunca existimos.