Fernando Mires: Europa hacia el 2014

2013 no finaliza mal en Europa. Nadie hasta hace poco lo habría creído. La crisis económica iniciada el 2009 está llegando lentamente a su fin. El núcleo Inglaterra – Francia – Alemania es más concordante que hace un par de años. Y lo más importante, la presión ejercida desde Rusia parece estar disminuyendo notablemente. Por supuesto, los problemas de siempre continúan, entre ellos el más agudo, el de las migraciones masivas. Pero en general, 2013 ha sido un buen año para Europa.

Hasta hace muy poco parecía inevitable que Europa, pese a todos sus complejos pacifistas, se vería obligada a intervenir militarmente en el Oriente Medio. Intervención que en el contexto de la más profunda crisis económica vivida desde los años treinta del pasado siglo, tomaba para muchos políticos las formas de una siniestra pesadilla. Tanto o más inevitable parecía ser esa intervención si tomamos en cuenta que el eje formado por Rusia, Irán y Siria en el Oriente Medio tenía connotaciones no solo anti-europeas sino antioccidentales. De tal manera que cuando Rusia acudió en auxilio del régimen de Asad, impidiendo esa intervención que solo traería dolores de cabeza a los gobernantes europeos, faltó poco para que Putin hubiera sido elevado al estrellato de la política internacional. Incluso, irresponsables de la prensa europea propusieron al autócrata como candidato al Premio Nobel de la Paz.

Pero el repentino entendimiento en torno al tema nuclear entre Irán y EE UU dio al traste con las pretensiones rusas en el Oriente Medio. Con esa “movida” Obama no solo dejó fuera de juego a Putin. Además, evitó la intervención europea en Siria y con ello la revitalización de antiguos conflictos históricos. El único fiel aliado que resta a Putin en la región islámica es, por el momento, la dictadura siria. La verdad, es muy poco.

Lejos están los tiempos cuando impulsados por la intransigente política exterior del “bushismo”, Rusia, Alemania y Francia (Putin, Schroeder y Chirac) intentaron formar un eje internacional de abiertas connotaciones anti-norteamericanas. Hoy las relaciones inter-atlánticas no son óptimas, pero son mejores que en el pasado reciente.

En los últimos meses de 2013 quedó demostrado, sobre todo a través de la petición de ingreso de Ukrania en la EU, que Europa Occidental sigue ejerciendo un enorme magnetismo en las ciudadanías euroasiáticas. Unos quieren pertenecer a la Europa económica, otros a la cultural y, las nuevas generaciones, a la Europa política. ¿Quién lo iba a pensar?

Las manifestaciones pro-europeas de Kiev si bien no lograron la entrada de Ukrania a la EU, obligaron a Putin a hacer concesiones a la oposición democrática (pro-europea) de su propio país. Hay, en ese sentido, un nexo entre las manifestaciones de Diciembre en Ukrania y la liberación de las Pussy Riot.

Si las emblemáticas Pussy Riot, entre otros presos políticos, se encuentran hoy en libertad, no ocurrió como consecuencia de un intento de Putin –como dan por sentado ciertos analistas internacionales- destinado a salvar la realización de las Olimpiadas de Invierno en su país. Son tantos los dineros invertidos por Europa en esas Olimpiadas que estas nunca han estado ni estarán en peligro. La verdadera razón de la hasta ahora aparente liberalización política hay que buscarla por otro lado, a saber, en el creciente aislamiento político internacional de la Rusia de Putin.

En efecto, Putin no podía darse el lujo, en el lapso de menos de tres meses, de perder su influencia en Irán en Oriente Medio, y en Ucrania en su propio espacio “natural”. Tenía solo dos alternativas: O forzaba con amenazas intervencionistas la adhesión de Ukrania, o liberalizaba su política interna y externa. Viejo zorro, Putin ha optado por la segunda alternativa. Y eso solo puede ser bueno para Europa.

Los hechos recientes no son consecuencia, por cierto, de una determinada política europea hacia Rusia. Pero sí son un triunfo de las ideas de la Ilustración las que, aunque parezca increíble, continúan siendo subversivas tanto dentro como fuera de Europa.

Europa continúa su proceso de expansión, aunque esta vez sin mover un dedo.