Federico Black: Venezuela, antes y ahora

Aproximadamente en el año 1989 (tenía yo 7 años de edad) mi familia alquiló una casa en Caruao, un pueblo al este del estado Vargas, para pasar fines de semana y temporadas cortas (carnavales, Semana Santa, etc.).

Una de las razones por las que hoy en día entiendo que mi papá quería tanto que yo fuera a esa casa, a conocer Caruao, era para que conociera una realidad distinta a la que nosotros vivíamos en Caracas. Salir, de los grandes parques, colegios, cines, etc. para conocer la sencillez en plenitud y cómo existían personas que eran felices viviendo sin tantos avances, asuntos materiales y presiones sociales.

En Caruao, pase buena parte de mi infancia y tuve la dicha de hacer muy buenas amistades a las que visitaba al menos cada 15 días, luego de un recorrido por carretera (para aquel entonces casi toda de tierra) de 2 a 3 horas yendo y el mismo tiempo retornando.

Llegábamos los viernes en la noche y éramos recibidos por los “chamos” del pueblo, mis amigos: Sue, El Gordo, Charly, El Morocho y El Tocayo (se llamaba Federico) quienes no se separarían de nosotros hasta el domingo que retornáramos a la capital.

Jamás olvidaré mi primera noche en Caruao, que al llegar, mi papá me pidió que fuera al río para comprar un kg de chipirones (calamares de gran tamaño) y yo (con 7 años) con unas pocas indicaciones de a dónde debía ir, agarré mi mayor valor y me fui a caminar por un lugar oscuro y absolutamente desconocido. Preguntando, finalmente llegué al río hasta que escuché una voz de mujer fuerte que me dijo “niño, te vas a ir al agua” y ciertamente, si daba unos pasos más, al río iría a parar. Compré la encomienda y regresé a casa.

La voz de la mujer fuerte, se trataba de Doña Josefa. La que denominamos nosotros como la millonaria del pueblo, pues era dueña de la única pensión que había, un restaurancito que se llamaba “Keila”, 2 peñeros de pesca y el camión que llevaba víveres a la comunidad. Su restaurante, quedaba justo al cruzar la calle desde la puerta de nuestra casa y luego del episodio del río, Doña Josefa pasaría a ser “mi abuela negra”, porque a su particular manera, siempre se ocupó mucho de nosotros y nos hizo parte de la comunidad.

Caruao, era un lugar absolutamente tranquilo, pacífico y seguro. Yo, con 7 años, tenía permiso de salir en bicicleta en compañía de los muchachos y llegar hasta San Jorge, que era el pueblito más cercano entrando hacia la zona montañosa. En las mañanas, me despertaba muy temprano y me iba a jugar y nadar en el río o salía con Pinocho (hijo de Doña Josefa y por ende, sería mi tío negro) a pescar en peñero y si mi papá en algún momento quería saber de mi, con pararse en la puerta de la casa y preguntar al primero que pasara si me habían visto, era suficiente, porque la voz se corría hasta que alguien me decía “catire, te están buscando” y ello significaba “retorna a casa”.

Muchos años después (independientemente de nuestra fantástica experiencia en Caruao), Tony y Ana Carlota Quintero (los padres de Valentina quintero y abuelos de mi prima hermana Victoria) decidieron mudarse de Maracay para Caruao, pues habían comprado una pequeña extensión de tierra en la zona, que serviría como su retiro de viejitos y que poco a poco irían sembrando con yerbas y frutas.

Los Quintero, rápidamente se hicieron parte de la comunidad. Fundaron la primera (y única) biblioteca del pueblo, Ana Carlota enseñó a leer y escribir a unos cuantos niños del pueblo, es decir, decidieron ser de la comunidad y ayudar en cuanto sus conocimientos, capacidades y posibilidades fueran funcionales en pro de la convivencia y debo decir que el pueblo también los acogió.

Un día, producto del odio sembrado desde el gobierno nacional para enfrentar a venezolanos contra venezolanos, entre quienes tuvieran más o menos (independientemente del legal o legítimo origen del patrimonio) parte del pueblo de Caruao cambió su actitud.

La “comunidad organizada” en consejo comunal, se antojó de la tierrita de los Quintero y empezaron a hacerles la vida imposible, porque ellos quería lo que a los señores les costó tanto tiempo y esfuerzo levantar. ¡Que fácil, agarrar lo que ya está listo y funcionando!

Empezaron con un terror psicológico, amenazando con que les quitarían las tierras, pero los Quintero con su determinación, estaban decididos (con mucho dolor por ver a su gente, su pueblo en esa actitud) a defender lo que les correspondía. Fueron víctimas no solo de amenazas, sino de acciones concretas, pues un día les quemaron las plantaciones de frutas que tenían (las pocas que caben en 3 hectáreas) al punto de casi quemar la casa donde los Srs Quintero VIVIAN, hasta el momento en que sus hijos decidieron que ya era suficiente sufrimiento para sus padres y los emplazaron para salir de ahí. Tristemente, producto de amenazas de muerte, no podían hacerlo por sus propios medios, pero gracias a Dios contaron con la ayuda de otra parte de la comunidad quienes lograros sacarlos ESCONDIDOS en una camioneta para llevarlos a Caracas.

En esta oportunidad, me he extendido mucho más de lo normal, porque el ejemplo de Caruao es una fiel representación de cómo se encuentra Venezuela. El país, fue inyectado de un profundo odio que nos separó como venezolanos. Nos pusieron a pelear unos contra otros bajo una ridícula rencilla por la “lucha de igualdad” buscando como Robin Hood quitarle al rico para darle al pobre en lugar de lograr que el pobre tenga la oportunidad, conocimiento y herramientas para producir y deje de ser pobre por trabajo y esfuerzo, como muchos que no son ricos, pero viven “tranquilos”.

Venezuela no es como está ahora. Venezuela es un país de amigos, un país de oportunidades, pero que un grupete de “lideres” que se encuentran gobernando hoy en día, se empeñaron bajo la batuta de Hugo Chávez de destruir nuestra naturaleza, nuestra ideoneidad.

El asunto es el siguiente. ¿Seguiremos dejando que unos pocos irresponsables sigan acabando con millones de venezolanos? ¿Permitiremos que nos separen más? Por mi parte, me niego a ello y trabajaré por colocar mi grano de arena para rescatar la Venezuela en la que nací. Esa, en la que visitando Caruao no cerrábamos la puerta de la casa sino para dormir y que nunca faltó ni un tenedor.

¿Y tu? ¿Te sumas?

Federico Black B.

@FedericoBlackB