Leonardo Palacios: Señor presidente asómese por la persiana del dolor

Por Leonardo Palacios
(@Negropalacios)
A mis amigos John Machado y Luis Alberto Rodríguez, sobran las palabras.

La muerte es un acontecimiento que es cercano; es un acompañante silente que llevamos a los lados. Deberíamos estar preparados cuando ella se manifieste, se haga visible ante nosotros.
Deberíamos sobrellevar la pena que embarga, el vacío que deja, el volcán en ebullición de recuerdos y vivencias y que luego nunca cesa su actividad.

No obstante, la muerte se hace aún más terrible, perversa su presencia cuando ella sorprende y aparece prevalida a la sombra de la violencia.

No hay resquicio para aceptarla resignadamente como cuando la enfermedad la convoca o cuando sobrevivimos a nuestros padres. Se hace odiosa; incomprensible y más injusta que la muerte misma, más traicionera.

Muerte sedienta, irredenta y rabiosa cuando se ensaña con vidas inocentes de edades diversas; de origen diverso, de sexos diversos, de creencias, religiones, ideologías y afiliaciones diversas pero bajo el denominador común de la ciudadanía.

Tanto que promovemos la unidad en la vida para lograr la paz y nunca lo logramos, por razones distintas; y ella, la muerte, en una espontaneidad abominable la logra rápidamente en el dolor, la rabia y la impotencia.

Una muerte, decenas de muertes, un centenar de muertes, un millar de muertes… en fin infinitas muertes sin sentido, irracionales e inentendibles.

Es la unidad del llanto del padre que con desvelo de trabajador humilde, profesional o empresario, artista, obrero, político o literato, deportivista o labrador levanta una familia y forja un hijo con el sueño de entregarlo a la sociedad para seguir andando pero la violencia injusta vertiginosa y gacha, ciega las esperanzas de esa padre cuyo dolor se acrecienta por sobrevivir al hijo en contra natura danza.

Es la unidad de una sociedad inerme ante la violenta hampa, anta la distorsión de valores que nos llevan a un enfrentamiento ciego dejando un camino pedregoso e incierto de orfandad, viudez y soledad.

Es la unidad dolorosa de una sociedad silente por el hijo, el padre, la madre, el esposo, la esposa, el hermano o el amigo que diariamente muere, absurda e injustamente, en el barrio, la urbanización o el campo; en pueblo o escenario urbano.

Es la unidad en el dolor y el silencio, que se justifica pero puede llegar a ser cómplice cuando no se pide acción decidida del Ejecutivo Nacional para que tome medidas contundentes de planes de seguridad, coordinados con el Municipio rojo y el azul, el amarillo o el anaranjado, con el Estado del camarada gobernador o del mandatario adversario.

Es la exigencia de que se proceda al desarme, a gestionar los recursos para fortalecer las policías nacionales, estadales o locales, suministrarles equipo de todo tipo para la prevención y la represión dentro de los límites de la racionalidad del respeto de los derechos fundamentales.

Es la exigencia a educar, formar y divulgar valores de respeto y convivencia, más allá de la sana diversidad de criterios políticos o concepciones de Estado bajo la égida del principio del respeto a la vida y a la dignidad humana.

Es la exigencia a la Asamblea Nacional para que se dedique a legislar en materias propias a los regímenes sancionatorios, penales con estricta orientación de las ciencias penales, penitenciarias y criminológicas, de efectuar un control sobre órganos ejecutivos del Poder Público en las competencias propias o concurrentes en las materias indicadas.

Al Poder Judicial, al Ministerio Público, a la Defensoría del Pueblo y la Contraloría que ya saben lo que deberían hacer para que la impunidad ligadita de la inseguridad no siga campeando desolando, enlutando y entristeciendo nuestra sociedad.

Señor Presidente asómese por la persiana del dolor de cientos de compatriotas, tome las riendas de la batalla contra la inseguridad, haga propicia tal circunstancia para desmentir que es una política Estado.

Solventando este tema que nos afecta a todos por igual a sus partidarios y opositores, es la única forma de tener patria y de volver a la confianza pérdida entre los venezolanos. Vencida la inseguridad que es el problema que más nos aqueja habrá tiempo y voluntad para pensar en los caminos por los cuales queremos transitar.