El odio, ¿la llave que mueve el mundo?

Leyendo los periódicos, escuchando la radio o viendo los telediarios es muy complicado que pase un día sin que seamos testigos del odio. A menudo son los propios líderes de la política, la cultura o el deporte quienes inoculan este sentimiento de aversión en los ciudadanos. Hay miles de ejemplos. Hace un par de meses Artur Mas aseguraba ser «un personaje odiado en algunas partes de España». Después eran el Partido Popular, UPyD y Ciutadans quienes amenazaban con denunciar a la Generalitat por «incitar al odio» en el simposio «España contra Cataluña». En octubre, Mourinho aseguraba que en España sentían «auténtico odio» por él, mientras que el diputado Alberto Garzón acusaba al Gobierno de actuar con «odio» en sus medidas contra ETA. Odio, odio y más odio, por no recordar las palabras del actor Pepe Rubianes en TVE, al exclamar aquello de «¡qué se metan España en el puto culo a ver si les explota dentro!». abc.es

Atendiendo a estos ejemplos, se podría decir que este sentimiento se sitúa en la base de muchos de los problemas actuales de aquí y el resto del mundo, generando falta de entendimiento entre los ciudadanos y los políticos, y revirtiendo directamente sobre la convivencia diaria.

Para ilustrar esta afirmación, valga un informe del Movimiento contra la Intolerancia que recientemente denunciaba que en España existen más de 1.500 webs que incitan al odio, y que se superan las 4.000 agresiones al año por este motivo en nuestro país. Y podríamos ir más allá enumerando todas las guerras que se han producido y se producen actualmente en el planeta a consecuencia de la aversión que generan las diferencias religiosas o étnicas. «Por supuesto que los odiábamos. El plan para matarlos estaba dispuesto y terminado. El odio estaba profundamente arraigado, de modo que cualquiera que veía a un tutsi lo mataba», declaraba uno de los protagonistas del genocidio ruandés en 2004.

Por lo tanto, conocer qué es en definitiva este sentimiento, cómo se ha definido a lo largo de la historia, cuáles son sus particularidades y cómo ha sido utilizado a lo largo del siglo XX y en la actualidad es importante para entender mejor a la sociedad contemporánea. Una tarea nada sencilla si tenemos en cuenta que la psicología sólo ha formulado unas pocas teorías para explicar el problema que genera.

De Aristóteles a la RAE

Analizar su significado no es nuevo. Las definiciones propuestas durante siglos, incluso milenios, llaman la atención más por sus diferencias que por sus similitudes. Aristóteles, por ejemplo, comparó el odio con la ira y creía que podía surgir sin una ofensa. En el siglo XVII, el filósofo racionalista holandés Benedictus de Spinoza lo definió como un dolor que va acompañado por la noción de una causa externa. Y ambos coincidían en que no es posible odiar a las mismas personas a las que se compadece.

Las definiciones modernas, según algunos autores, también están incompletas. Para el «Webster’s New World College Dictionary» se trata de «experimentar un fuerte rechazo o tener mala voluntad, detestar, despreciar». Willard Gaylin lo definió en 2003 como una emoción intensa e irracional, un desorden de la percepción que engaña al pensamiento y necesita de un objetivo dañino al cual fijarse. El escritor nominado a los premios Pullitzer, Rush Dozier, sugirió por su parte, en 2002, que el odio se desarrolla a partir de un antiguo instinto de supervivencia, que implica ira y necesita tanto los estereotipos, como diferenciar entre quién se encuentra dentro y fuera del grupo. Y, por último, el diccionario de la RAE, que lo describe como «la antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea».

Odio y poder

En la actualidad, hay otros autores que han ido más allá, asegurando, como Robert y Karin Sternberg, que «el odio no es natural, en el sentido de algo innato con respecto a lo cual los individuos no pueden actuar de otro modo, sino más bien está cínicamente fomentado, bien por los individuos en el poder para mantenerse en él, bien por individuos que no se hallan en el poder con el fin de obtenerlo».

Aquí se encontrarían los ejemplos antes expuestos del presidente de la Generalitat, que parecen fomentar este sentimiento con sus declaraciones y permitiendo la celebración de simposios como el de «España contra Cataluña». Pero que también parece una herramienta utilizada en ocasiones por los partidos nacionales mediante las duras declaraciones y broncas que vemos continuamente en el Congreso de los Diputados.

Salvando obviamente las diferencias, podemos ir mucho más allá citando al partido nazi, que cultivó sentimientos de odio y de exclusión contra los judíos, comunistas o gitanos, con el fin de mantener y acrecentar su poder. O las masacres y genocidios que se han producido en la última década del siglo XX, como el de Ruanda. No se trataba ni de matanzas aleatorias ni de explosiones repentinas de irracionalidad de las masas. Fueron matanzas cuidadosamente planeadas y orquestadas, acompañadas de un odio masivo que fue promovido a conciencia.

Un sentimiento mayoritario

Según muchos expertos, el patrón de este tipo de odio siempre es el mismo. Ocurrió en Ruanda, en Bosnia, en Estados Unidos tras el 11-S y ocurre en la actualidad en muchos países árabes contra el «infiel» occidental. Los individuos, mientras se hayan implicados en sus luchas por el poder, desarrollan un intenso odio y, a menudo, «hacen uso de cualquier medio disponible para fomentarlo entre sus conciudadanos, a fin de obtener el apoyo que necesitan para lograr sus objetivos», escriben Robert y Karin Sternberg en «La naturaleza del odio» (Paidós Contextos, 2010).

«El odio afecta en primer lugar a las víctimas y, después, a la sociedad en general»

Obviamente, muchos otros factores desempeñan un papel importante en la generación de este odio. Algunos autores como los citados hablan de la presión popular a actuar de determinada manera, el razonamiento emocional, el miedo por la propia vida si se desobedece la orden de algún jefe poderoso y las falsas creencias implantadas sistemáticamente por líderes cínicos. Es decir, es imposible aislar el odio, no se puede odiar en el vacío. Solamente se puede estudiar este sentimiento en los contextos complejos dentro de los cuales tiene lugar, ya sea el nacionalismo, una crisis económica, unas elecciones, un atentado terrorista, una guerra o un genocidio.

Según esto, el odio puede ser detectado entre facciones religiosas enfrentadas, en individuos que llegan a odiar a otros individuos en sus vidas privadas o entre naciones y grupos étnicos. Un artículo de la revista «Times», por ejemplo, ponía el foco en este sentimiento, en 2007, respecto a la guerra de Irak: «El odio se ha convertido en un sentimiento mayoritario, que afecta en primer lugar a las víctimas y sus familias (los cientos de miles de iraquíes que han perdido a sus seres queridos, sus trabajos, sus casas y, a veces, abriros enteros) y después a la sociedad en general».

El odio, ¿una necesidad?

A menor escala que en estos hechos traumáticos, es lo que ocurre con los nacionalismos españoles desde hace unos años y, actualmente, en Cataluña. Así lo defendía, en 2011, el director de Estudios de Ciencias Políticas en la Universidad Abat Oliva CEU de Barcelona, Javier Barraycoa, para quien «el propio nacionalismo sabe que necesita generar odio y este es el “leitmotiv”. Lo que en un principio era un amor a Cataluña se transformó en odiar a España».

Un odio que puede crecer en pocos días o meses, o ser alimentado y sostenido durante años, y que se manifiesta de muchas formas, desde acusaciones a otra persona como las de Artur Mas, Alberto Garzón o muchos de los partidos políticos españoles, pasando por la imposición de sanciones económicas contra un grupo, hasta llegar a los extremos de la denominada limpieza étnica y el genocidio de pueblos enteros.

En España, el odio político ha asomando especialmente en los últimos tiempos a causa de problemas económicos y la deriva independentista, cada vez más acuciantes, que han tomado regiones como Cataluña. Cabe preguntarse si ese sentimiento puede amenazar a nuestra sociedad, nuestros valores y a nuestra convivencia.