Juan Carlos Sosa Azpúrua: La calle

La calle

Juan Carlos Sosa Azpúrua

En este momento debemos unirnos y apoyarnos en aquello que nos une y nos encuentra. El país está destruido, con poco espacio para soñar en un futuro promisorio…a menos…

…A menos que esta vez hagamos las cosas bien.  Los llamados a la calle son acertados siempre y cuando se entienda qué significa calle, y qué objetivo se persigue.

Si la calle es una excusa para entretener al país hasta las elecciones parlamentarias del año entrante, esa calle es una trampa.

Si la calle es un pretexto para extenuar a la gente y desmoralizarla, para luego salir y decir que la calle no es la salida, que lo que provoca son tragedias, y que hay que tener paciencia, “ganándose los corazones del pueblo, sin violencia”, hasta las elecciones de 2019, entonces la calle es una trampa.

Si la calle es una estrategia para hacer leña de un árbol caído, reemplazando a un ídolo gastado por uno nuevo, pero dentro de una estrategia legitimadora del régimen, entonces la calle es una trampa.

Si por el contrario, la calle es la conclusión fatal de todos los errores del pasado, para no volverlos a cometer, y se usa como expresión de un hartazgo final que no tiene vuelta atrás, entonces la calle sí es una calle, y una que puede conducir a la libertad.

Pero es esencial entender varias cosas:

La calle no debe ser un encuentro tipo verbena, donde la gente se reúne para hacer catarsis y después se regresa a su casa como si nada.  Tampoco hay diversas salidas alternativas que se tengan que consultar a nadie, porque la salida es una sola y ya se sabe cuál es: Parte de un derecho natural de todos los seres humanos y está reconocido en la Constitución Nacional: El derecho a rebelarnos contra autoridades ilegítimas, para reestablecer la institucionalidad vulnerada.

La calle no debe ser un escenario de marchas multitudinarias, donde la gente se expone a todo tipo de tragedias, sin resguardo, sin estrategia, sin nada más allá del ímpetu y las ganas.

La calle no debe ser un escenario para llegar a una tarima, donde un vocero manda a la gente a sus casas al final de una jornada, bajo el pretexto que el objetivo es solamente protestar por lo mal que se está viviendo y no por la genuina razón de nuestros males: un régimen delincuente que no debe existir.

He sido testigo del compromiso absoluto que tiene la gente que sale a marchar a quedarse indefinidamente en las calles…y siempre han sido pocos los que apagan los ánimos y regresan a la gente a sus casas…sin haber alcanzado otro objetivo que no sea la simple marcha del día.

La calle no debe ser un escenario para hacerle solicitudes de ninguna naturaleza al régimen, ya que cualquiera de estas solicitudes sirve como herramienta legitimadora de los ilegítimos.

La calle no debe ser un escenario para usar a los jóvenes como carne de cañón.

 

Entonces, ¿qué debe ser la calle?

 

La calle debe ser un escenario para demostrar que los venezolanos no reconocemos al régimen como una autoridad legítima. En consecuencia, la calle debe ser una expresión de rebeldía total, y bajo ninguna circunstancia se pueden hacer peticiones a autoridades que a priori desconocemos por ilegítimas.

La calle debe monopolizarse a través de estrategias bien concebidas, para lograr objetivos concretos de deslegitimación de las autoridades que no son tales porque se desnaturalizaron.  Para esto, deberán activarse los principios de la guarimba (“refugio”), que no es otra cosa que tomar las calles con inteligencia, a partir de estrategias que aminoren al máximo los riesgos personales y aseguren el cumplimiento de los objetivos planteados.

La calle  ha de ser una invitación para que todas las fuerzas vivas del país hagan acto de presencia y se manifiesten en apoyo, de tal forma que no sean los estudiantes los monopolizadores del riesgo, sino que éste se distribuya equitativamente entre todos los factores que hacemos vida en Venezuela.

La calle debe procurar convertirse en un estandarte de libertad. Se debe partir de la premisa que las Fuerzas Armadas – únicas que tienen el uso legítimo de la violencia-, tal y como están hoy configuradas, difícilmente actuarán como institución monolítica, sino como símbolo, a través de todos aquellos militares que se consideren institucionales y que por tanto sean invitados a unirse al clamor nacional, sin mirar atrás cuidando puestos y posiciones. A las Fuerzas Armadas desnaturalizadas deberán los genuinos militares dejarlas solas, para que solamente los componentes ideologizados permanezcan en ella, desnudos ante la opinión pública como traidores a la patria, ya que simplemente son la guardia pretoriana de los secuestradores del poder.

En Venezuela están configuradas todas las razones constitucionales para exigirle a las Fuerzas Armadas que actúen para restituir el orden constitucional violado:

a) Cesión de la soberanía a Cuba y entrega del territorio nacional a carteles de la droga y naciones extranjeras, como el caso de Guyana;

b) Fraude electoral: robo de elecciones presidenciales;

c) Doble nacionalidad de quien secuestra el poder ejecutivo;

d) Destrucción de la República y reemplazo por un sistema comunal que es frontalmente inconstitucional, por violatorio de los derechos humanos;

e) Entrega de los recursos naturales de la nación, supeditados a obligaciones oscuras y subalternas.

La calle debe mantenerse activa en todo momento y jamás abandonarse, hasta tanto se logre el objetivo final: La libertad de Venezuela.