Aquiles Esté: El falso dilema

thumbnailaquilesesteEntre los éxitos de Hugo Chávez, el más poderoso de todos es haber reseteado el sistema operativo con el cual los venezolanos nos entendemos a nosotros mismos. Este es su logro más determinante y la prueba de ello es que la propia oposición se autodefine a partir de la gramática chavista.

Metáforas gobierneras como 4ta República, inclusión, escuálidos o el mismo término oposición, pasan lisos y sin enmienda en las arengas del sector democrático. Con absurda frecuencia sus personeros echan mano de las manoseadas citas heróicas de Simón Bolívar para dotar sus acciones y propósitos de un aura épica, a la mode rouge.

Son muchos incluso, lo que suponen que para superar la larga noche chavista, el país debe someterse a los estragos de una guerra civil, refraseando inconscientemente las tantas veces que Hugo Chávez y sus actuales voceros nos espetan en la cara que sin su presencia, el país avanzaría hacia el diluvio.

No conozco a nadie por ejemplo, en el bando que adversa al gobierno, que no concuerde con el régimen en admitir que antes del 98 existía en Venezuela una “pavorosa deuda social”. A los efectos y de ser así preguntaría, quién paga la deuda, acaso es solo el gobierno? quién la cobra, acaso son sólo los pobres? , hasta cuándo se paga, es acaso infinita? En fin.

Dentro de ese sistema operativo, un lugar privilegiado lo ocupan dos nociones interdependientes. La primera es que la “oposición” es y será siempre minoría, pues representa apenas los sectores pudientes de la sociedad. La segunda es que la oposición se compone de un sector radical y otro moderado.

El fraude electoral en Venezuela es de carácter sistémico, vale decir, tiene lugar antes durante y después de cualquier elección realizada en los últimos 12 años. Se trata de una ristra de eventos que ambos lados del espectro político califican como “fiestas democráticas”. Eso hasta el minuto en que Enrique Capriles cantó fraude, el 14 de abril del año pasado. En el 2012 Radonski se dio incluso el lujo de felicitar a Hugo Chávez por su victoria en las mesas de votación. Wau!

El hecho simple es que las elecciones son una trampa diseñada para que la mayoría de los venezolanos (7 de cada 10) que repudian la inseguridad, la escasez y la inflación no puedan expresar su descontento por medios institucionales. No conozco ningún otro país reconocido como democrático en que tales cifras de rechazo a la condiciones de vida no se expresen de manera ostensible en un voto-castigo firme, inequívoco y mayoritario. Venezuela, nos dicen las encuestas de pacotilla, es la única nación del mundo en que las cosas suben pa’abajo. Habría tan solo que duplicar los apagones, los anaqueles vacíos, la carestía y los homicidios para que el gobierno se hiciera con el 100% de los votos.

Esa lógica inaceptable tiene su correlato institucional. Recordemos por un instante al huidizo Francisco Carrasquero, el del inefable “ibanos” pronunciado en cámara de TV, el mismo que saltó en garrocha desde la presidencia del CNE al TSJ para sentenciar la confiscación de las actas de 3 millones de votos en las Primarias.

El “mejor” CNE del sistema solar tuvo luego como presidente a Jorge Rodríguez, autor de las fulanas “firmas planas”, vicepresidente, jefe del comando de Hugo Chávez y alcalde con los votos chavistas. Hoy, el “árbitro electoral” se compone de cuatro damas que hacen mayoría. Una fue ministra del gobierno y gerente de la Cantv estatizada; otra diputada oficialista y las dos restantes, simpatizan morbosamente con el régimen.

El punto concreto es que los venezolanos enfrentamos un régimen híbrido, es decir, un gobierno que se hace de una fachada democrática para instalar y prolongar una tiranía. Un régimen de este tipo solo lo podemos vencer echando mano de una estrategia híbrida que conjugue los métodos democráticos con los métodos de la Resistencia.

El sector democrático venezolano no puede dejarse atrapar por un dilema que no le pertenece. Mas aun en estos días, cuando se revela nítidamente el carácter gorila de la élite chavista enquistada en el poder.

Si ese dilema es encarado y resuelto por la unidad democrática, hay motivos para ser optimista. Recordemos que Nicolás Maduro es inevitablemente un líder débil, particularmente por haberse lanzado a reprimir bajo la suposición de que el pueblo chavista lo respaldaría en cualquier desmán contra los DDHH. Ese cálculo tiene patas de barro. Reparemos en el hecho de que nadie votó en verdad por Maduro, “su gente” votó por HCh. A un año de inseguridad, escasez e inflación galopantes no ha nascido todavía el primer venezolano que se declare a sí mismo “madurista”. Nada más democrático en Venezuela que la pésima calidad de vida.

Cuesta también imaginarse que las Fuerzas Armadas en su conjunto vayan a hundirse con este tarugo, asesino de estudiantes y procónsul de los cubanos. En las FAN nadie respeta a Maduro y no podría ser de otra manera, si en las primeras de cambio se declaró, no tanto hijo de HCh, sino su médium, alguien que lo interpreta desde el más allá.

Una reflexión similar tendría que hacer Henrique Capriles. Los ocho millones de votos que “obtuvo” en abril del 2013 no le pertenecen, su supuesta base electoral votó mayoritariamente contra Chávez. Bien le vendría ser más humilde a ese respecto y apoyar con toda determinación las protestas. Estas, no darán marcha atrás, porque cuentan con una base social real y no encuentran otra válvula de escape. Recordemos que ya ni siquiera existe Globovisión, con todo y su paradójico poder anestesiante que de algún modo le resultaba instrumental al régimen.

A un mes del inicio de la resistencia son ya 23 mártires y 300 heridos, mil detenidos de todas las clases sociales, decenas de torturados y un preso político –Leopoldo López- además de un bacanal de censura. Ni en Siria se atrevieron a despedir a CNN.

La dirigencia opositora enfrenta el desafío de diseñar e implementar una auténtica estrategia híbrida: usar la resistencia y la presión de calle para obtener resultados democráticos donde se vea retratada la mayoría. Es perfectamente posible por ejemplo, encauzar la indignación hacia la renuncia del señor Maduro y exigir simultáneamente la escogencia de un CNE autónomo y auditable. Los líderes democráticos deben entender la emergencia y plantear una sólida, coherente y unificada línea de acción. Es de idiotas desplumarse las alas con el propio pico.