Argelia Rios: Detrás de las bambalinas

thumbnailargeliarios1Una idea domina entre algunos de los que han aceptado participar en el diálogo con el Gobierno. No es compartida por todos, pero sí domina en el ánimo de unos cuantos que creen ver en estos encuentros la posibilidad, aunque sea lejana, de abonar el terreno para una “transición pacífica”. Visto así, el mecanismo que se activó el jueves pasado en Miraflores no sería únicamente importante por sus resultados tangibles, sino por las relaciones que se forjarían en los muchos cabildeos privados que se han venido dando, en medio de los preparativos de las reuniones públicas entre la MUD y el Gobierno.

Las conversaciones que no han estado al alcance de la opinión pública, son parte de un proceso que responde a la convicción que posee una parte de la oposición venezolana, en torno al valor intrínseco de estos acercamientos. En la MUD no sólo se espera cristalizar las muy modestas peticiones que el país ha conocido a través de su vocería. El empeño va dirigido, sobre todo, a tratar de descongelar la atmósfera política nacional, seriamente afectada por esta suerte de guerra fría doméstica que, por quince años, se ha desarrollado en Venezuela.

El propósito no declarado involucra nada menos que el deseo de comenzar a “viabilizar la alternancia”, a pesar de que tal objetivo táctico no implica una respuesta directa al hondísimo malestar social contenido en las protestas de los últimos dos meses. Conforme a la evolución que están teniendo las cosas, el diálogo sería un fin en sí mismo: uno cuyas ganancias se ubicarían en el estricto ámbito de las relaciones interpersonales entre los dos elencos en pugna.

El objetivo de la MUD está preñado de buenas intenciones: es loable su deseo de construir los cimientos de una transición pacífica, que parta de la rehabilitación de las relaciones mínimas con la dirigencia del “proceso”. Sin embargo, esa aspiración necesita tener un sostén en la realidad y no debería colocar a la plataforma unitaria de espaldas a las protestas populares, ni al clamor que en ellas se levanta. Omitirlas, del mismo modo como lo hace el régimen, sólo contribuirá a que la crisis se acentúe, expresándose como un descontento frente a la política y los políticos, en general, incluyendo a aquéllos a quienes el país debería comenzar a ver como las alternativas al liderazgo bolivariano.

Todo cuanto se ha sabido oficial y oficiosamente de las reuniones privadas sostenidas por las partes, apunta hacia un abordaje inquietantemente superficial del conflicto que late en la sociedad venezolana: una peligrosa negación, que también puede colocarnos en un camino incierto, tan aventurado como el que se le atribuye a Leopoldo López. La MUD no puede desenfocarse. 

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