Vladimiro Mujica: Cabaret

thumbnailvladimiromujicaUna madre aconsejó a una niña de 13 años en un refugio tener un bebé para entrar a la Misión Vivienda. La morgue llena de muertos, enfermos de cáncer deambulando por los hospitales, miles de jóvenes hacen cola para irse.

El olor a decadencia del régimen es inevitable. También lo es el una rebelión latente que se manifiesta de los modos más inesperados. Venezuela se ha convertido en una pesadilla de circuitos de supervivencia y de participación involuntaria en el festín de corrupción de la era chavista. Cada uno de estos circuitos ilustra de modo patético la precariedad y el arte de la supervivencia en que se ido transformando la vida de los venezolanos. En otra dirección crece el descontento, pero a menos que este adquiera direccionalidad política y organización, no representa una amenaza creíble para el régimen.

Entender estas dos realidades, la pesadilla de la sobrevivencia y el que la población no termina de doblegarse ante el cinismo de quienes gobiernan el país es una tarea muy compleja. De trasfondo y contraste con la realidad agobiante en que se debate la gente está el cinismo del superministro de la Economía, quien afirma que el modelo venezolano ha sido un éxito rotundo. Uno termina por preguntarse si el ministro se cree, o no se cree lo que dice, frente a realidades como el desempleo, el aumento de la pobreza, la pavorosa inflación y el desabastecimiento.

Afirma que en Venezuela ha disminuido la desigualdad y probablemente tiene razón en un sentido profundamente perverso: como toda la clase media está mucho más empobrecida que antes y los más pobres han mejorado ligeramente su condición, el resultado neto es que todos estamos igualmente pobres. Es decir, la presunta igualdad se ha obtenido a expensas de empobrecer al país y destruir su economía.

Por supuesto, el ministro no añade que la oligarquía chavista se ha enriquecido hasta reventar.

Estamos en presencia, pues, del éxito más retorcido posible: igualdad en la miseria para la mayoría y acumulación inusitada de riqueza para el minúsculo círculo de los enchufados.

Viñeta número 1. Un caso real cuyos participantes reales no me es permitido develar.

“Ayer me contaba una persona que trabaja en el área de salud que entrevistó a una niña de 13 años que le estaban dando de alta en una maternidad, ella le dijo que había decidido tener un bebé porque su mamá se lo había aconsejado cuando estaban en el refugio, ya que eso le aseguraba su casa propia a través de la Misión Vivienda y la ayuda económica de la Misión Madres del Barrio. La niña, que ni siquiera ha terminado la educación básica, le dijo que lo único que no le gusta es que en el edificio donde le dieron su vivienda hay mucha gente mala, que hay un piso que lo llaman Yare I y otro Yare II y que en la PB hacen los velorios de los delincuentes” Viñeta número 2. “Ayer en el kiosco donde venden los periódicos una señora se quejaba por el precio de Últimas Noticias. Otra le dice “todo está caro, dígame las medicinas”, a lo que la primera responde: ­Yo me gastaba casi toda la pensión en medicinas, pero este mes me ahorré como 700 bolívares porque un familiar tiene un contacto que me las consiguió más baratas.

A mí me da miedo porque dicen que son falsas.

¡No, qué va, son originales! Yo tengo años tomando medicamentos para la diabetes y los conozco bien, lo que pasa es que los ladrones de las farmacias le ponen sobreprecio.

Yo tomo para la tensión, están carísimas y no las consigo, ¿será que esa persona me las puede vender? ­¡Claro! dame el nombre y yo le pregunto, si la tiene te puede vender varias cajas y así estás tranquila unos meses”.

Viñeta número 3: Cabaret.

Una versión tropical de la magnífica película con Liza Minelli en el papel estelar. El país cayéndose a pedazos, pero en un local de lujo en Caracas se vive una realidad paralela. Precios exorbitantes y atiborrado de gente, que paga una fortuna en uno de los lugares más caros del mundo: Caracas. Varios asistentes comentando sobre los enfrentamientos en Santa Fe y preguntándose que más habría que pasar para que el gobierno se caiga. Que ya esto no se aguanta más”.

La lista de cuadros de la vida real, viñetas del país descompuesto, es larga y pavorosa e incluye a la morgue y su drama cotidiano de muertos, y a los enfermos de cáncer deambulando por los hospitales, o a las clínicas privadas que ya casi es lo mismo que los hospitales, sabaneando un tratamiento o una medicina inexistente. Y a los cientos, miles de jóvenes que hacen cola para irse de Venezuela.

Son retratos de una nación convulsionada por demasiados años de debilitamiento de todos los mecanismos de convivencia, las instituciones y, en fin, de la libertad y la seguridad que permiten que la vida sea agradable.

La vida se ha convertido en un rebusque laberíntico, que va desde los bachaqueros hasta quienes compran productos subsidiados en varias veces su precio, pasando por quienes se benefician en menor medida del diferencial cambiario o del raspadito de tarjetas hasta los peces gordos de la corrupción. Un circuito tortuoso donde las reglas de la supervivencia obligan al ciudadano normal a incurrir en prácticas que alimentan el circuito de las corruptelas.

Pero por debajo de la realidad verdadera y la realidad paralela se sigue armando un mar de fondo que exige del liderazgo político, el actual y el emergente, sentido de la ética, inteligencia para interpretar y audacia para actuar. Todavía no estamos perdidos, a pesar de que mucha gente ya está dispuesta a tirar la toalla.