Sobrino del Che: mi tío siempre decía la verdad, decía “miren, vamos a morir”

 

A primera vista, nada delata que este cincuentón seductor, con melena despeinada y gran conversador, es sobrino de Ernesto Guevara de la Serna, el Ché, uno de los argentinos más famosos del siglo veinte. Tampoco su acento porteño lo descubre, deslavado por extensos períodos en Cuba y en España, donde reside actualmente. Pero cuando Martín Guevara comienza a hacer la historia de su vida, queda claro su lazo con el Ché, ese tío que nunca conoció pero al que quiso emular en pequeñas acciones cotidianas de rebeldía.

Al leer su libro A la sombra de un mito. Un sobrino del Che Guevara relata los 12 años que vivió en Cuba —traducido al inglés como Shadow of a myth, por Adrianne Miller—, su relación con el Ché, familia y “héroe” a la vez, se presenta como una búsqueda angustiosa de la verdadera naturaleza del ser humano. A veces, la narración recuerda a la de esos santos católicos atormentados por la duda y por no ser suficientemente merecedores del Señor.

Martín fue rockero, mochilero, directivo de una compañía y ahora escritor. De vuelta de todo, decidió escribir estas memorias para quitarse de encima el peso del mito. A la vez, Martín logra documentar en toda su complejidad una época idealizada por muchos cubanos, quienes no tenían acceso, como él, a una vida que existía sólo para el disfrute de extranjeros y de la élite.

LA LLEGADA

Cuando yo llegué a Cuba en el 73, ahí me empezaban a explicar que tenía un tío que había luchado. A los 10 años yo no sabía nada de mi tío Ernesto. A mí me gustaban mucho los personajes de la literatura, que también habían luchado para favorecer a los pobres, con todo ese lenguaje que la izquierda secuestra, del proletario y el campesino. En nombre de eso, hacer el mal es más fácil porque después, el que se sienta bueno no sabe cómo luchar contra el dueño de ese lenguaje.

Cuando llegamos, nos esperaban unos guardaespaldas y nos llevan al hotel Habana Libre. Y nos suben a una suite, con cinco restaurantes a nuestra disposición. Cuando salimos a caminar ese mismo día, ya un niño como yo de 10 años se da cuenta de que todo es mentira. Que precisamente ese hecho nos hace a nosotros mejores que el resto de los cubanos que veíamos en la calle.

EL IGUALITARISMO EN LA DÉCADA DE LOS 80

Yo iba todas las mañanas y pedía un huevo frito con jamón para desayunar en una de las cafeterías del Habana Libre, y me llevaba unos bocadillos al colegio para darle a mis amigos o al conserje para después poderme fugar más fácil, típica cosa de muchachos. Y dos o tres meses así hasta que llega uno del ICAP (Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos) y me dice “todo lo que hemos contado es verdad, en este país todo el mundo es igual allá en la calle, pero no todo es perfecto, estamos tratando de construirlo. Te vamos a pedir que no lleves más los bocadillos de jamón a la gente porque se van a llevar una idea equivocada, porque pueden confundirse”. Y ahí es donde yo tomo contacto con las dos grandes características que al cubano se le escamotearon: el jamón y la verdad.

En Cuba, tener dos Ladas, acceso a un yate, poder viajar y traer cosas, era algo distintivo. Pero luego lo que era prohibitivo era tener dólares, traer “pitusas”, películas de Rambo, todo eso, porque era lo que se le decía a la población que no debía sentir ninguna atracción por ello.

Como joven, lo que veía eran esas diferencias muy marcadas, mucho menos grandes que en el capitalismo, pero en el capitalismo queda claro para todos que la sociedad es desigual. Pero en Cuba, todas las carencias que había, el pueblo las estaba soportando porque supuestamente todos lo estábamos pasando mal. Somos todos iguales pero unos somos más iguales que otros.

FIDEL CASTRO

Al principio sí lo veíamos. Pero después ya no. Me contaron que cogió un cabreo muy grande con nosotros los Guevara y con muchos exiliados, que se estaban aprovechando demasiado porque todo lo pagaban con crédito en el Habana Libre e iban todos los días al cabaret Turquino a beber. Entonces a mi familia, a mi tía y a mi abuelo, los mandaron a Marianao, y a nosotros a Alamar, y nos habían dejado claro que era porque mi padre quería que nosotros nos criáramos en un barrio obrero y que yo fuese a la beca. Por lo cual yo no le tenía ningún agradecimiento a mi padre porque la beca era una cosa espantosa.

Fidel es un fenómeno muy interesante que habrá que estudiar, igual que mi tío, nunca por las cosas que declaran ellos. Trato de ver las razones más cercanas, en la familia. En el caso de mi tío venía de una familia aristocrática venida a menos y las primeras novias de mi tío eran todas de apellidos fuertes y tenían mucho dinero. La manera en que lo trataron…Y una persona de tanto orgullo, como somos en los Guevara, claro le dio por eso y a Fidel le pasó un poco lo mismo. Cuando un guajirito como él llegó a Belén, la manera en que se burlaban de él, hijo de un gallego, gente de estirpe y de alcurnia…

EL CHE VISTO POR LA FAMILIA

Mi abuelo hablaba, por supuesto, en términos mucho más humanos. Era su hijo. Pero mi abuelo nunca se dejó llevar por la moda revolucionaria que toda la familia se dejó llevar y copió ese lenguaje. A él le gustaba mucho la comodidad de su clase y eso nunca lo perdió.

Mi tía Celia, que es una de las personas que más quiero y respeto por sus convicciones, era uña y carne con Ernesto. Lo quería muchísimo. Ella nunca ha podido ver las fotos ni las películas de su muerte. Pero nunca habla de él, ni del héroe ni de nada. Ella respeta mucho Cuba, no le puedes hablar mal de Fidel ni nada.

Yo en mi búsqueda de mi tío trato de hacer la división entre antes y después que conoció la muerte. Yo creo que ahí hubo un cambio. Hasta ese momento era un personaje de viajar, atender leprosos…Después siguió ayudando a los pobres, pero con un poco más de resentimiento contra los ricos, que ese es el ingrediente que no me sirve.

LA CARTA DE DESPEDIDA

La carta que comentas fue una de las cosas tremendas que le hizo Fidel. Ya había muchas discusiones de él con Fidel, con Carlos Rafael Rodríguez, que quería la alineación total con el partido comunista de la Unión Soviética. Y el Che se planteaba más lo de Tito en Yugoslavia. Pero ya Fidel había decidido por Carlos Rafael que pertenecía al PSP (Partido Socialista Popular).

No sé si estaba en Cuba cuando leyó la carta o en Checoslovaquia. Lo que si sé es que él le dijo a Fidel que la carta era para él, personal, no era para el pueblo de Cuba. Leer esa carta en público significaba que no volvía más. Un tipo con ese orgullo, que ya lo estaban matando en vida, era una sentencia. Después que él muere, los cinco que quedan vivos salen a tiros. Eso demostró que se podía salir.

Yo creo que él nunca llegó a visualizar la traición de verdad de Fidel; que la sintió, claro que sí. Encima de eso la tristeza por la muerte de su madre. Mi abuela nunca le ocultó a los demás hijos que el preferido era Ernesto, mucho antes de que fuera el Che. Y ella murió cuando él estaba en esas guerrillas.

Yo creo, y esto ya es especulación, que él se fue más bien a morir. Y también creo yo, a purgar las cosas mal hechas. No quiero decir que él habrá pensado “qué mal que hice en La Cabaña”. Pero en algún momento, de eso no se puede sentir orgullo y si lo sintió, muy mal. ¿Entonces todo el mundo tiene derecho por diferencias políticas a eliminar al oponente? Es increíble, porque era un hombre muy culto… Pero tenía un pragmatismo muy radical. Y eso no va con Cuba. Porque Fidel ni baila ni hace chistes, le hacen chistes de los demás pero no de él. Cuba es un país muy especial. No le iba bien una cosa así cerrada como la Unión Soviética.

SU VALORACIÓN DEL CHE

[La salida del Ché de Cuba] fue para mí fue lo que lo salva, lo que lo retorna a ese tío mío que valoro mucho, el hombre pensador y solitario, un poeta y un romántico que termina él mismo yéndose a su muerte. Para mí, el Che, y lo digo como un elogio, era pésimo para dirigir masas. Era muy bueno dirigiendo un grupo de gente porque decía la verdad, decía “miren, vamos a morir”. No era proselitista, si no estabas de acuerdo te bajabas y ya.

Hay gente que me pregunta aquí en Miami por los fusilamientos. Yo de eso no puedo hablar. A él lo usó Fidel. El Che no mentía, fue a las Naciones Unidas y dijo que estaban fusilando y que seguirían fusilando. Fidel nunca ha dicho eso, sin embargo fue quien lo mandó a hacer todo eso. Yo no hablo de esa época, primero, porque yo no estuve; segundo, porque es mi sangre. Y luego porque en esos años, tanto la izquierda como la derecha, resolvían las cosas con violencia tremenda. No era sólo el Che, no era copyright de él, no. Y por eso no lo toco tanto, pero al decir lo que yo valoro y lo que creo que está mal, ya está claro que eso no entra dentro del paquete.

HOLLYWOOD Y EL MITO

Occidente valora la juventud, y los tipos que hayan sido fuertes, capaces y que mueren jóvenes. Todo eso lo cogió Fidel, que es más bicho. Donde único no ven al Che como un mito es en Miami por lo que sabemos. Pero en todos lados es igual, en Hollywood también.

Yo hablé con Benicio del Toro cuando estaba haciendo la película sobre el Che y me dijo que lo admiraba mucho. Yo le contesté: “Benicio, cuidado, porque la forma en que mi tío veía a un latinoamericano, en tu caso un puertorriqueño que se va a Estados Unidos a los 15 años para ver si tiene suerte en el basquetbol a buscar dinero, ¡no te la quiero contar!”

Hoy la gente lo idealiza, se compra la camiseta de él y se fuma un porro… Hay que tener cuidado con lo que se idealiza. El encarnaba la libertad, la rebeldía, si, pero de una manera determinada. Cuando se peleó con la Unión Soviética fue porque Nikita (Kruschev) ya le parecía muy flojito y muy corrupto, a él le gustaba Mao. Eso es lo que le hizo pelearse con Fidel y los rusos, porque aquí la traición máxima es la de los rusos, que obligaron a Fidel a no ayudar. Es una idea que tengo, no es una certeza, pero estoy casi convencido por varios datos que me han dado.

EL PROBLEMA DE CUBA

En la Unión Soviética la gente se iba por los montes Urales con peligro de morir congelados, que se los comiera un lobo o los mataran a balazos los guardias. En Alemania saltaban el muro con un tremendo peligro de que los mataran y en Cuba, la gente prefiere cruzar esas noventa millas con esos tiburones, en vez de reunirse y luchar porque no creen que tendrá ningún resultado. El problema de Cuba no es el hambre. Ahí el problema es “el obstine”, que se convierte en angustia, una locura y un estrés.

 

 

Puede ver la trascripción completa de esta entrevista en El Nuevo Herald