A dos años de la tragedia de Amuay, sobrevivientes recuerdan la pesadilla

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Altivas. Hacia el cielo. Así se levantan las llamas de los mechurrios de la refinería de Amuay, sobre el azul que cubre Punto Fijo, en Falcón. Flamas que iluminan los malos recuerdos que mañana cumplen dos años. Las pesadillas despiertas de la explosión que dejó 55 muertos y 165 heridos, en la madrugada del 25 de agosto de 2012, reseña Panorama.

La Pastora, el vecino sector de la refinería y por ello el más afectado, sigue su curso natural. Aife Ramos pide que no le hagan fotografías. Llora. “Todavía cuando miro el mechurrio me acuerdo de la explosión”, revela reprimiendo un sollozo.
Muestra los brazos, erizados. “Estaba sola en la casa, y lo primero fue el apagón, como a las 10:00 pm. Me quedé despierta, no sé por qué, y un amigo llegó a saludar. Vine al cuarto a buscar el teléfono y me empujó la ola de la explosión”, cuenta hoy en la misma casa de la que salió a oscuras.

No recuerda el rugido de la detonación de las esferas de butano que volatilizaron cuerpos y acabaron, incluso, con un comando completo de la Guardia Nacional (GNB). “Nosotras estábamos en Coro, y ella se quedó porque tenía que trabajar”, dice la madre de Aife, Carmen Ramos. “Cuando pude pasar a mi casa esto era un desastre”.

“Pdvsa nos respondió. Me trajeron las ventanas, me hicieron el techo del lavadero que voló la explosión. Hablaron, en algún tiempo, de comprarnos estas casas para hacer una zona de seguridad. Pero no han vuelto”, dice Carmen.

Vecina de ella es Juliana Puente. Para ella, la tragedia es inolvidable, porque estaba en cama operada de la pelvis. “Recuerdo mucho el olor a gas. Aquí siempre da algún olor, pero el viento se lo lleva. Ese día no. Era un olor fijo, como a repollo. Olía muy mal. Uno de mis nietos me dijo temprano que andaban midiendo unos técnicos con unos aparatos, pero al final no pudieron detener la tragedia”, dice.

Esa mala hora que sacó lágrimas al más fuerte. Leonardo Valles es un paraguanero típico: piel quemada por el sol, contextura fuerte, firmeza, franqueza. Lleva 37 años viviendo en la casa a la que la onda expansiva le voló el techo y medio porche.

“Aquí estamos, a la sombra de la refinería, como siempre. De aquí no nos movemos. Nos hablaron de reubicarnos, en unos apartamentos, pero ni mi mamá ni yo queremos. Uno está adaptado al patio, a las matas”, explica mostrando las grietas de su casa y el techo de asbesto nuevo que le instalaron para sustituir al que se volvió añicos.

Petra Valles es su madre. Tiene la cadencia cantarina del falconiano. “Será la voluntad de Dios si uno tiene que morirse. Ese día me salvé porque tengo la maña de dormir pegada de la pared y la lamina de asbesto cayó sobre la cama. Solo escuchaba los gritos de mi hijo (Luis, con síndrome de down) y le pedía a Leonardo que me ayudara a salir porque los escombros taparon la puerta.

“¿Dos años ya?, ¡cómo pasa el tiempo!” se sorprende Nolde López mientras barre su casa. Intenta no ver, en el horizonte que medio tapan los cujíes, la llama eterna, símbolo de nuestro principal recurso de exportación.