Oswaldo Páez Pumar: Huracán Ramírez

 

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Mi artículo “el médico asesino” olvidó señalar que con ese apodo se presentaba en los años cincuenta un luchador mexicano “sucio”, que enfrentaba muy ocasionalmente a otros luchadores también “sucios” y regularmente a luchadores “limpios”, uno de los cuales llevaba por nombre “Huracán Ramírez”. Por supuesto aquel luchador ni era médico, ni era asesino, quizá ni siquiera era luchador porque el espectáculo era una farsa total, para distraer a una audiencia ávida de ver como los luchadores “sucios” que empleaban toda clase de golpes prohibidos, eran derrotados por los “limpios” que hacían gala de cumplir con las reglas del combate.

Desde luego que Huracán también era parte de la farsa de la lucha libre, pero debía representar el papel de quien dentro de la ferocidad del combate se imponía a sí mismo cumplir con las sagradas normas de la lucha, aunque así arriesgara la vida o la pérdida de la visión, pues meter el dedo en el ojo era parte de la cotidianidad de los “sucios” en el combate.

Como si se tratara de una reedición de “huracán”, en los meses que precedieron al sacudón, Rafael Ramírez fue presentado como el “bueno” combatiente por la causa de una economía seguidora de las reglas del “combate”, después de haber practicado durante largos años la lucha “sucia” que predicó Giordani cuyo objetivo era mantener a  los pobres, pobres, dependientes del amo que reparte los mendrugos de pan y empobrecer a los que no lo eran tanto para aumentar los dependientes.

Ha resultado este Ramírez un verdadero huracán, no como el luchador mexicano, sino en sentido propio, generando desolación en un país arrasado donde resulta difícil encontrar lo indispensable. Pero él no está solo, como en la lucha libre que comento, mientras el “limpio” debía combatir al “sucio” con la limitación de tener que cumplir con las reglas y el otro las violaba sin pudor, el árbitro se hacía el desentendido, y a su lucha solitaria se agregaba que debía enfrentar a los otros “sucios” que subían al cuadrilátero para atacarlo por la espalda.  Esto es más o menos lo que percibimos cuando la denuncia del peligro de una epidemia es enfrentada con una amenaza de acudir a la fiscalía, como si ésta fuera, que en realidad lo es, otro luchador sucio dispuesto a taparle la boca a los médicos para impedirles respirar por ella, mientras el gobernador, huracán, diosdado o el usurpador  les tapan la nariz, aunque se mueran de mengua los venezolanos.