Ilustraciones eróticas sin tabúes del Japón de las geishas

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La Pinacothèque de Paris está empeñada en hacernos llegar este año las visiones de la sexualidad de los pueblos del Extremo Oriente. Primero fue la exposición Kâma-Sûtra: spiritualité et érotisme dans l’art indien (El Kama-Sutra: espiritualidad y erotismo en el arte indio), un acercamiento al libro sagrado del hinduismo que con frecuencia ha sido entendido en Occidente como una guía de atletismo sexual, publica 20minutos.es

Con la muestra todavía en cartel —hasta el 11 de enero—, el centro anuncia otra complementaria dedicada a los sugestivos y explícitos dibujos shunga japoneses. L’Art de l’amour au temps des Geishas : les chefs-d’œuvre interdits de l’art japonais (El arte del amor en el tiempo de las geishas: obras maestras prohibidas del arte japonés) es el largo título de la nueva exposición, una antología de 200 grabados sobre la representación del coito, el goce del sexo y el erotismo más deshinibido. La muestra, del 6 de noviembre al 15 de febrero, quiere ofrecer al público un “acercamiento singular a la vida y la cultura erótica en Japón” durante el período Edo (1603-1867), momento histórico en que floreció especialmente el shunga (literalmente imágenes de primavera en japonés, idioma donde la palabra primavera es un eufemismo para el acto sexual). La llegada del hedonismo La prosperidad económica favoreció a comienzos del siglo XVII el nacimiento de una clase media dominante en los grandes centros urbanos japoneses.

Aquellos comerciantes, artesanos, médicos, profesores o artistas participaban de una nueva concepción de la vida dominada por el hedonismo y contrapuesta a los estrictos dictados moralistas de Confucio. Así nació la escuela de arte popular ukiyo-e (pinturas del mundo flotante), especializada en el grabado sobre madera, en la que comenzaron a proliferar los shunga. Una reflexión estética y moral sobre el carácter transitorio de la vida Las ilustraciones sexuales, dicen los organizadores,  fueron el fruto de “una reflexión estética y moral sobre el carácter breve y transitorio de la vida”, una idealización de la belleza femenina y un desarrollo sin cortapisas del imaginario erótico. Los shunga eran producidos, en ocasiones por artistas de enorme prestigio, por encargo de clientes de la clase dirigente, pero también para un público popular y masivo. En Europa, clandestinos Esta cararterística popular es muy difrente al modo de producción y distribución clandestinos del mismo tipo de material en la Europa de la época o incluso de los siglos XIX y parte del XX, cuando las prohibiciones religiosas y la moral establecían una división absoluta entre arte y pornografía.

Entre la intelectualidad europea hubo grandes amantes del shunga como el escritor Émile Zola o el pintor Gustav Klimt, ambos japonistas confesos, pero se cuidaban de que sus colecciones fuesen semisecretas. Una sociedad refinada que aplaudía el placer y la satisfacción de los deseos Los grabados polícromos de mujeres hermosas (bijinga) y las escenas directamente sexuales que no hurtan detalles de los genitales, posturas u opciones —abundan, por ejemplo, los tríos— reflejan el cambio de Japón hacia una sociedad “refinada, lujosa y moderna” que aplaudía “el placer y la satisfacción de los deseos” y no rehuía la difusión de arte o literatura sobre el sexo, sin que ningún tabú mediase en las obras. Algunos autores de shunga, como Hishikawa Moronobu (muerto en 1694 ), Kitagawa Utamaro (muerto en 1806 ) y Katsushika Hokusai (1760-1849 ), eran venerados como grandes maestros.

Picasso tenía más de sesenta Entre finales del siglo XIX y principios del XX, el shunga fue casi borrado de la memoria popular y académica en Japón y se convirtió en un arte prohibido del que no convenía hablar. Irónicamente fue en este momento cuando los grabados fueron descubiertos con entusiasmo por artistas ajenos a Japón como Toulouse-Lautrec y Picasso, que tenía una colección privada de más de sesenta grabados.

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