William Anseume: Nada es más importante que la unidad

William Anseume

El enunciado del título lo tomo de las palabras emitidas por Américo Martín en el Tal Cual del pasado 14 de diciembre. Creo que todos los factores de la oposición venezolana deben hacer suyas esas palabras y no solo para repetirlas, cacarearlas, retransmitirlas, de los tantos modos que le compete hacer, sino para llevarlas de inmediato a la práctica, cueste lo que les cueste a cada uno de ellos en función de la libertad de todos los venezolanos y del restablecimiento del sistema democrático, con todo lo que ello implica, especialmente en lo atinente a: respeto irrestricto a la constitución, separación de poderes y libertades ciudadanas como la del pensamiento y su divulgación, así como la libertad más inmediata: la de todos, todos, los presos políticos.

¿Por qué nada es más importante que la unidad? Porque sin ella no lograremos el propósito mayor de salir de esto cuanto antes. Quienes no estén dispuestos a deponer actitudes parcelarias jugarán a la continuidad de lo malamente establecido. Así, Martín les da “la meta: democracia” y “el método: Primarias-consensos”. Esto si pensamos que habrá elecciones “limpias”, como eran las manos del otrora candidato presidencial que nunca llegó al poder. Diría, más bien, unidad ante toda eventualidad y sin mezquindades. Por ejemplo, unitariamente deberían de una vez estarse exigiendo las condiciones mínimas para que el venidero acto electoral cumpla sus propósitos de serlo, de una manera transparente, creíble, para todos. Se requiere con urgencia el evento de plantear las estrategias indispensables para evitar ningún tipo de manejo fraudulento en las elecciones, ni el asomo de algún ápice de desconfianza en ellas, para que el elector pueda acudir con la debida confianza y un mínimo respeto a expresar su opinión manifestada en los votos. Si esto no se plantea con seriedad y firmeza, pasando por la indispensable conformación de un ente electoral serio y digno, verdaderamente neutral y cónsono con la realidad política actual, de nada valdrán las fulanas elecciones. Entonces, unidad, de nuevo, para enfrentar las consecuencias de un sabotaje, desde el origen, del futuro acto electoral.

Como muy bien dice Américo: hay que hablar, para entablar acuerdos, hasta con el propio diablo si se hace indispensable, aun en épocas navideñas, en la búsqueda de la consecución del objetivo mayúsculo. Hagamos propicia la ocasión para encausar la rememoración, aunque luzca algo adelantada, a poco más de un mes, de la gesta del 58 del siglo pasado, a la que nos convoca el experimentado político: “Porque los partidos de la Junta Patriótica depusieron diferencias y odios en obsequio al gran objetivo democrático, el 23 de enero es una fecha patria”.

Y así ocurrió, limaron sus asperezas, limitaron sus aspiraciones, cedieron espacios y ocuparon los que debían ser ocupados; por un largo consenso se llegó al final de la dictadura. Por ejemplo, para los socialcristianos la salida no debía ser violenta en nada y se llevaban, o eran más o menos las mismas, por las palabras emitidas en la pastoral más afamada y punzante que se conozca en nuestro país, la de Monseñor Arias Blanco, cuando proponía entonces una “evolución sin violencia”. Como se puede leer con propiedad en el libro de Simón Alberto Consalvi: 1957 el año en que los venezolanos perdieron el miedo, Luis Herrera Campins, uno de los grandes líderes socialcristianos, planteaba evitar la salida cruenta: “La violencia conspirativa no es el mejor camino de auténtica rectificación. Perpetúa métodos de fuerza y replantea los problemas antes que resolverlos”. Pero Consalvi, también exiliado en esa época, no juega a la cautela y contradice a los religiosos y sus adláteres: “Las soluciones violentas nunca han permitido una normalización efectiva y rápida en el reordenamiento económico y jurídico de nuestros países; pero siempre fue preferible al sojuzgamiento perenne la solución violenta, porque ya se dijo que nadie debe andar de rodillas”.

Es evidente que los distintos partidos opositores tenían diatribas acerca de cómo enfrentar finalmente al dictador; es normal la disidencia entre demócratas, entre los partidarios del pensamiento libre. Pero en el máximo objetivo hay que ceder a pretensiones de disimilitud. Así ese ceder cueste algunos cargos o el máximo cargo, hay que llegar a acuerdos de gobernabilidad futura, una nueva transición, unas prontas elecciones si ocurriese finalmente el caso de una renuncia, por ejemplo.

En el Libro negro (1952) se plantea la solución que finalmente se impuso, por indoblegable, en la firmeza de los factores unitarios, la llamada “Acción coincidente”, hacia ello hay que ir con prontitud. Todos a una en todo, en procura de la democracia y de la libertad anheladas, sí, por todos.

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