William Anseume: ¡Libertad!

William Anseume

La libertad tiene su afamada estatua. Con ello es claro que se materializa, así sea como imagen o recreación artística. Pero no deja de ser una abstracción eso de ser libre. ¿Libre de qué? ¿Libre cómo? Se puede estar aprisionado físicamente y aunque ese estado implique momentáneamente una sujeción del cuerpo; la mente, en algunos casos, no puede sujetarse. Contener el pensamiento, en oportunidades, resulta, de veras, imposible. También ocurre lo contrario. Podemos andar con algún tipo de hasta lujosa tranquilidad por las calles y resultar prisioneros ambulantes, limitados en todo, controlados por entes reales – padres, mujer, pareja, vecinos, policías, leyes, religiones, controles de las pulsiones absolutamente frecuentes-, o creados por nuestra desenfrenada imaginación – prejuicios, rechazos imaginarios, misterios, otras creencias. Los señalamientos sociales y/o culturales se te imponen e impiden tu actuación, aunque no terminen regulando tu pensamiento y tú te impones, a ti mismo, ciertos frenos conductuales que te limitan, aunque no quieras.

El diccionario, pensamiento hecho representación gráfica, establece algunos patrones para determinar la libertad: obrar con actos responsables, no ser esclavo, no estar sujeto ni subordinado, privilegio, licencia, franqueza, desembarazo, abandono de la prisión, y por ahí…

Sin embargo, uno me llama poderosamente la atención: “Facultad que se disfruta en las naciones bien gobernadas de hacer y decir cuanto no se oponga a las leyes ni las buenas costumbres”. Obviamente no disfrutamos esa facultad hoy en Venezuela. No se puede hacer ni decir cuanto… Si usted hace política, por ejemplo, y se aproxima a horadar en algo el poder establecido, usted va preso, llámese Leopoldo López, Ledezma o los demás presos políticos, estudiantes incluidos. Si usted dice cosas molestosas al gobernante o sus secuaces se le limitan sus derechos, como cuando expulsaron a María Corina Machado de sus actividades parlamentarias. Y así, si usted sale a la calle lo roban, lo expropian; si quiere comer algo no lo consigue ni teniendo cómo comprarlo en alguna cola a la que parecemos predestinados los seres petróleo-andantes que somos y le limitan sus compras, si quiere viajar no puede como quiere ni cuando quiere, y si se atreve a manifestar su pensamiento en la calle, le caen balas, garfios, “colectivos”, le llega la muerte, la golpiza o la prisión; tal vez todo ello secuenciado o junto. De allí, podemos deducir que justamente no es esta una nación donde se disfrute esa facultad de ser libres, precisamente por no estar bien gobernada. Reina la ineptitud limitadora de cuanto signifique libertad. Lo demuestra la Guardia Nacional imponiendo criterios acerca del quehacer diario en la calle. Te la limita – la libertad – el terrorismo de estado que se imparte desde resoluciones pseudo-legales hasta en el lenguaje violento, expulsor de sangre, de quienes dirigen.

Sólo nos queda el desahogo de la esperanza, del cambio que necesariamente ha de venir forjado en la lucha diaria de un país oprimido que clama libertad por doquier y se la procurará como sea. Los líderes dirán como aquel Prometeo encadenado griego: “Con ignominia/Sujete el hierro,/Vendrá algún día/En que el monarca/De los felices/Saber pretenda/Lo que yo oculto”.
La libertad colectiva e individual, por ende, vendrá, desde luego. Será un privilegio disfrutarla, no olvidar esta ignominia que padecemos y procurar la preservación de ese bien como quien cuida una gema irrepetible, hipersensible al tacto de la absurda canallada de quienes se creen los dueños imperturbables de todo, de su posible libertad y de la nuestra. En palabras de Calderón: “Yo sueño que estoy aquí/ de estas prisiones cargado,/ y soñé que en otro estado/ más lisonjero me vi”.

¡Libertad!

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