William Anseume: Maduro desplazado

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Uso continuamente la autopista regional del centro (ARC). En medio de la abulia que bordea las colas reiteradas, observo los alrededores: paisajes, vendedores de chucherías, carros envejecidos, paralizados por la continua falta de repuestos donde abunda la gasolina barata, al parecer (sólo parecer, en este país repleto de incertidumbres y, por tanto, carente de certeza alguna) en buena parte comprada en algún lado misterioso.

El túnel Los Ocumitos ofrece una idea de la revolución instalada. En sus boquetes de entrada y salida dos figuras; a la izquierda, menos apreciable, la  de un Bolívar ido, fúnebre, apocado y medio tenebroso, enjuto. Abunda el color rojo y las marcas negras, en toda la representación gráfico-pictórica. El héroe caraqueño parece un moribundo enfermo y triste. A la derecha, al entrar o salir del túnel, la figuración de un Chávez fuerte, serio, enérgico, con cara de entre preocupado y ocupado pero vigoroso, justo lo contrario de Bolívar, de quien luce evidente heredero mejorado.

La figura de los próceres como apoyo hereditario y simbólico no es nueva en política. Existe un historial que podría remontarse a Guzmán Blanco. La representación señera es Bolívar, desde luego. Nadie copia a Piar ni recuerda bien como era la visión de ese hombre fusilado, en el librito de historia si es que acaso tenía su estampa. Tampoco a Boves. No se reproducen barajitas de perdedores, sólo en el fútbol y eso antes de acabarse algún mundial. Pero tampoco se encargan de reproducir, en la continuidad histórica-imaginaria, la idea simplemente de la grandeza de Sucre o de Miranda. Es Bolívar y su respaldo figurado.

Avanzan los tramos y se llega al “antiguo peaje” de Hoyo de la Puerta. Pues bien, allí les dio por colocar, seguramente a los militares, ya que es zona medio militar y hay allí un puesto de gente de charreteras de esa que “cuidan” la vía y esquilman incautos, dos especies de lápidas negras enormes donde se leen las palabrejas que hoy quisiera comentar para llegar al desplazamiento de Maduro que deseo hacer notar. Si usted va a entrar a Caracas, puede percatarse, en medio de la cola producida por el matraqueo revisa seriales del carro, de la presencia inerte de una de aquellas lápidas al recibirlo: “Bienvenido a la Gran Caracas/ Cuna del Libertador/ Hugo Chávez”. Así aparece en tres tramos seguidos de arriba abajo en la lapida negra. Se salva la bienvenida, una entrada hasta elegante, si lo vemos bien. Luego, no es esa la Gran Caracas, debido a que geográfica y políticamente esa definición abarca sitios hasta lejanos e incompatibles, como Guarenas y Los Teques y mi Paracotos querido. Si se refiere a “la Gran Caracas heroica y poderosa” de la gaita podría pasar, pero confunde. Después aparece el muy extraño parentesco entre Bolívar, El Libertador, y el nombre del célebre muerto reciente. Así, quien nos da la bienvenida es un cadáver. Bien fúnebre, grotesco y tenebroso recibimiento.

A lo que voy: De ida, en dirección hacia Maracay, en el mismo “antiguo peaje” que ya peaje no es, está la lápida cambiante. La que desplaza al actual presidente y me parece digna de estudio concienzudo. Allí se lee: “Bienvenidos a la ARC-Miranda/Hasta la victoria siempre/ Venceremos/Hugo Chávez”. Más allá del gusto de que le den a uno el rimbombante recibimiento a la autopista, de que sea el muerto quien lo acoja y el saber que esa ruta no sólo conduce a La Victoria sino a otros parajes también, se encuentra el hecho de que hace unos días la lápida ésta la firmaba el presidente vivo: Nicolás Maduro y eso cambió. ¿Porque ahora nos recibe un muerto y no un vivo? ¿Quién alienta la imagen del muerto desplazando la del presidente al “mando”? ¿Desean y necesitan más victorias, más poder expropiador sobre el derrotado venezolano? ¿Vencerán? Parece, no sé, un mensaje claro de que la imagen gubernamental se sustenta en Chávez, el conquista votos, y no en Maduro, el derruido. En fin, el militarismo parece avanzar a pasos agigantados.

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