Lo teórico y lo normativo Por @DavidGuenni de @VFutura

thumbnailDavidGuenniUna entre tantas consecuencias perversas de la masificación del debate político -fenómeno iniciado en el siglo XIX y multiplicado geométricamente en la actualidad- es la inaudita confusión que existe entre el discurso normativo y el discurso teórico. La gente confunde incesantemente los elementos del debate destinados a la confrontación de posturas éticas, con los elementos destinados a la comprensión formal de la realidad. Pero este fenómeno, que tiene su origen en la recepción del conocimiento filosófico y científico por parte del público general, fluye de vuelta a los grandes centros productores del saber a nivel planetario.

Este hecho cíclico se ve amplificado por obra de aquellos que, desde sus posiciones como expertos e intelectuales influyentes, hacen caso omiso de la necesidad de volver a separar lo que ha sido mezclado por la fuerza de la masificación, y utilizan dicha mezcolanza políticamente en el seno de la Academia, la Prensa, la Escuela, etc.

Pero, ¿por qué es perniciosa dicha confusión? Consideremos un par de casos.

Una de las causas de la desaparición de la Política en el transcurso de los últimos dos siglos, ha sido la pretensión de cientificidad por parte de ciertos grupos ideológicos. El abuso de las categorías y las explicaciones teóricas, en el mundo político, termina desvirtuando a la Política, porque la desnuda de su carácter contingente, retórico y subjetivo; pretendiendo que la lucha por el poder puede neutralizarse y anularse, mediante su conversión en un asunto atemporal, técnico y objetivo. El resultado de esto no es otro que la tiranía ideológica.

Tomemos el ejemplo de la explicación teórica de la historia como lucha de clases, que el marxismo convirtió en dogma: en pocas décadas esta tesis pasó de ser una herramienta analítica, dentro de las universidades europeas, a convertirse en un elemento central del programa político de los movimientos comunistas, y luego en una política de Estado de los comunistas en el poder (obligar a desencadenar una guerra entre «clases sociales» -que sólo existen en el papel-, para así comprobar un discurso teórico degradado al status de propaganda).

Ahora veamos la otra cara de esta confusión: las consecuencias que tiene la misma en el mundo del conocimiento formal. El abuso de la interpretación normativa en el seno de las actividades destinadas a generar y difundir los frutos del estudio sistemático de la realidad, conduce a una progresiva tergiversación de dicho estudio, hasta el punto de paralizar y hacer improcedente a todo tipo de esfuerzos para comprender y explicar dicha realidad. La eterna crisis de identidad en las Ciencias Sociales, y la intensidad de sus ciclos introspectivos, son prueba de lo antes comentado.

Tomemos el ejemplo de la metodología de los Tipos Ideales, de Max Weber, empleada en la comprensión de la historia y el sentido de la acción humanas: Weber nunca dijo que el tipo ideal «Burocracia» debería ser así en la realidad; es decir, él jamás propuso una receta prescriptiva para hacer que las burocracias funcionaran correctamente, ni nada por el estilo. Weber estaba proponiendo un esquema de análisis científico para comprender y clasificar la naturaleza de los modos de dominación en las sociedades humanas; ¡Weber estaba haciendo Ciencia, no Política! Es más, ¡Weber era -a nivel personal- un gran adversario de la excesiva racionalización de Occidente! No obstante lo obvio y lo claro de este argumento, hoy en día, cuando han pasado muchas décadas desde que se superó este debate epistemológico, sigo escuchando que en la Universidad se usa políticamente una (mal)interpretación normativa del fruto de la sociología weberiana, para atacar a ciertas posturas dentro del campo del saber académico.

Sin ánimos de siquiera pretender que la discusión y la profundidad del asunto acaban allí, vámonos a Venezuela, en donde el uso “científico” y “político” de esta mezcolanza discursiva es virtualmente orgiástico – tanto, que termina no siendo ni político ni científico. Aquí el ser y el deber ser se entrecruzan, en el discurso y habla comunes, de una forma tan incestuosa que produce terror.

Aquí, por ejemplo, hablan de “Democracia” (que no es más que un término teórico dentro del análisis politológico de los Sistemas de Gobierno) como si fuera la más acabada de las recetas mágicas para resolver todos los conflictos y diatribas que existen en la realidad humana. El resultado de esto no es sólo que se pierde de vista -completamente- el uso académico de la categoría, sino que también ella se vacía de todo poder normativo, porque su abuso dentro de ese mundo discursivo banaliza y prostituye a la palabra hasta hacerla inútil e inoperante para cualquier tipo de lenguaje. Lo mismo se ha hecho con los términos “Derecha” política, “Fascismo”, “Militarismo”, “Patria”, “Estado”, “Construcción de Mayorías”, defensa de los “Espacios”, “Participación” política, “Partido” político, “Política(o)”, “Violencia” política, “Capitalismo”, “Ideología”… y la lista sigue ad nauseam.

Las consecuencias de esto, ¿cuáles son? Que aquellos que detentan el poder hacen lo que les viene en gana con los objetos de la realidad inicialmente identificados mediante esas etiquetas. Peor aún, pues los que dominan ahora pueden, gracias a la confusión total de los planos discursivos, usar la defensa del “Estado” para destruir cualquier posibilidad de consolidar el Estado, o vender a los “partidos políticos” como la única forma de organización posible para así evitar que surjan verdaderos Partidos Políticos. Y, bueno… ni se imaginan cómo pudiésemos extendernos aquí con los ejemplos.

¿Está usted perdiendo su tiempo leyendo este artículo? Cuando piense que estas cuestiones no tienen ninguna importancia, recuerde a Heidegger, quien dice -palabras más, palabras menos- que el hombre cree poder zafarse de las ataduras del lenguaje, mas sólo en el lenguaje existe el hombre; pues «la palabra -el habla- es la casa del ser».