Escalofriantes confesiones de un exreo de “El Marite”: el débil sufre, el “pelao” muere

El marite

“No es fácil vivir en ese infierno. En el retén todo se cobra y todo se paga. Sobrevive el que tenga cobres, porque pagar ‘la letra’ y ‘el obligaíto’ es vital.”, expresa Pablo Alcácer —nombre ficticio—, quien cuenta cómo fue su terrible experiencia tras las rejas del retén El Marite.

Tiene 23 años y desde los 15 ya robaba a punta de pistola en los alrededores de los centros comerciales de Maracaibo, aunque no le eran ajenos otros delitos como el robar carros y pasarlos a Colombia.

Transcurrieron ocho años para que las autoridades pudieran atraparlo en flagrancia por primera vez.

“Ese 14 de agosto de 2014 lo recuerdo claramente. Eran como las 4:30 de la tarde. Iba en un Fiat Palio, azul, rumbo a Colombia. La misión: llevar el carro que ‘mi combo’ (panas) se había robado en Maracaibo, entregarlo en Maicao y volver con el pago por su venta. Pero ‘la vuelta’ se me complicó y en el peaje del río Limón me detuvieron unos guardias. Así caí en el ‘El ‘Marite’ y así empezó mi vida en esa caldera del diablo.

Me ubicaron en el pabellón C (en el retén existen además el área del ‘Bunker’, el pabellon A — allí están internos mujeres y funcionarios corruptos —y el pabellón B). A lo que supe, me entró un ‘fresquito’. Me calmé un poco, pues sabía que en esa área estaban unos ‘causas’ (amigos) del barrio donde vivo. Tener conocidos adentro es vital para el que cae.

– ¿Qué fue causa? No te preocupéis, que aquí nosotros te amparamos.

Así me recibieron ellos. Me ‘aportaron’ una toalla, un jabón, unas cotizas y hasta un cepillo de diente me dieron. Todos esos enseres llegan al sitio por medio de los familiares, quienes pagan para que dejen meter de todo.

– Después me lo pagáis, me dijo ‘Carlitos’ —nombre ficticio —. Lo conocía desde pequeño. Robábamos juntos.

Una de las primeras cosas que él me dijo fue: ‘Aquí nada es gratis. ‘La estadía’ —como ellos la llaman—, hay que pagarla los miércoles y domingos que son días de visitas familiares’. Esos pagos los llaman ‘la letra’ y ‘el obligaíto’ y entre los dos son 500 ‘bolos’.

Para cobrar esas cuotas el ‘pran’ asigna a un ‘piloto’ —mano derecha del pran—. Hay en cada una de las 18 o 19 celdas que conforman el pabellón. Ellos son los encargados de asegurarse que cada reo, de los cuatro cuartos que conforman cada celda, cancelen y el que se niegue al pago es maltratado y golpeado severamente.

‘Carlitos’ me recomendó que llamara a mi familia y les informara de todo. Me dio un teléfono —porque adentro hay más celulares que en la calle— y hablé con los ‘míos’ para explicarles todo.

Mis ‘causas’ me pusieron al tanto de muchas cosas a mi llegada. Me decían: ‘El que siga las reglas y no se ponga Popy no va a tener lío. Aquí manda ‘El carro’. Metételo en la cabeza’.

En un principio no entendí que era ‘el carro’ y mucho menos el porqué debía rendirles cuentas.

Luego supe que el famoso ‘carro’ lo conformaban el ‘pran’ (el jefe), el segundo y tercero al mando (que son una especie de lugartenientes). A estos se le suman un cuarto en rango denominado la ‘Luz alta’, quien es el jefe de los pistoleros que son los que completan el clan. En cada pabellón existe un grupo similar.

Esa explicación me bastó para estar claro de como era el ‘beta’ (situación) y para no meterme en aguas profundas.

Los días posteriores a mi llegada no fueron fáciles. Me fui adaptando de a poco. Me di cuenta de que el que se mantiene en solitario era víctima de bullying y lo trataban como un ‘chigüire’. Los ponen a limpiar los baños, los interiores y el resto de la ropa de los otros reos.

Muchas veces fui testigo de presos abusadores que maltrataban y golpeaban a los más débiles. Eso me frustraba.

Hasta de cómo hablar debes cuidarte en el retén. Algo que es imperdonable es pedir una arepa con huevo. El que se refiera a ese plato de esa manera lo tildan de ‘marica’ o ‘pato’. Por cosas como esas podías recibir una paliza y fuerte saboteos para que ‘seas serio’.

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