¿Por qué queremos ir al baño cuando escuchamos el agua correr?

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Para comprender esta aparente conexión, repasemos el concepto de condicionamiento clásico que nos legó el gran científico y premio Nobel Iván Pavlov. Para demostrarlo utilizó perros como unidades experimentales en su archifamoso experimento de reflejo condicionado. Si tú eres dueño de un perro, entonces tienes bastante claro que con el solo hecho de mostrarle un suculento bistec, se le hace agua la boca.

Lo que hizo Pavlov fue ofrecerle carne a los perros con una condición: antes de alimentarlos tocaba una campana. Luego de meses de repetición, el sonido de la campana bastaba para que los perros salivaran, es decir, fueron condicionados a asociar el sonar de la campana con una suculenta ración de carne.

Aunque no lo creas, las inaguantables ganas de ir al baño luego de escuchar el agua correr parece ser explicada bajo el mismo concepto de los perros de Pavlov. El sonido del agua no solo mimetiza el sonido de la orina, sino también el tirar la cadena o limpiarse las manos. Todos ellos producen el mismo efecto, además de estar estrechamente conectados con el acto de orinar, lo cual refuerza más la asociación.

Curiosamente, varios libros de enfermería y psicología aconsejan dejar correr el agua en casos particulares, como el entrenamiento en niños, en aquellos casos con vejiga tímida o los pacientes operados de próstata, los cuales podrían tener dificultades para comenzar a orinar.

Como si fuera poco, en un hospital de Nueva York, en la década de los 70, los doctores brindaban a los pacientes casetes que solo contenían sonidos de agua en movimiento. Se conoció como el «catéter sonoro» y fue un verdadero éxito.

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