Norberto José Olivar: Los clones de Pennywise

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I
Apenas recuerdo la tétrica figura de Pennywise, pero el miedo que me causó sigue nítido, vívido en mis adentros. El terror es una experiencia imborrable. Y este maligno personaje de Stephen King, interpretado por Tim Curry ?el mismo de Rocky horror picture show? le quitó el sueño a más de uno, aunque ha ido envejeciendo con el tiempo. Mi memoria lo asocia al VHS. En su lugar han debutado payasos puede que más siniestros, no así tan encantadores. El mal también necesita de cierta corrección y estilo. En Italia, por ejemplo, el canal DmPranks lanzó a la calle a un par de payasos con muy mala pinta, armados de sierra eléctrica y hacha en mano. El susto fue viral. Empero, el tema del payaso me saltó en cara por la confluencia (y coincidencia) de esta pesada broma romana con las noticias locales sobre el impasse bolivariano ante el comité de DDHH (ONU) y la trastornada confesión, de un ex ministro revolucionario (recordado por su risa macabra) y su irrenunciable adicción a las colas por comida, inflación y escasez. Léase: hambre y humillación.

II
Continúo: supongo que también es coincidencia que la semana pasada citara a El último festejo de Arlequín, de Thomas Ligotti, donde el personaje central es, precisamente, un payaso con la cara de El grito, del noruego Edvard Munch. Este payaso, que a la vez es antropólogo y profesor universitario, asiste a un raro festival de inverno, en un misterioso pueblo llamado Mirocaw, que consiste en reunir a una docena de bufones escogidos, en sorteo, entre ciudadanos apacibles que luego son vejados por el resto de sus vecinos en una especie de suplicio controlado y catártico. Pero el pueblo, en verdad, teme a los payasos. Los odian. La razón la descubre el personaje de Ligotti y es tremendamente patética: Mirocaw es un poblado secuestrado por una cofradía funesta de payasos asesinos y enloquecidos por un líder (Thoss) que fue capaz de potenciar la maldad y la oscuridad que muchos llevaban dentro: “eran elegidos ?escribe Ligotti? para interpretar un papel cómico que permitiera a los demás verlos como graciosos y entretenidos, y no como terribles recordatorio de las fuerzas del desorden del mundo”.

III
Los payasos son figuras ambiguas y contradictorias. Monstruosas, diría yo. Y nunca falta, por lo visto, uno que salte al ruedo y grite: ¡Aquí estoy otra vez!