Gonzalo Himiob Santomé: La mirada al abismo

thumbnailgonzalohimiob“Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti”.

Friedrich Nietzsche

 

Las señoras conversaban de modo casual. Si se las veía sin prestar mucha atención a la tertulia improvisada, la escena hubiera resultado completamente inocua y hasta agradable. Todas eran mujeres mayores, coronadas con canas que ya no tenía sentido disimular, pero como buenas venezolanas, llevaban sus años con elegancia, gracia y dignidad. Eran bellas y educadas, y por lo que se intuía de sus atuendos y maneras, eran parte de lo poco que queda de esa clase media que nació, creció y se formó en esa otra Venezuela que, aunque tenía también su lado oscuro, comparada con la de hoy nos parece un verdadero paraíso. Amenizaban su charla con algunos canapés y con café. De hecho, aunque no suelo ser entrometido, lo que llamó mi atención fue la expresión de sorpresa de una de ellas, algo así como un salto de alivio agradecido, cuando apareció la humeante jarra escoltada por un juego de tazas blancas dispuesto en la bandeja con muy buen gusto.

“¡Qué bueno! –dijo en voz alta la dama, tomando con disimulada ansiedad la jarra para servirse una generosa taza- ¡En casa tenemos más de dos semanas que no conseguimos café!”.

 

Al comentario le siguió la respuesta de todas las demás, indiscernible y cacofónica pero unívoca en tono e intención. Como si la frase previa hubiese roto un dique a rebosar, todas a la vez dejaron correr, airadas, su descontento por la escasez. Al vuelo, entendí que ésta le faltaba azúcar, a aquella harina de maíz, a la otra jabón, y así. Tema común en estos días, pensé.

Como siempre ando a la caza de temas para escribir, me acerqué un poco para ver qué más podía escuchar de esa conversación, qué otros puntos de vista hallaría en esa peña en la que no participaba ningún hombre ni alguien que fuera de mi generación. Me sentía como un espía, como un acosador clandestino, pero era una buena forma de pasar el rato en aquella reunión a la que había llegado por carambola y en la que hasta ese momento me había aburrido un poco. No fui un derroche de buena educación, lo confieso. Si me hubiese visto en esas mi mamá, que me enseñó a no andar husmeando en asuntos ajenos, probablemente me hubiese soltado un amoroso pero certero chancletazo pedagógico que me pondría en cintura de inmediato; pero ella ya no está, así que aún con algo de vergüenza me sentí amparado por una relativa impunidad. Seguí entonces tomando nota mental del curso de la conversación.

“Es que nunca hemos estado así –añadió otra, ya al alcance de mis oídos intrusos- jamás en mi vida había tenido que hacer cola para comprar nada, y ya no respetan ni la edad de una”.

“Pero eso no es lo peor –terció la que estaba sentada más cerca de mí, dándome la espalda- a mi nieto lo secuestraron la semana pasada, le quitaron el carro y le sacaron un realero luego de dejarle la cara hecha un Cristo. Ahora mi hijo lo quiere sacar del país”.

Todas entonces empezaron a contar un rosario de historias similares. Me impresionó la inmediatez, la cercanía, de las experiencias que relataban. No eran cuentos de segunda mano ni de oídas, el hampa les había lanzado, a todas, directos hachazos. Al nieto secuestrado le siguió el hijo de otra, la hermana de ésta, el esposo de aquella. Todos víctimas inmediatas de la delincuencia, todos unidos en la misma tragedia.

Una de ellas guardaba silencio. Algo en su negra vestimenta debió haberme alertado, pero afanado como estaba en que no me descubrieran escuchándolas no le preste atención hasta que habló.

“A mi nieto Joaquín lo mataron porque tardó un poco en sacar su celular cuando los malandros se lo pidieron –dijo en un breve instante en el que todas callaron- estaba por graduarse de médico, como su abuelo. Me lo mataron”.

El silencio se impuso. La señora no hablaba desde la ira ni desde la tristeza. Su tono era neutro, atónico, impersonal, pero tan contundente que por un momento el salón entero quedó mudo. No era posible, pero fue como si todos los que allí estaban la hubiesen escuchado y se hubieran puesto de acuerdo para honrar su dolor. Por unos segundos no se oyó ni una palabra más, de nadie… El tiempo se detuvo hasta que la señora volvió a hablar. Lo que dijo a continuación, en el mismo tono seco y desapasionado que había utilizado antes, me heló la sangre.

“En este país no hay justicia, –continuó, mirando a nadie en particular- la policía no sabe quién lo mató y la investigación está parada. Mi nuera y mi hijo están devastados. Si por mi fuera, tomaría el revólver de mi difunto esposo y yo misma mataría a los que lo asesinaron”.

“Es que los choros no son gente –añadió inmediatamente la que había hablado primero, la que captó mi atención al inicio- son menos que animales. La culpa es del gobierno, que está lleno de malandros también. Hay que matarlos a todos”.

“Con Pérez Jiménez estas cosas no pasaban, –siguió la que parecía más entrada en años- podías salir de tu casa a la hora que quisieras y no había problema. A los ladrones se los trababa como ladrones, y jamás hubieran puesto de rodillas al poder. Podrán criticarle lo que quieran, pero si no te metías en política vivías tranquilo. Ahora es peor, porque te metas o no te metas en política estás a merced de los criminales, de los comunes y de los del poder. Yo les aplicaría, a todos, la pena de muerte”.

Aún obviando el pase “por debajo de la mesa” de los demostrados abusos y crímenes de la dictadura de Pérez Jiménez, revelador por sí mismo, era evidente que cuando se trataba de los criminales, todas pensaban igual. Estuve tentado a intervenir, no solo para recordarles que ninguna dictadura es buena, que si eres demócrata y humanista de verdad reconoces hasta en el más terrible criminal a un semejante que también tiene derechos, sino también para probarles con datos y cifras en mano, que manejo porque son mi especialidad, que contra la muerte y contra el crimen no se lucha con más muerte y con más crimen. Quise preguntarles si habían pensado en el riesgo que implica poner en manos de jueces penales como los que tenemos ahora el poder de decidir sobre la vida y la muerte, pero me abstuve.

Era evidente que tras 16 años de padecer en carne propia los errores y la ineficiencia del poder en materia de seguridad, en materia económica y en materia política; tras vivir más de tres lustros contemplando abusos, abismos y oscuridades, ellas habían terminado aceptando, como los mismos criminales que criticaban, como el mismo poder desaforado, a la muerte y a la violencia como arma y respuesta.

¿Cuántos venezolanos más piensan igual? ¿Cuántos han terminado pareciéndose tanto a los que tanto nos han dañado? ¿Cuántos ven también la vida acá como una lucha en la que todo, absolutamente todo, vale? ¿Nos hemos, o nos han, deshumanizado tanto? ¿Vamos a permitirlo? Al final del día, ver en el espejo no nuestro rostro, sino el del abismo que tanto nos aterra y nos duele, sería nuestra derrota mayor.

 

@HimiobSantome