La historia de una mujer pobre en el Apure de hoy

APURE 1

Un día largo, como el de cualquier ama de casa en la Venezuela de hoy. Es una historia real ocurrida en San Fernando. El pasado martes no hubo descanso. Desde la mañana Ana, (nombre ficticio), se levantó y después del desayuno lidió con el calvario que significa encontrar transporte público y taxi en sectores populares.
Luego de casi una hora logró encontrar un por puesto para llegar a Mercatradona Plus, donde en medio del sol decenas de personas hacían cola esperando para comprar ace.

Por Miguel Cardoza
@MiguelCardoza

No llegó a tiempo, pero como tampoco tenía harina y la venderían a precio regulado (cuando surtieran) decidió seguir en cola. El camión llegó, con varios productos, pero… a las 3 de la tarde. Un respiro sintió la mujer, sin imaginar que la alegría duraría poco. A las 4:00 pm les indicaron a los consumidores que debido a la hora de llegada de la unidad con los artículos, la venta se daría al día siguiente para que hubiese chance de ordenar la mercancía, etc.

Rápidamente se fue a buscar los múltiples rubros que le hacían falta a un local de chinos en la avenida Caracas. Tampoco pudo comprar nada. Que impotencia sintió, -cuenta- la mujer a la que los años y estragos de la crisis generalizada que vive el país comienzan a afectarla cada día más. Pero no hay otra opción.
Las dolencias y el desgaste físico son “ignorados” -sin alternativa distinta a la cual recurrir- por la ausencia de alimentos básicos en la cocina, situación que obliga a todos a enfrentar el calvario cotidiano provocado por el mal manejo económico que se ha prolongado por más de década y media.

Continuo el relato

Al recibir la ingrata noticia después de 10 horas en cola, se fue a casa. El lamento era repetido. Una especie de “qué hicimos para merecer esto”. Aparecía el nuevo desafío, llegar a su vivienda en una hora pico. Después de casi una hora, al menos pudo tomar un taxi. Recordando que ya llegada la oscuridad a algunas zonas nadie quiere ir.
Al llegar, con lo poco que quedaba preparó la cena.

A las 11 de la noche salió con un vecino y su hija (menor) al Pdval de Santa Inés. Estuvo en cola un rato. Apartó puesto y dejó su cédula para anotarse en la lista de ingreso. Le permitieron ubicarla en la cola de la tercera edad. Gracias a Dios el habitante de su comunidad le guardó el lugar en la fila, a la que regresó a las 4:00 de la madrugada. “Solo dormimos menos de 4 horas”, se quejaba su hija adolescente, quien mostraba un cabello maltratado y la piel quemada del sol por la diaria y prolongada exposición para poder comprar comida.
Cinco horas después de estar en cola, a las 10:00 am del miércoles pudo ingresar al establecimiento. “Sentí un alivio, al menos había aire acondicionado y estaba cerca de salir”, logra expresar a medio sonreír nostálgicamente.
30 horas después de iniciado el desafortunado pero obligado maratón, terminó.

Qué tristeza. Y lo peor es que son centenas de miles de historias diarias como esta en toda Venezuela.
¿A donde llegaremos con la continuidad de este modelo perverso y fracasado? Que Dios nos ampare.