Víctor Simone de la Cruz: La deuda eterna II

ThumbnailVictorSimoneDeLaCruzQuien le va a secar el llanto

si pasó la comisión

y le dejó el corazón

como capilla sin santo

 

El verso corresponde a la poesía Palabreo de la recluta, compuesta por Andrés Eloy Blanco, donde plasma el dolor como solo él supo hacerlo, cuando escribió sobre el sufrimiento del pueblo venezolano.  El poema trata sobre el abuso de los militares de montonera quienes nutrían sus tropas reclutando a cuanto hombre se tropezaban en sus correrías por las sabanas. Pero no sólo arrastraban al cuartel a los jóvenes conscriptos, también le imponían su voluntad a toda la sociedad civil, como lo han hecho durante 144 años de gobiernos militares que hemos sufrido desde el año de 1830, cuando nos separamos de la Gran Colombia para integramos en esta Venezuela que tanto amamos.

Una vez lograda la independencia, los jefes militares triunfadores constituirían la nueva oligarquía, y con el pretexto de que se les debían resarcir  los servicios prestados, le pasaron  factura a la naciente República y así  se adueñaron de la mayoría de las tierras y medios productivos, mientras la soldadesca, la carne de cañón, para quienes las condiciones sociales no habían cambiado,  abandonarían las armas y regresarían a su condición de “pata en el suelo” de donde habían salido.

La historia que se nos enseña, sobre todo la de la gesta independentista, está llena de episodios militares, a la vez que se minimiza la participación de los civiles.   Hay quienes culpan a  Eduardo Blanco, quien no fue historiador pero si escritor, de ser uno de los principales responsables de que nuestra cultura sea tan proclive a admirar lo militar. Su libro, Venezuela heroica, eleva las batallas libradas por aquellos extraordinarios hombres que nos dieron la libertad al nivel de hazañas épicas.  Esa podría ser una de las razones para que en pleno siglo XXI sigamos acunando una gran  fascinación por el caudillismo.

Desde 1830 hasta 1945 —salvo por unos brevísimos meses cuando gobernó el Dr. José María Vargas— los militares, invocando su condición de ser albaceas del Ejército Libertador, se enseñorearon en el poder.  Y los que ambicionaban el mismo, inventaron revoluciones para reclutar civiles y guerrear contra los que se lo habían apropiado.  Era un quítate tu para ponerme yo.  Los triunfadores redactaban Constituciones a su medida para perpetuarse en la jefatura del estado.  Cuando celebraban elecciones, lo hacían con todas las ventajas a su favor.  Venezuela se convirtió en su botín y le entraron a saco al tesoro nacional.  Y mientras  ellos y sus sigüices vivían en la opulencia no les importaba que  el pueblo se muriese de hambre y de mengua.

Las muertes ocasionadas por las guerras que ellos iniciaron sumaron cientos de miles. Prohibieron la libertad de prensa. Sometieron a los ciudadanos mediante el terror mientras los mantenían sumidos en la ignorancia a la par que les negaban cualquier derecho.  Y aquellos que los reclamaban terminarían exiliados o presos en una mazmorra. Manejaban al país con un puño de hierro, no le rendían cuenta a nadie y jamás divulgaban lo que hacían con el dinero de los venezolanos. y cuando lo hacían era con cifras amañadas.

El 18 de octubre de 1945 ocurrió lo que podría considerarse como el divorcio de Venezuela con el  pasado cuando un grupo de jóvenes, integrado por civiles y militares, se rebelaron contra el viejo orden y depusieron al gobierno constituido.  Durante los próximos treinta y siete meses acaecerían grandes acontecimientos.  Entre los más destacados están: por primera vez un civil, Don Rómulo Betancourt, presidía una junta de gobierno integrada por 5 civiles y dos militares.  Se sancionó una nueva Constitución que ampliaba el poder del ciudadano y, quizás la más importante, cuando por primera vez se eligió un presidente civil, Don Rómulo Gallegos,  mediante el voto universal, directo y secreto de casi el 73,4% de los electores. Pero poco duró la incipiente democracia.  En noviembre de 1948, mediante otro golpe de estado, los militares volverían a asaltar el poder, instaurando otra dictadura que terminó con el derrocamiento del General Marcos Pérez Jiménez en 23 de enero de 1958, fecha en que nace el período más esplendoroso de nuestra historia.

Durante los 40 años de gobiernos democráticos, las Fuerzas Armadas se modernizaron y  se graduaban de la Escuela Militar hombres con una formación que nunca corrió rezagada con respecto a la población civil.  Y fue en los primeros años  de nuestra naciente democracia, que tanto se criticó y que hoy echamos de menos, cuando los hombre de uniforme, que juraron defender a la patria, lo hicieron apegados a ese juramento, al derrotar a la insurgencia comunista apoyada por combatientes y fondos aportados por el gobierno cubano.  Se ascendía de grado por méritos y cuando hubo de pararse firmes ante las pretensiones colombianas de apropiarse del Golfo de Venezuela, unidos como un solo hombre, respaldaron al presidente de turno, dispuestos a dar su vida por la patria.

Esta estafa, que llaman revolución, en algún momento llegará a su fin, y cuando ello ocurra, toda la institución será considerada corresponsable de lo que está sucediendo.   La percepción que la ciudadanía tendrá hacia los militares no será la más edificante.  Todos sabemos que la grave situación económica que vive la República es producto del mayor robo efectuado contra país alguno, sumado a la degradación moral en que han sumido a nuestro pueblo.  Todavía tienen tiempo para reivindicarse y ello lo podrían lograr cumpliendo con su compromiso con la patria, defendiendo la pulcritud de los comicios del 6D cómo lo establecen nuestras leyes.  Al hacer respetar la voluntad popular nos podrían ahorrar que el país de un salto al vacío, con la posibilidad que se  abran las puertas del infierno con consecuencias inimaginables, entre ellas que se desate una guerra civil.