Norberto José Olivar: Nunca fuimos lo que éramos

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El Horla es un libro raro en cualquiera de sus versiones. Esta que tengo, va de diario, así que es doblemente rara. Maupassant anota allí sucesos extrañísimos que lo perturban. La entrada del 19 de agosto colmó mi tranquilidad: habla de una insólita noticia aparecida en la Revue du Monde Scientifique sobre una epidemia de locura en Río de Janeiro. La locura es contagiosa. Maupassant piensa en los contagios de demencia que azotaron Europa en el medioevo. Pero esta de Brasil es demasiado chiflada: abandonan sus casas, se van de sus pueblos, dejan sus cultivos, se dicen perseguidos, torturados, no se alimentan, hacen largas colas sin saber a lo que esperan, temen de hombres-vampiros que se alimentan de sus sueños.

II

Escribo bajo el monótono soplo del ventilador. El sonido sostenido de las aspas me ayuda a pensar. A sentir. Leo a saltos a Siri Hustvedt, Vivir, pensar y mirar. Y dice, irritada, que quien lleva un diario, o su autobiografía, ha establecido un «contrato» con la verdad. Al leer esto, confieso, decidí dejar de leerla, pero no pude y continué: «Los recuerdos se revisan con el tiempo», afirma para subrayar su criterio, pero yo sé que el recuerdo no es más que una forma de melancolía. Y confiarse a él es, también, una forma de locura. O de engaño.

III

¿Cómo fiarse de estos registros de Maupassant? Él mismo nos lo sugiere cuando presenta tres versiones «distintas» de estas anotaciones.

IV

Leo y escribo agobiado por el calor. Hace mucho que el tiempo se detuvo. Vivimos en espera de cierta reactivación. De cierto impulso. Lo buscamos en cada lectura. Esa locura que señala Maupassant me está carcomiendo. Ese texto afecta mi propia historia aunque estemos ubicados en distintos momentos. Intento entrar a su dominio, ir más allá de lo aparente, trascenderlo, construir mi propio significado. La metafísica del límite (Beuchot). En medio del vapor intento superar la razón ordinaria. Y sigo esperando.

V

Recuerdo lo que no fuimos, pero esa melancolía nos está transformando. El pasado que no fue es una forma de prescripción. Ese es el peligro de la melancolía: puede empujarnos con su violencia silenciosa y oscura. La ficción que fuimos es, al menos, una manera meritoria de comenzar a definirnos. Una rareza, ciertamente, que mi amigo Luis Yslas precisó hace poco: «Nunca fuimos lo que éramos: empecemos por ahí».