Miguel Sogbi: El sepulturero de la revolución

thumbnailmiguelsogbiAsí se refería Liev Davidovich Bronstein, también conocido como Trotski, cuando le tocaba hablar de su ex camarada Stalin. Este detalle no lo hubiese conocido si aquella tarde frente a la playa, José Salvador Pulido, no me hubiese recomendado de manera vehemente la lectura de El hombre que amaba a los perros de Leonardo Padura (Tusquets Editores).

Serán pocos los que tengan la autoridad académica para criticar a Padura después semejante obra. Solo puedo decir que es una de esos grandes libros que te ocurren. A diferencia de otras obras inolvidables que he podido leer como Baudolino de Umberto Eco, La Catedral del Mar de Ildefonso Falcones o A Sangre Fría de Truman Capote, cuando eres un venezolano del siglo XXI, El hombre que amaba a los perros, tiene otra cosa.

Padura no escribió pensando en Venezuela, pero si con la idea de recordar como el comunismo, la gran utopía del siglo XX, en nombre de la igualdad y la justicia; de la lucha por el proletariado del mundo; y de la lucha de clases, se pervirtió y terminó otorgándole al camarada Stalin el título de segundo gran genocida del planeta, superado únicamente por Mao Zedong, dejando atrás en este penoso ranking incluso a Adolf Hitler, el más publicitado de todos.

La novela es un paseo por la mas paralizante de las emociones que invaden al ser humano. Es un texto sobre el miedo. Sobre como el poder por el poder se encarga de sembrarlo, como de hecho lo instauraron en los ciudadanos de la Unión Soviética, la República Democrática Alemana, Cuba y más recientemente Venezuela.

Por temor a ser derrocado, Stalin obligaba a sus acólitos a confesar conspiraciones inexistentes para luego ordenar su fusilamiento. Las víctimas sabían lo que les esperaba, pero tal era el abatimiento psicológico que se rendían de manera anti natura con tal de irse de esta vida con la ilusión de que sus familiares serían perdonados.

En el gobierno de Nicolás Maduro también existe el miedo y el mandatario es frecuentemente invadido por paranoias de traición, invasiones y derrocamientos. Estos temores en parte reales y en parte psicológicos le sirven de excusa, al igual que al camarada Stalin, para perseguir y torturar buscando confesiones como lo hicieron por ejemplo con Marco Coello, buscando que acusara a Leopoldo López, afortunadamente sin el éxito que obtenía el fallecido líder soviético.

Ramo Verde y los sótanos del SEBIN son la Siberia tropical de Nicolás. En estas celdas y en otras, se deterioran hasta la enfermedad los enemigos de la revolución.

Otro aspecto que los une a todos, Stalin, Nicolás, Hugo, Fidel, fue la destrucción de los aparatos productivos de sus respectivas naciones, para posteriormente devenir en hambruna, escasez, mercados negros y filas para adquirir lo básico.

La novela trata sobre la vida de la víctima, Trotski;  su victimario Ramón Mercader; y de como la muerte los une para siempre en el implacable camino de la historia. A medida que avanza el texto, la imagen del malvado agente secreto de la NKVD, entrenado durante años como un disciplinado soldado y que dedicó tres años de su vida a la misión histórica que Stalin le encomendó, se desdibuja al punto de generar compasión en el lector.

Y es que Mercader a pesar de haber cometido un magnicidio, fue otra víctima del comunismo. Su energía de joven luchador por la causa de los pobres y los desprotegidos durante la guerra civil española, fue utilizada para moldear su cerebro hasta el punto de convertirlo en una máquina cínica y asesina. Después de haber sido capturado por las autoridades mexicanas, pagó la pena máxima de 20 años existente para el momento, sin jamás confesar que era un agente de la NKVD, de hacerlo, la mano de Stalin le habría tocado en forma de chuzo en el medio de alguna reyerta carcelera. De nuevo el miedo. Ya en la Unión Soviética, con nuevo nombre y condecorado en secreto como héroe de la revolución, vivió entre las sombras y solo la medalla le salvó de hacer las largas colas que más de medio siglo después se hacen en Venezuela.

Quienes creyeron en la Santísima Trinidad de la revolución bolivariana, Chávez como el padre, Nicolás como el hijo y Bolívar como el espíritu santo, tienen mucho de Ramón Mercader. No por su carácter de asesino, sino de víctima. Ya casi todas arrepentidas, se han dado cuenta como al igual que en los otros sistemas comunistas que existieron en el mundo, el individuo fue hecho a un lado bajo lo excusa de lo colectivo, pero siempre en pos del poder. El hombre que amaba a los perros es recomendado a todos, pero su prescripción es impostergable para cualquier comunista en proceso de conversión.

Afortunadamente para Venezuela, la revolución bolivariana tiene su sepulturero, uno que cava con todas su fuerzas. Mientras, quienes acá vivimos nos estamos llenando de tierra, por decir lo menos.

@miguelsogbi