La cara oculta de las cifras rojas

La cara oculta de las cifras rojas

(Foto archivo Reuters)
(Foto archivo Reuters)

 

Parece obvio que como nación, la violencia nos representa. De acuerdo al Observatorio Venezolano de Violencia (OVV) el 2014 cerró con una tasa promedio de 82 homicidios por cada 100.000 habitantes, un número que se traduce en unas 23.000 personas asesinadas al año, publica El Tiempo.

A la luz de los datos duros, no cabe duda de que se trata de una conducta alarmante que, además, ha aumentado sustancialmente durante los últimos 30 años.





En 1985 la tasa de homicidios en Venezuela era de 9 por cada 100.000 habitantes, tan sólo 10 años después llegaba a 21 y en 2010 la cifra promedio de asesinatos rozaba los 57 por cada 100.000 habitantes.

Un ensayo publicado en el portal de la institución y escrito por el doctor en sociología Roberto Briceño León detalla que décadas atrás se consideraba al país como uno de las menos violentos de América Latina.

Sin embargo, hoy en día ostenta la segunda cifra de homicidios más alta del planeta (detrás de Honduras), según datos aportados por la Organización Mundial de la Salud (OMS), ente que estima una cifra de asesinatos más conservadora (58) que la concluida por el Observatorio Venezolano de la Violencia debido a que no se toman en consideración las muertes por resistencia a la autoridad y las que están en averiguación.

Agresividad disfrazada

Las cifras son reveladoras de una tendencia que se extiende en la sociedad criolla con manifestaciones que no siempre llegan al homicidio, pero que se afianza en actos cotidianos y aparentemente inofensivos.

La médico psicoanalista María Elena de Giannonne coloca la alerta sobre la apatía. “Yo creo que la violencia no solo tiene una cara activa, que es la del grito, la pelea, el maltrato y el abuso; si no la otra faceta que es la inercia, la anestesia social, el letargo del suicida y la situación del masoquista.

Hoy en día en todos los estratos de la sociedad hay muestras de estas conductas que esconden en la pasividad una violencia que es cómplice de las acciones del malvado.  La cara obvia es la del golpe pero la dejadez compone una actitud que vulnera tus principios y el valor que te das como persona, dentro y fuera de un colectivo”.

El “no me importa” o “me da igual”, es a veces una respuesta ante una circunstancia que sobrepasa al individuo o que produce temor, pero es también, de acuerdo a la especialista, una elección que trasciende lo individual.

“Comienza con aquello que no me siento capaz de resolver y sigue con mis propios objetivos, dejando de lado nuestra potencialidad de vida. Al final se apartan los sueños y los afectos. La anestesia social es muy peligrosa”.

Para De Giannonne en la apatía se asientan resentimientos que afectan a otros y a nosotros mismos.

“En la pasividad y el letargo casi siempre hay resentimientos añejos que llevan a considerar que si uno se mantiene estático, fracasado y destruido está secretamente agrediendo al objeto primario, ese hacia el que siento desagrado. Se cree inconscientemente que al no hacer nada va a pasar algo bueno y que se tiene el poder de la situación creando un contexto en el que mi apatía obliga a otro a actuar. Bajo esa fantasía es otro el que resuelve mis problemas”.

La presidenta de la Asociación Venezolana de Psicoterapia capítulo Anzoátegui explica, sin embargo, que desde el punto de vista sociológico las características de estas conductas pueden variar y adaptarse a las circunstancias país, pero que desde el punto de vista conceptual de cada una de ellas, sus manifestaciones evidencian más o menos lo mismo y conducen a una violencia pasiva y cómplice.

Rozando la indolencia

Es la destrucción del respeto propio y del valor por la vida y las personas lo que más preocupa a la psicóloga Migdaly Rojas.

“La pasividad es una manifestación de un comportamiento agresivo al igual que extremo. Lo pasivo y lo agresivo son dos extremos de una misma línea. En el medio está la asertividad. El comportamiento asertivo se asocia a una persona emocionalmente sana, empoderada de sus derechos y de sus deberes y entonces, al empoderarse de ellos, se afirman comportamientos de tipo ético adecuados para la convivencia, respetando al otro en el proceso”.

En opinión de Rojas los venezolanos, en general, se encuentran en un estado anímico casi “autista”.

“Una gran mayoría de los ciudadanos, en mayor o menor medida, ha aprendido a callar ante situaciones abusivas al ver que ello les daba buenos resultados en el pasado, a sabiendas de que lo contrario podría traerles problemas. Con eso la gente se ha quedado muy sola porque hay pocas reacciones solidarias…”

Pero, además, apunta Rojas, hasta cierto punto es un mecanismo en el que el ser humano busca bloquear aquellas cosas que lo debilitan, que no sabe manejar y no sabe porque no tiene herramientas. Entonces hay una tendencia a paralizarse.

Eso se cultiva

De acuerdo a la experiencia de la presidenta de Avepsi cultivar el respeto propio y por el prójimo es primordial a la hora de barrer con esa tendencia indolente. “Necesitamos recuperar la dignidad y apropiarnos de nuevo de nuestros espacios vitales para reactivar la productividad”.

Rojas refuerza esta idea exhortando a ponerse en marcha. “La única manera de salir de estos vaivenes emocionales y del letargo es poniéndose en actividad en pro de un objetivo concreto”.

Definiendo y jerarquizando aquello con lo que nos comprometemos para establecer metas. Sin compromiso no se pueden movilizar cambios conductuales que permitan recuperar un estado emocional sano con fines personales y colectivos, todo ello conducido por la productividad, señaló.

Se suman campañas que fomentan valores

En la región no son pocas las iniciativas orientadas a promover la educación en valores a fin de combatir la violencia y la intolerancia.

Justamente De Giannonne es una de las personas que participa de estas iniciativas en algunos sectores populares de la zona norte del estado Anzoátegui donde se ofrecen charlas para empoderar a los ciudadanos, orientar, fortalecer el compromiso y motivar acciones constructivas.
La Fundación ConValores se mantiene en este objetivo, impartiendo en escuelas, sectores populares y entornos empresariales talleres de convivencia moral y ética.

Sandra Briceño, presidenta de la organización, afirma que para nadie es un secreto la relación que existe entre la pérdida de valores y el incremento de la violencia.

“Nos hemos levantado en la intolerancia. Nos mantenemos en una actitud de agresión constante en las colas, en el tráfico. Ante casi cualquier estímulo reaccionamos aireadamente y eso depende no sólo de la situación a la que nos enfrentamos si no de qué tanto estamos preparados estamos para afrontarla. Pero siempre hay gente interesada, que recibe bien el mensaje, que agradece el lenguaje positivo”.

Briceño cree en el cambio que surge gracias de un buena educación a las nuevas generaciones a través de las cuales pretenden llegar a los hogares.