De vacunas y antivaxxers

Ilustración de Ana Yael
Ilustración de Ana Yael

 

Los recientes debates acerca de las vacunas (su uso y su abuso, su carácter obligatorio o prescindible, su verdadera eficacia) han confundido a la opinión pública e incluso provocado graves problemas de salud pública. Moisés Wassermann, una de las voces más autorizadas del país, analizó el asunto con rigor científico y precisión conceptual, pero además con buena prosa: su artículo no sólo es una defensa de una posición de sensatez ante los embates de las distorsiones, las supersticiones y las falsas creencias, sino también del difícil arte de opinar con claridad, exactitud verbal y respeto por el lector. Con este artículo, WAssermann obtuvo el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolivar (Colombia) 2015 en la categoría Opinión y Análisis

Moisés Wassermann | El Mal Pensante 

Mucha polémica han generado las vacunas en los años recientes.  A pesar de una larga historia de investigación científica y de resultados positivos, la paranoia, el escepticismo y la desconfianza tiñen las discusiones públicas sobre el tema. ¿Cómo funcionan las vacunas?, ¿sirven realmente?, ¿hacen parte de una larga lista de conspiraciones?

Las vacunas son posiblemente el instrumento más poderoso con que cuenta la salud pública. Gracias a ellas la gente ya no sufre hoy de azotes que acababan con poblaciones enteras. Vivimos más y mejor, y nuestros niños sobreviven a enfermedades que los diezmaban. A pesar de eso, hay individuos que las presentan como poco menos que una maldición.

La primera (y por ella las llamamos vacunas) fue desarrollada en 1796 por Edward Jenner, contra la viruela. Algunos remontan sus inicios a dos mil años atrás, a China. No es muy exacto, pero la observación primaria sí es posiblemente tan vieja como la historia: unas enfermedades dejaban sobrevivientes, que nunca se volvían a enfermar de lo mismo. Por una razón entonces incomprensible, quedaban inmunes a la enfermedad.

Por otro lado, se había observado también que unos pocos individuos se enfermaban en forma más benigna. Por eso, ya en China y en la Europa medieval se intentó usar las úlceras de esos pacientes no graves para infectar a otras personas, esperando que sufrieran una enfermedad suave y quedaran inmunes. Los resultados fueron pésimos porque la benignidad, en la mayoría de esos casos, se debía a condiciones del individuo, no al agente infectante.

Jenner conocía todo eso. No fue pues una casualidad que fijara su atención en una población que no se enfermaba: la de las campesinas que ordeñaban diariamente sus vacas. Descubrió que las vacas sufrían una enfermedad con signos parecidos a la viruela pero que no mataba. Las campesinas se contagiaban con la infección suave de las vacas y quedaban inmunes a la infección grave de los humanos.

Inoculó a un niño con las pústulas de las vacas y tiempo después lo expuso a la viruela de verdad. El niño no se enfermó, estaba inmune. En esa época el experimento no generó objeciones éticas. Hoy ni el experimento ni la vacuna producida con pústulas de vacas habrían sido aprobados por las autoridades de salud. Sin embargo, esa vacuna ha sido la única que hasta ahora ha logrado la erradicación completa de una enfermedad que diezmó a la humanidad durante milenios.

Casi cien años después, Pasteur produjo vacunas contra el ántrax y contra la rabia. En la imposibilidad de conseguir especies debilitadas, usó microorganismos muertos o inactivados. La inmunización funcionó. Pasteur mostró además que esas enfermedades se debían a microorganismos invasores y que la inmunidad es una reacción natural del cuerpo, que produce sustancias (anticuerpos) para atacar a ese invasor.

Con los años el conocimiento fue creciendo y, con él, la sofisticación en el desarrollo de las vacunas y en los métodos para validarlas. En algunos casos se aisló la molécula tóxica causante de la enfermedad, y se modificó químicamente para que fuera inocua. Ese es el caso de las vacunas contra la difteria y el tétano. En otros se generaron en el laboratorio especies no virulentas, como en las vacunas contra la fiebre amarilla y la poliomielitis. Con el desarrollo de la ingeniería genética se construyeron vacunas que simulan a los virus pero que no pueden infectar porque carecen de información genética y son producidas en organismos amigables (como la levadura, que desde hace más de 10.000 años nos sirve para producir pan, cerveza y vino). Ejemplos de estas son la vacuna contra hepatitis b y la reciente contra el virus de papiloma humano (VPH).

Se mejoraron también las técnicas y los modelos matemáticos para medir el impacto positivo y los posibles efectos colaterales negativos de la vacunación. Hoy se puede conocer la historia individual de cada una de las miles de millones de ampollas que se aplican en el mundo. Los requisitos para la aprobación se hicieron tan estrictos que prácticamente no dan lugar a error.

La epidemiología moderna ha descrito además un efecto importante que llama “inmunidad de rebaño”. Quien vacuna a sus hijos no solo está protegiéndolos a ellos sino a también a sus vecinos. El gran impacto de la vacunación masiva está en la interrupción de las cadenas de transmisión y por tanto es un bien público. Aunque la vacuna contra sarampión, por ejemplo, es efectiva solo en el 95% de quienes se la aplican, una buena cobertura bajó las probabilidades de contagio de tal forma que en quince años no hubo ni un solo caso en los Estados Unidos. Solo recientemente se desató una epidemia que amenaza a todo el continente, por una “antivaxxer” que, alegando tener derecho a no vacunarse y a no vacunar a sus hijos, se infectó en el exterior.

Uno de los casos más notables de ese movimiento “antivaxxer” fue la denuncia de que la vacuna triple viral (sarampión, paperas y rubeola) estaba relacionada con casos de autismo. Un tal doctor Wakefield publicó en 1998, en la prestigiosa revista británicaLancet, una investigación que pretendía demostrar ese hecho. Adjudicaba el efecto a la acción tóxica del timerosal, un antiséptico que se añadía a las vacunas para su conservación (el timerosal es el conocido mertiolate que todos usamos). El artículo era un fraude. Diez de los doce coautores se retractaron y la revista lo retiró calificándolo de “desastrosamente deficiente”. A Wakefield se le prohibió ejercer la medicina en Gran Bretaña. El año 2009, un tribunal en Estados Unidos rechazó por falta de fundamentos la última demanda que persistía. En ese juicio se demostró que los niños tenían los signos de autismo antes de ser vacunados.