El hijo de Victoria: Historia de una violación

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“Durante mucho tiempo odié a los hombres. No podía sentirlos cerca, me fastidiaba su olor, su voz, su presencia. Me escondía de ellos”.

Victoria(*), hasta sus 18 años, fue una niña. Antes de esa edad no tuvo novio, no salía de la finca de sus padres donde vivía junto a sus 15 hermanos, y desconocía el mundo que existía más allá de Las Mercedes, el corregimiento de Sardinata donde transcurre esta historia de dolor.

Dedicada a los oficios de la casa, al cultivo de café y cacao, y al arreo de bestias, la vida de Victoria transcurría con relativa normalidad.

Lo único que de vez en cuando alteraba la vida de su familia era la presencia, por dos o tres días, de guerrilleros del ELN que acampaban en las inmediaciones de la finca de sus padres.

“Ellos llegaban y se instalaban junto a la cerca que rodeaba la propiedad de mis papás. Nunca se metían a nuestra vivienda. En esa zona ellos son muy celosos con el territorio. Por mi casa siempre estuvo el ELN, pero al frente, en la montaña vecina, estaban ‘Los Peludos’ (guerrilleros de las Farc)”, recordó Victoria.

Finalizando el 2002, Las Mercedes vivió una época de violencia que cambiaría la historia de esta mujer.

Durante noviembre de aquel año, en la zona rural de este corregimiento se presentaron varios enfrentamientos entre la fuerza pública y las guerrillas que aún hacen presencia en esta zona y que, por ese entonces, amenazaban con tomarse, una vez más, el casco urbano.

“El sobrevuelo de los helicópteros se intensificó por aquellos días y en las noches era imposible conciliar el sueño por el ruido de las balas que se cruzaban los dos bandos. Acorralados, los guerrilleros buscaron refugio en lo alto de la montaña, pasando por mi casa una de esas noches”, agregó.

Esa noche, según el relato de Victoria, los guerrilleros del ELN llevaban varios heridos y, por primera vez en su historia, entraron a la casa de sus padres con violencia, rompiéndolo todo.

“Querían llevarse a cuatro de mis hermanos mayores, tres hombres y una mujer. Mi papá se arrodilló, lloró y les suplicó que no se llevaran a ninguno de sus hijos, que se llevaran todo, menos a mis hermanos”.

Doce mulas, varias gallinas y parte del mercado que su padre almacenaba en una bodega de la casa, fue a parar a las manos de los guerrilleros. En la oscuridad de la noche y bajo el ruido incesante de los helicópteros, los subversivos se esfumaron. Sin embargo, cuando creían que todo había pasado, sobrevino lo peor.

“Tres días después volvieron a la finca. Acamparon donde lo hacían siempre. No hablaron con mi papá ni pidieron nada. En la noche, cuando una de mis hermanas y yo lavábamos los platos de la cena, tres de ellos cruzaron la cerca y se nos lanzaron encima, nos taparon la boca y nos llevaron montaña arriba, a una distancia en la que nuestros gritos no alertaran ni a mi familia ni a los demás guerrilleros”.

Completamente dominadas, los tres ‘elenos’ abusaron sexualmente de Victoria y su hermana. Las dos eran vírgenes. Las arrastraron por el suelo, cortándose el cuerpo con las piedras del camino, las tomaron por el cuello hasta casi asfixiarlas y las golpearon, a tal punto, que Victoria aún conserva en una de sus piernas la cicatriz que le quedó de un puntapié que uno de los guerrilleros le propinó.

Con la inocencia destruida, los tres hombres las obligaron a irse a Las Mercedes y no volver a su casa nunca más. De lo contrario, atentarían contra su familia.

“Querían hacerles creer a mis papás que nosotros nos habíamos ido con ellos por voluntad propia, o peor aún, que los habíamos abandonado”.

Esa noche, las dos hermanas tomaron un carro cualquiera que las sacó hasta la vía Cúcuta-Ocaña y allí, aún sin saber cómo, se subieron a otro vehículo que, 18 horas después, las dejó en Bogotá.

“En la capital nos estábamos muriendo de frío. Yo ni siquiera conocía Sardinata y ahora estaba en una ciudad tan grande. Allá una señora, que nos vio en esa situación, nos ofreció ayuda y terminamos trabajando como empleadas domésticas”.

Sin tener noticias de su familia, las dos hermanas empezaron a notar cómo sus barrigas crecían. Ambas estaban embarazadas.

“A mi hermana, estando en el octavo mes de embarazo, se le complicó todo y terminaron sacándole a la bebé muerta. Ella se puso muy mal, se enloqueció. No tuve más remedio que volver con ella a Cúcuta. Aquí logramos establecer contacto con mi familia que, para ese entonces, ya había salido de la finca. Los guerrilleros, ante la negativa de mi papá de dejar que se llevaran a mis hermanos y por haberlos enviado para Cúcuta con tal de que no los reclutaran, fue amenazado y obligado a salir de su casa. Unos se fueron para Sardinata, otros se vinieron para acá (Cúcuta), unos más para San Gil y así, todos nos regamos por varios lugares del país”.

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