Rafael Valera: IUS REBELLIONIS

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Para un gobierno, la Libertad debe ser su rosa y su guillotina…

II

Si la Naturaleza tornase una sola hoja para oprimirme, de mi pecho arderá la Libertad que sucumbirá sus despóticas arboledas.

III

El país ha devenido en un torbellino de impulsos y tranquilizantes efímeros. Estas dosis son bien suministradas, logrando mantener apaciguado al ciudadano; bien sean brebajes como una existencia fracasada o las catarsis institucionales que acortan el camino de la muerte a la Perla del Caribe. El poder político se hace vacuo al personificarlo. Su piel es la voluntad de quienes lo legitiman, por lo tanto, ante la incoherencia entre la praxis de una ley y su esencia, lo instintivo es rebelarse.

En el contexto de Thoreau, la resistencia al poder es una gran herramienta en las democracias. El ahínco de la ciudadanía en ella se traduce al cumplimiento del acuerdo sobre el sometimiento al orden; buscando restituir o reforzar la retroalimentación del sistema político con respecto a su flujo de insumos y decisiones.

La naturaleza del orden es de carácter espontáneo, mas no caótico. Lo particular sobre un gobierno limitado es precisamente la incapacidad de moldear ese curso en beneficio de una cosmovisión en especial. En este mismo sentido, el orden jurídico busca salvaguardar dicha esencia y la disposición que los individuos tienen sobre ella. Entonces, la desobediencia se vincularía con una oposición al rumbo que conllevase la implementación de una ley o política por parte del sistema.

El hombre es en esencia su propia ley. Las decisiones su propio juicio y las consecuencias, su sentencia. Al considerar que las múltiples voluntades no deben menoscabarse unas a otras, nace una delimitación de facultades y obligaciones que se deben seguir para conservar un ambiente de «autoformación». La ley es la barrera entre las libertades. Y el sistema político, la organización que puede poner en práctica su cumplimiento.

IV

En un principio, los vientos liberales-democráticos soplaban en esa dirección. Aunque tras el revestimiento de los sistemas “conservadores” los totalitarismos brotaron con la fábula proteccionista; buscando justificar el apoderamiento del equilibrio establecido.

Al cuestionar el ejercicio y la estructura del Poder en los sistemas liberales, se juega con la correspondiente consecuencia del desacato a una norma tipificada. El honor de un rebelde en democracia es entendido como un llamamiento severo a la rectificación por parte del sistema. Por otro lado, la desobediencia en los regímenes autoritarios no prescribe responsabilidad jurídica por parte de los individuos.

Tratando el caso de Venezuela, es la élite política actual quien está contrariando flagrantemente todo parámetro constitucional que tenga que ver con la legitimidad de origen y ejercicio del sistema.

Cuando se está enfrentando a un régimen despótico, lo humano es rebelarse. Lo único que se hace justo es quebrar cualquier parámetro conductual impuesto por el régimen que contraríe nuestra naturaleza. Es  preciso al vivir bajo el yugo de patrones de vida que contrarían la noción de Libertad y convivencia pacífica. El derecho a la rebelión es imperativo para aquellos que creen en sus raíces occidentales: es la respuesta proporcional a cada atrocidad que han cometido.

¡Libertad o nada!