¿Conoce y reconoce realmente a su enemigo? Por @edgardoricciuti de @VFutura

thumbnailEdgardoRicciutiNuestra noción de lo político corre paralelamente del relieve marcadamente occidental de nuestra cultura. Los rasgos fundamentales del pensamiento aristotélico en relación a la Ética y la Política, dan amplia prueba de ello; sin hablar de la herencia de Platón, al marcar con fuego en nuestro pensamiento la falacia de mundos ideales e inexistentes por encima del que habitamos. Esas influencias helénicas, entre otras, han originado una animadversión de lo que se conoce por Realpolitik, entendida como una instrumentación de la política que apunta a la consecución de objetivos concretos, sin que medien abstracciones morales.

Carl Schmitt presenta una controversial excepción a estos influjos de la filosofía griega en su texto Concepto de lo político. Indigesto para hippies, amantes de idílicos paraísos terrenales o ingenuos positivistas del derecho, Schmitt, en su teoría de amigo-enemigo, expone que lo que caracteriza realmente a la Política es la enemistad.

La negociación y el diálogo no son fines en sí mismos y mucho menos el epicentro de la política, sino instrumentos útiles para someter a tu enemigo. El rol que posee un enemigo no debe ser confundido con el rol de competidor, propio del campo económico, o el rol de un adversario, adecuado para la esfera de las relaciones privadas. El enemigo es lo inherente a lo Político; se manifiesta e influye en lo Público; es el otro, el extraño, aquel que pone en peligro la existencia. El enemigo no es un no-amigo (inimicus), es un enemigo (hostis), como el hostis publicum señalado en la Res publica Populi Romani como enemigo de la comunidad.

Una de las prioridades de Schmitt fue la de despojar a lo Político de todo lenguaje y procedimiento asociado a lo Económico. La crisis de los sistemas liberales en Europa a principios de siglo XX otorga un amplio espacio al autor para deshacerse y “descontaminar” a lo Político de la ética liberal. Para Schmitt, los liberales no conciben enemigos, sino competidores, pues su finalidad es el lucro y lo conveniente; de ahí su contaminación y tergiversación de lo Político. La misión para su rescate se inscribe en el Estado como actor principal, donde no es el lucro lo que se busca, sino la grandeza de sus nacionales.

Es fundamental saber distinguir entre quién es amigo y quién es enemigo. El Estado, es el que puede decidir quién es el enemigo en cuanto único en poseer el derecho de declarar la guerra (jus belli). La guerra descansa exclusivamente en la esfera de lo público y, aunque es mucho más frecuente visualizarla hacia un enemigo externo, puede surgir también a nivel interno. Es el Estado el que organiza y aprovisiona adecuadamente a los “amigos” para hacer frente a la amenaza de los enemigos. Todas las decisiones políticas se toman en base a esta dicotomía.

La teoría de Schmitt, no tiene límites; se ajusta tanto a enemigos internos como externos.

Una reflexión desapasionada sobre la teoría amigo-enemigo de Schmitt es de gran ayuda a nivel práctico en aquellos casos donde el ejercicio de la política es amoral. Además permite interiorizar la comprensión de realidades donde los valores de los contrincantes sean totalmente opuestos a los propios, lo que inevitablemente ocasiona un conflicto real basado en el jus ad bellum.

En política doméstica el régimen trata como enemigos a los que se resisten al comunismo; en el tablero internacional, fanatismos culturales o religiosos hacen lo mismo con los “diferentes”.

Vistos los últimos acontecimientos en París o la política de aniquilamiento sistemático de todo régimen comunista, cabría preguntarse: ¿Es todavía plausible ser receloso con la visión de Schmitt a como dé lugar? ¿Conoce y reconoce realmente a su enemigo?