Norberto José Olivar: Uno también es el otro

thumbnailnorbertojoseolivarAcabo de mirar Institute Benjamenta (1996), de los hermanos Quay, basada en la novela de Robert Walser. Es una adaptación a ratos gótica y excesivamente teatral, un enigma en sí misma, pero se deja ver hasta con cierta curiosidad. Pero la película me hizo recordar, por supuesto, a Jakob von Guten (1909), y en la rara experiencia que es sumergirse en la cotidianidad de una escuela de domésticos y, en esa manera tan desconcertante de mirar al mundo y a la vida de este personaje, pues nos creemos, casi siempre, signados para un destino singular y trascendente.

Dice Jakob von Guten: “Aquí se aprende muy poco, falta personal docente y nosotros, los muchachos del Instituto Benjamenta, jamás llegaremos a nada; es decir, que el día de mañana seremos todos gente muy modesta y subordinada. La enseñanza que nos imparten consiste básicamente en inculcarnos paciencia y obediencia, dos cualidades que prometen escaso o ningún éxito”.

Pero es imposible ver esta película, o leer el libro, sin conectar con la realidad inmediata. El escritor, y el director, saben que lo que hacen es subsidiario del contexto: los padecimientos, los anhelos, las frustraciones, en fin, no hay manera de narrar sobre el vacío. Y el buen lector, o espectador, caza esos gestos, esas claves. Es como si buscáramos en las obras ajenas nuestra biografía.

Hace unos días, Vila-Matas citaba a Sergio Chejfec y la cosa no me parece nada casual: “Un escritor de mi país sabe que al escribir se está dirigiendo no sólo a esa instancia abstracta llamada público, sino también a los libros previamente escritos. Los autores, de cualquier estética, tejen alusiones, guiños, remisiones a otros libros incluso sin que se lo propongan”. Pero a su vez, esos libros (obras: películas, pinturas; digamos, arte en general) funcionan como ductos de realidades que se fusionan, o repelen, permitiendo, de esta manera, que nos encontremos con la nuestra y nos hagamos una idea. Y los creadores que generen semejante posibilidad, terminaran por convertirse en nuestros autores de cabecera.

Toda esta vuelta, pues, solo para decir que Walser (y los Quay) y, su Jakob von Guten (original y versionado), nos dejan ver los peligros, asimilados hasta la saciedad, de ser educados para obedecer y aspirar, con mucha alegría, a una vida de sumisión, siempre pensando en “servir” al otro, pero a ese otro ni le pasa por la cabeza que uno, también, es el otro de cuando en cuando.

@EldoctorNo