José Luís Méndez La Fuente: Hacia un callejón sin salida

thumbnailcolaboradores-190x1301Transcurrido mes y medio desde que la oposición ganara las elecciones de la Asamblea Nacional para los próximos cinco años, el gobierno ha vendido tomando una serie de acciones y medidas que lejos de fortalecerlo, aunque esto pudiera lucir así a los ojos de algunos en una primera perspectiva, lo pueden llevar hacia un  callejón sin salida, cuando aún faltan tres largos años de mandato presidencial.  Ello, por supuesto, si no se produce un giro de ciento ochenta grados en las políticas económicas y sociales implementadas hasta ahora por el gobierno, lo que equivaldría a algo así como echar por la borda diecisiete años de chavismo.

Rodearse de  falsos “escudos”,  reforzando  la membrecía  partidista dentro del Poder Ciudadano,  Judicial o Electoral, con medidas subrepticias, amañadas, no hace más que poner al descubierto  la vulnerabilidad del actual gobierno y de sus instituciones,  sujetas a  situaciones circunstanciales que los vaivenes de la vida y de la política pueden hacer cambiar radicalmente con una Asamblea Nacional en manos de la oposición.

Pero lo más significativo, radica en la posición asumida por Maduro en este mes y medio, manteniendo un discurso que sigue haciendo hincapié en una guerra económica inexistente, como raíz de todos los males del país; echándole la culpa al imperio, al neoliberalismo económico de los demás países, a la oligarquía criolla, a  los eventos de abril del 2002 y, en fin, siempre a causas externas imposibles, pero sin reconocimiento de algún ápice de culpa o responsabilidad propia en los destinos del Estado. Aunque el Decreto de Emergencia Económica, publicado en la Gaceta Oficial hace unos días y actualmente en discusión dentro la Asamblea Nacional, es  en cierta forma, una manera de admitir, por parte de Maduro y su gobierno, esa “mea culpa”, pues la emergencia a la que se hace referencia allí es la misma de estos tres últimos años,  la intención del mismo no fue esa, lo cual demuestra la arrogancia y prepotencia del actual gobierno, sino  más bien tratar, dentro de su estrategia post electoral, de pasarle la pelota, que esta ocasión es una verdadera papa caliente, a la oposición,  y embarrarla con cualquier decisión que tome al respecto, ya sea dándole su visto bueno, con o sin modificaciones, o simplemente desaprobándolo.

Esa contumaz posición, ha llevado al gobierno a tomar algunas medidas en la práctica, que no convencen a nadie, porque son más de lo mismo.  Entre ellas, un cambio  del tren ministerial, principalmente en el sector de la economía, que no presagia modificación alguna en las políticas y hoja de ruta que la gente espera, para que cesen las colas  en los supermercados, la carestía de alimentos y medicamentos en las estanterías, los precios inalcanzables para los bolsillos de la mayoría de los venezolanos en ropa, alimentos, transporte, útiles escolares, etc, y, en general, el deterioro de la calidad de vida de las personas y  de sus familias. Ello, además, del deterioro del  sistema educativo en todos los niveles, de los servicios públicos de electricidad, telefonía,  agua, calles y avenidas, entre otros; el aumento diario de  la inseguridad en las calles, y pare usted de contar.

Lo que preocupa  mayormente en todo esto, es que da la impresión de que el gobierno anda perdido, sin saber bien que hacer. O al menos, esto es lo que se desprende de declaraciones como las de Maduro ante la Asamblea Nacional, anunciando que este es el momento para aumentar la gasolina, y posteriormente las de su nuevo Vicepresidente Aristóbulo Istúriz, asegurando que la emergencia económica no se resolverá con medidas neoliberales que repitan el “caracazo” de 1992.

En el caso contrario de que no ande desorientado y sepa  lo que hace,  incurre entonces en prevaricación, ya que conociendo de antemano que las medidas tomadas no solucionarán la crisis en que está hundido el país, persisten en ellas, en una huida hacia adelante sin remedio. Sin voluntad de corrección o al menos de alternativa de enmienda.

Comentábamos en un artículo anterior,  que quienes pensaban que al no estar Chávez se produciría un cambio y que Maduro lideraría un chavismo “light” se equivocaban, pues  se hacía muy cuesta arriba que el heredero al trono, el elegido, el que se hizo llamar el hijo de Chávez, dejara la ortodoxia a un lado para dar pie a un chavismo menos recargado, o más abiertamente, a un  socialismo a la europea para el cual no estaba preparado.  Decíamos, además,  que el guion que  Maduro conocía y podía  interpretar más cómodamente, era  el de su predecesor y mentor.

En estos tres años de presidencia,  hemos podido comprobar  que la imaginación de Maduro  se ha reducido a tan solo parodiar a Chávez, reproduciendo eventos y políticas que son plagios o adulteraciones de un original irrepetible, que no era conveniente copiar o calcar y que no le sirvió para ganar las elecciones del 6 de diciembre pasado.

Pero el problema principal para Maduro, es que con una mitad de su periodo presidencial  aún por delante, el tiempo se le acaba y el arsenal de maniobras y movimientos que puede efectuar, tanto dentro, como fuera de la Constitución se le agota. Ya no habrá más “leyes habilitantes” que le sirvan de excusa para concentrar más poder, ni decretos declarando estados de excepción, salvo catástrofes naturales que lo ameriten; tampoco leyes que refuercen el proceso revolucionario.

Seguir culpando a la oposición, a gobiernos extranjeros o a una guerra económica ficticia, ya no serán argumentos convincentes para nadie; ni siquiera para los más fieles y fervientes revolucionarios, si es que aún quedan algunos.

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