Baldomero Vásquez: Comunismo y nazismo contra Polonia

thumbnailbaldomerovasquezVisita a Venezuela Lech Walesa, fundador del primer sindicato independiente (SOLIDARIDAD) del extinto bloque socialista soviético. Sindicato que fue el instrumento democrático inicial para la caída del comunismo en su país, Polonia, y luego en los restantes países comunistas. Viene Walesa a respaldar la lucha por la libertad de nuestros presos políticos. Es un terreno tenebroso que conoce bien porque pagó con cárcel sus deseos de liberación de su pueblo.

Pero para honrar su visita, y mantener viva la memoria histórica, no hablaremos de su legendaria trayectoria. Preferimos recordar la masacre de Katyn en la que fueron asesinados 22.000 personas, entre oficiales y profesionales polacos, que perpetró la policía secreta de Stalin (NKVD) en 1940.

Esta matanza tuvo lugar en la ciudad rusa de Smolensk, en los bosques de Katyn. Allí se cometió una de las mayores atrocidades de la II Guerra Mundial, silenciada por los líderes comunistas soviéticos (y del resto del mundo) hasta 1990.

El punto de partida de este terrible drama humano podemos ubicarlo el 23 de agosto de 1939, fecha en la cual se firmó el Pacto de Amistad entre Stalin y Hitler. Alianza que rubricaron en Moscú –frente a un Stalin sonriente y regocijado– los ministros de Asuntos Exteriores de la Unión Soviética y Alemania, Viacheslav Molotov y Joachim Ribbentrop, respectivamente. El Pacto contenía una cláusula secreta, oculta por muchos años, que establecía que los gemelos totalitarios expropiarían y se repartirían el territorio de Polonia: la región oriental sería para los nazis y la occidental, para los comunistas.

Hitler envió sus tropas a tomar su parte el 1 de septiembre; el día 17, Stalin hará lo propio. Las unidades del ejército polaco que escapaban de los nazis se rindieron ante los soviéticos, quienes los recluyeron como prisioneros en los campos de concentración de Starobelsk, Koselsk y Ostashkov. Les dijeron que su encierro era provisional.

Los admirables militares polacos

Los oficiales polacos conocían sus derechos. Así pues, les dijeron a los soviéticos que, o bien Polonia y la URSS estaban en guerra, y entonces habían de ser tratados como prisioneros de guerra, o no lo estaban y, por tanto, su cautiverio era ilegal y debían ser puestos inmediatamente en libertad.

El honor y la intransigencia inquebrantable que mostraron a la hora de enfrentarse al adoctrinamiento comunista de los campos sellaron el destino de los admirables oficiales polacos. Su suerte se decidió en la reunión que mantuvo el Comité Central del Partido Comunista de la URSS el 5 de marzo de 1940: se les consideró “nacionalistas, contrarrevolucionarios”, “enemigos recalcitrantes del poder soviético”, por lo que habían de ser condenados al “castigo más severo, el fusilamiento” (Rayfield D. Stalin y los verdugos, Taurus, 2005, p. 429). La orden de ejecución fue, por supuesto, firmada por Stalin. Entre abril y mayo de 1940 fueron ejecutados de un tiro en la nuca:
“11 generales, 1 almirante, 77 coroneles, 197 tenientes coroneles, 541 comandantes, 1.441 capitanes, 6.061 tenientes, 18 capellanes y el principal rabino, junto a miles de funcionarios y miembros de la burguesía polaca” (ibid.).

Los familiares nunca abandonaron a sus seres queridos

Las innumerables cartas dirigidas a Stalin por madres, esposas, hijos, que solicitaban información sobre el paradero de sus seres queridos nunca obtuvieron respuesta.

Sería a raíz de la invasión nazi a la URSS, en junio de 1941, que se conocerían los hechos. En abril de 1943 las tropas alemanas notifican el hallazgo de una fosa común en los bosques de Katyn con los cadáveres de 2.500 oficiales polacos, y responsabilizaron a los comunistas rusos de la matanza. Las autoridades soviéticas respondieron acusando, a su vez, a la Gestapo. Occidente (Inglaterra) aceptó la versión del dictador soviético (su aliado contra Hitler), a pesar de que la Cruz Roja certificó que las muertes se habían producido antes de la invasión alemana.

Tras cincuenta años de mentiras estalinistas, finalmente emergió la verdad: en 1990, Gorbachov reconoció la responsabilidad soviética en la matanza. Dos años más tarde, Yeltsin entregaría a las autoridades polacas el expediente del caso.

Para los comunistas, Katyn nunca existió

Katyn no existió para los comunistas; tampoco hoy para los que se dicen ex-comunistas y en general para la intelectualidad izquierdista mundial. Con el Pacto de Amistad de Hitler y Stalin ocurrió algo similar. Quienes durante muchos años vieron en la revolución bolchevique el acontecimiento social más importante de la historia jamás hacen referencia a las acciones criminales de Stalin, ya que cultivan como único hábito intelectual denunciar al Imperialismo Norteamericano. Los creyentes en el Dios-Genocida Stalin, que construyó el totalitarismo socialista en la URSS, nunca dejaron de adorarlo, como el idolatrado poeta chileno Pablo Neruda, que recibió en 1953 el Premio Stalin de la Paz por versos adulantes y repugnantes como los que siguen:
Stalin alza, limpia, construye, fortifica
preserva, mira, protege, alimenta,
pero también castiga.

Y esto es cuanto quería deciros, camaradas:
hace falta el castigo.
Bienvenido admirado Lech Walesa. Los demócratas venezolanos nos sentimos honrados con su visita a nuestro país.