Vladimiro Mujica: Mi pendejo favorito

thumbnailvladimiromujicaPara Alfredo Cedeño y Horacio Medina.

Confieso que en realidad tuve la idea de titular mi artículo con la palabra más coloquial que se usa en Venezuela para referirse a una suerte de tonto con iniciativa que nos cae especialmente mal, o a quien juzgamos sin valía, es decir un güevón. Escrita con diéresis, acento y v minúscula, no parece tener la fuerza expresiva de la palabra que aprendimos cuando niños y que en rigor puede también aplicarse, con un ligero cambio de entonación, a alguien a quien queremos mucho, sobre todo entre hombres. Las sutilezas del lenguaje, pues. Me incliné por la palabra más suave, pendejo, autorizada en cualquier círculo desde que Uslar Pietri la usó en público, para intentar evadir la censura. Probablemente una precaución innecesaria en un país donde la vulgaridad y el uso precario de nuestro idioma se ha ido imponiendo desde los círculos del poder. Pero ya sabemos que las reglas que se aplican al país rojo no valen para el país azul y, por lo demás, mi uso de la vulgar expresión tiene un interés pedagógico.

Pero más allá de las consideraciones idiomáticas, me hace falta nuestra palabra caribeña para describir en detalle un síndrome importante de nuestra cultura que por primera vez mencioné en una serie de entrevistas que me hizo mi amigo Alfredo Cedeño. De hecho, y por razones que solamente serán obvias para los participantes en un grupo de WhatsApp que creó Horacio Medina para sus amigos, este artículo está dedicado a Alfredo y Horacio. El síndrome en cuestión tiene que ver con dos tendencias culturales, con todas las limitaciones de tal concepto porque siempre se podrá afirmar que no describen a toda la población, algo con lo cual estoy plenamente de acuerdo. Pero pienso que vale la pena el ejercicio.

La primera tendencia es que en Venezuela se suele desconocer de manera explícita el mérito ajeno, excepto si a quien se reconoce está en una posición de poder o si está muerto. Son demasiados ejemplos de gente de mucho valor, inclusive con renombre internacional en los ámbitos de la cultura, la ciencia, la música, la literatura y el arte, por sólo mencionar algunos espacios singularmente importantes del quehacer creador de un pueblo, que reciben reconocimientos menguados, por decirlo de alguna manera, en nuestra patria. Es como si Venezuela proveyera un ejemplo extremo del dicho “nadie es profeta en su tierra”. El correlato inevitable de esta conducta es la adulación y el endiosamiento de los poderosos.

La segunda tendencia, mucho más conectada con el título de esta columna, es que en Venezuela cada uno de nosotros suele tener su “güevón favorito”. Alguien a quien responsabilizar de que las cosas no funcionen o no se muevan en la dirección que se considera correcta. Esta conductas adquieren manifestaciones especialmente perniciosas en situaciones de debilidad como las que encuentra la sociedad venezolana frente a un proyecto autoritario, violento e inescrupuloso como el chavismo. Creo que todos quienes nos identificamos con la oposición en Venezuela hemos estado reunidos en circunstancias diversas, donde comienza el coro de críticas a todo el liderazgo de turno y probablemente una de las frases más empleadas, implícita o explícitamente, es del tenor “Fulano o fulana es un/una güevón/güevona” con todo el respeto a la igualdad de género. Dependiendo de la composición del grupo, la cuestionable posición la ocupan alternativamente Leopoldo López, Henrique Capriles, María Corina Machado, Henry Ramos Allup, Julio Borges, Antonio Ledezma o Chuo Torrealba, por mencionar a los más recientes líderes opositores, o inclusive una organización completa como un partido o los militares.

Yo declaro que me siento mucho más identificado con la idea de que en la lucha por reestablecer algún modelo viable de democracia y libertad en Venezuela, todos quienes participan de este lado son necesarios y, en consecuencia, yo no tengo güevón favorito, e intento respetar a todos los que se están jugando cosas muy importantes por todos nosotros. Estoy convencido de que nuestros adversarios no están a nuestro lado, sino en frente de nosotros y que es indispensable dejar espacio para muchos tipos distintos de liderazgo. Inclusive los que a veces juzgamos incompatibles con nuestras ideas. Ya vendrán otros tiempos, cuando se restaure algún tipo de funcionalidad democrática donde muchas de las ideas y tendencias que hoy co-existen en el movimiento opositor se podrán decantar y transformarse en movimientos con autonomía propia. Pero mientras tanto, el combate contra el autoritarismo del proyecto chavista y la anomia que cada vez se va imponiendo a más velocidad sobre la nación requiere de mucho más que una simple alianza de partidos y exige un correaje articulado con la sociedad civil y la ciudadanía en general.

Dicho eso, estoy absolutamente de acuerdo con exigir al liderazgo opositor no solamente una acción política con profundo sentido ético y de compromiso con el restablecimiento de la democracia, sino una conducta acorde con la naturaleza del adversario. Ello implica la demanda de conducirse con una visión realista, sin espacios para ingenuidades, acerca de lo que el chavismo está dispuesto a hacer con tal de mantenerse en el poder, y de no actuar intentando repartirse un liderazgo del país que viene, sin terminar de salir de esta tragedia. Lo mismo puede decirse respecto a la impostergable necesidad de hablarle con claridad a la gente sobre las expectativas que realistamente pueden tenerse respecto a la acción de la AN y como será necesario mantener un balance entre acción política electoral y el ejercicio de la desobediencia pacífica ciudadana contemplada en la Constitución. Ello incluye de modo predominante claridad en cuanto a las acciones que se pueden y deben tomar para habilitar el referendo revocatorio, probablemente la única ruta realista política que está en manos de la oposición, sin que ello descarte una eventual renuncia de Maduro, cosa sobre la que se puede incidir pero que no está bajo control de la MUD ni de la AN, o el tema de la nacionalidad del presidente, que sigue en un halo de misterio.

Pero estas exigencias al liderazgo tienen su correspondiente en las exigencias que se debe hacer la misma ciudadanía. El tener a los chavistas en el poder no fue un acto mágico ni decidido por los pobres, ni tampoco impuesto por los cubanos, como reza una especie de historia fabulada de los “escuálidos”, que pretende descargar de toda responsabilidad al liiderazgo del país y a la clase media que en su momento apoyaron al Comandante porque “no podíamos estar peor”. Exigir de la AN que reaccione con un tipo de contundencia que excede sus capacidades constitucionales no es realista y constituye una invitación a la violencia que no estamos en condiciones objetivas de ganar. Una mayor contundencia solamente puede provenir del ejercicio de la acción organizada de la gente coordinado con la acción de la MUD y la AN con el apoyo de la comunidad internacional que ve con creciente preocupación la situación de Venezuela y donde Maduro y su gobierno se encuentran cada vez más aislados. Es en conseguir esa convergencia de acciones, que pasa sin duda por aprovechar las divisiones del chavismo y los militares para conformar un frente democrático, donde debemos concentrar los esfuerzos y esto no se va a resolver con conflictos entre nosotros. Ya surgirá de este proceso el tipo de liderazgo que pueda conjugar estos elementos, sin que haya que recurrir al penoso expediente de descartar por güevón a nadie que está arriesgando su vida y su libertad en nombre de todos nosotros.