La capitulación del Presidente ante el Nuncio Apostólico, por Leocenis García

thumbnailleocenisgarciaCaracas 09 de mayo

Tengo el placer de conocer a Aldo Giordano, Nuncio Apostólico del Papa Francisco.

Visitó la sede del grupo 6to Poder antes de su confiscación por el régimen de Venezuela. Y cuando mi familia le pidió ayuda durante mi huelga de hambre el año pasado, inmediatamente(esto no se sabe hasta hoy) fue y habló con la ministra Delcy Rodriguez y por insistencia de un embajador amigo del cronista, fue y habló con el ministro de Interior Gonzalez Lopez.

Ambas gestiones fueron inoficiosas y dejaron claro hasta qué punto el

régimen del Nicolás Maduro me quiere detrás de las rejas, hasta su

caída. Por cierto no era la primera vez que un Nuncio intercedía por

mi causa, también lo había hecho Pietro Parolin, a petición de Diego

Arria.

Sospecho que el llamado del Nuncio a una mesa de dialogo, tiene detrás

de sí la propia petición personal del Presidente. Ello no quiere decir

que el Nuncio simpatice con el gobierno, porque evidentemente el

socialismo y la Iglesia son dos cosas incompatibles.

La situación del Presidente es la de Allende, con las distancias del

caso, pero con las mismas similitudes económicas.

Tanto en Chile como en la de Venezuela de hoy, los socialistas

destruyeron el país.

Los últimos meses del gobierno de Allende se parecieron a una tragedia

griega. Todos los actores presagiaban un mal final, pero nadie hizo

mucho por evitarlo. Allende intuyó, en la desesperación de esas horas,

que la figura del Cardenal Raúl Silva Henríquez podía ser su último

bastión para encontrar una salida, y por eso solicitó su mediación

para concertar una reunión, primero con el ex presidente Eduardo Frei

Montalva y, posteriormente, con el máximo dirigente de la Democracia

Cristiana, Patricio Aylwin. La personalidad del Cardenal Silva era la

de un Nuncio, era un hombre de diálogo y de la diplomacia.

En sus “Memorias”, Silva Henríquez rememora detalles de esos

inquietantes momentos. Su absoluta certeza de que venía lo peor y su

empatía con el miedo de Allende ante el obscuro porvenir, lo llevaron

a apostar por la única alternativa que le pareció viable: el diálogo.

Sin embargo, la suerte ya estaba echada: la Unidad Popular, el partido

de gobierno, no le dio un margen de negociación a Allende, y los

informes del despistado director de la policía Política, Alfredo

Joignant, se reducían a culpar de todo a la derecha chilena.

El escritorio del Presidente Allende, estaba lleno de informes de los servicios secretos que decían que la escasez galopante, el dólar paralelo, el hambre, el descontento, todo, absolutamente todo, era responsabilidad de otros.

Relata el Cardenal en sus memorias:

“El Presidente Salvador Allende me llamó dos veces en privado durante

mayo de 1973. (…) En nuestras reuniones quedé las dos veces con la

impresión de que Allende sabía que la situación se encaminaba hacia el

desastre y que deseaba ayuda para salir del trance. La primera vez

mencionó el peligro de una guerra civil y fue como un fogonazo, una

chispa en la cual se alcanzaba a vislumbrar el miedo, un miedo sincero

y profundo a recortarse contra la historia como el Presidente bajo

cuyo mandato se pudiera producir la peor de las desgracias nacionales.

Allende quería encontrar una manera de aproximarse a la Democracia

Cristiana (DC). No es que él no tuviese medios propios para hacerlo,

porque muchos políticos PDC conservaban una amistad antigua con él;

quería que este acercamiento no pareciese una capitulación, sino un

diálogo por el cual ciertos consensos básicos permitieran resolver los

conflictos pendientes.

La segunda conversación se produjo cierta noche en que yo iba a cenar

con el ex presidente Frei. Allende me llamó con urgencia y me pidió

que fuera a verlo por unos minutos, aunque retrasara mi llegada a la

cena. Allí planteó directamente que su aspiración era conversar en

privado con Frei, porque, decía, frente a frente, ambos podrían

resolver todos los malentendidos y los desacuerdos.

Me fui a hablar con Frei. Discutimos un poco sobre estos puntos (…).

Le dije que, en concreto, Allende quería conversar con él en privado,

sin condiciones (…). ‘Don Raúl, si usted me lo pide como católico, yo

debo decir que sí, porque es mi pastor. Pero si me lo pide como

político, debo decir que no’. ‘Se lo pido como católico’, contesté.

Pocos días después, Frei me envió una carta respondiendo a la

proposición: ‘Con total franqueza, quiero decirle que después de leer

cuidadosamente el último mensaje (presidencial), considero inútil esta

reunión’. (…).

Frei estaba siendo objeto de una de las peores campañas de prensa de

todo el periodo. Unas semanas antes, las investigaciones en Estados

Unidos sobre la CIA en la política chilena, habían sido usadas para

decir que el triunfo del PDC en 1964 fue posible por ‘el dinero del

imperialismo’. Los diarios de la UP llegaron a afirmar que el propio

Frei había recibido dinero. Sé que dirigentes demoocratacristianos

pidieron a Allende que detuviera esas injurias, pero eso no sucedió”.

Fin de la cita.

Así que el llamado del Nuncio Apostólico, expresa una realidad más dramática. Quizás Giordano, sea una suerte de nuevo Cardenal Raúl Silva Henríquez, que más que mostrar el dialogo como salida, revela que efectivamente, el Presidente es consiente de la tragedia.

La historia siempre es bueno revisarla.