Diálogo ¿cómo y para qué? por Rafael Díaz Casanova

thumbnailrafaeldiazcasanovaEl hombre (creemos) es el único ser viviente a quien Dios lo dotó de la capacidad de comunicarse, eficientemente, con el habla. El resto de los seres vivos, de acuerdo con lo que nos enseñan los zoólogos, tienen expresiones fonéticas elementales susceptibles de limitado desarrollo y las aves, dependiendo de su grupo, nos deleitan con sus preciosos trinos y gorjeos. Algunos, como los loros son capaces de imitar al hombre y aprehenden frases que en muchas oportunidades son esencia de anécdotas y chistes. Al escribir este preámbulo nos recordamos del magnífico organista que deleitaba a los venezolanos en el ecuador del siglo XX, Salvador Muñoz, quien tenía la capacidad de “hacer hablar” a su instrumento musical.

De acuerdo con lo que define el DRAE, la palabra “diálogo” tiene tres acepciones: 1) Plática entre dos o más personas, que alternativamente manifiestan sus ideas o afectos. 2) Obra literaria, en prosa o en verso, en que se finge una plática o controversia entre dos o más personas. 3) Discusión o trato en busca de avenencia. No hay sorpresas.

En los diecisiete años transcurridos desde 1999 y dominados por el régimen que nos destruye, han sido varias las oportunidades en las que los trogloditas del gobierno han recurrido al expediente del diálogo sin llenar ninguna de las condiciones expuestas en el imprescindible libro. Además, ninguna de esas múltiples reuniones, ha producido nada. Solo han contribuido al desencanto y la frustración. Y para los promotores, ganar tiempo.
Cuando revisamos las enseñanzas que hemos recibido durante nuestra ya muy larga vida, encontramos que en nuestro cerebro bullen las condiciones necesarias para que se produzca un diálogo valioso.
La primera e imprescindible característica que nos aparece en nuestro seguramente deficiente orden, surge la necesidad de que quienes intentan dialogar se reconozcan como las personas individuales o representantes de organizaciones, que tienen el conocimiento y la capacidad de discernir el problema y acordar un camino posible y útil.

La segunda condición, que no por segunda es menos importante, es que los actores del diálogo se respeten mutuamente. Esto quiere decir, entre otras varias características, que los personajes que dialogan tienen que poseer una capacidad que es muy escasa, rara. Deben ser capaces de entender y analizar los argumentos y puntos de vista del contendor. Deben ser capaces de ubicarse en el lugar y las condiciones del adversario, y entenderlos.
La tercera condición, del mismo rango, la entendemos como que en un diálogo deben hacerse esfuerzos por hacer el uso correcto del idioma y la cortesía, deben obviarse los matices descalificadores e hirientes y escoger, si cabe, el empleo de la burla y la ironía. La decencia debe ser un dios.

Si aterrizamos en la realidad nacional y analizamos el caso particular del propuesto diálogo entre el régimen que nos destruye y los calificados representantes de la oposición, debemos concluir que quienes detentan los mecanismos del poder no llenan NINGUNA de las condiciones que hemos recordado y descrito. Saque usted sus conclusiones.
Si pensamos en las condiciones reinantes y las alternativas, nos encontramos con un panorama tenebroso. En diecisiete años se ha prostituido, en toda su extensión, la calidad de vida de los venezolanos. No vamos a perder vuestro valioso tiempo en repetir lo que ustedes saben y sufren. El futuro de Venezuela es tenebroso. Mejor dicho, diera la impresión de que no hay futuro, pero como el mundo es mundo, creemos que sí vendrá un desenlace y para expresar nuestra opinión, nos referiremos a las costumbres del inmenso cineasta dueño de las sorpresas, Alfred Hitchcock. La evolución y la solución será imprevista. No estará en la mente de casi nadie. Solo la conocerán sus actores. Quiera Dios que sea mejor que lo que tenemos. No es difícil.
Caracas, junio 1 de 2016.

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