Colonia Dignidad, un enclave “embrujado” por las atrocidades del pasado (Fotos)

Colonia Dignidad, un enclave “embrujado” por las atrocidades del pasado (Fotos)

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Un manto de niebla cubre el camino que se adentra en un frondoso bosque del sur de Chile. Es invierno y el frío entumece los huesos. De entre los árboles emerge una barrera y a su lado, un cartel: “Bienvenidos a Villa Baviera”. Júlia Talarn Rabascall/ EFE

En este lugar, próximo a Los Andes y protegido por una alambrada, funciona una pequeña comunidad. Bautizada como Colonia Dignidad, hasta hace diez años era el enclave de una de las sectas más oscuras que ha conocido la humanidad.

Entre 1961 y 2005 fue escenario de un infierno controlado por Paul Schäfer, un psicópata enfermero nazi que actuaba en nombre de un dios vengativo y que sometió a 300 personas a castigos y manipulación mental.

Para quienes nacieron y crecieron allí, la pedofilia, la esclavitud y el autoritarismo eran la realidad cotidiana.

En la antigua Colonia Dignidad hoy habita un centenar de alemanes. El recuerdo de las atrocidades que padecieron sigue embrujando hasta el último rincón.

Esta truculenta historia ha sido llevada al cine por el director alemán Florian Gallenberger. El filme “Colonia”, protagonizado por Emma Watson y Daniel Brühl, ya ha sido estrenado en Estados Unidos y Europa y el próximo 4 de agosto será en Chile.

“La película no refleja la realidad. La vida en Colonia Dignidad fue mucho más terrible. El sufrimiento es muy difícil de transmitir”, explica Erika Tymm.

Erika nació en Alemania en 1959. Tenía dos años cuando sus padres emigraron a Chile para unirse al “paraíso cristiano” donde querían rehacer sus vidas tras la Segunda Guerra Mundial.

Hoy sigue viviendo allí. Ella es la encargada de guiar a los visitantes a través de los laberintos del terror.

En un búnker de hormigón armado y a la luz de una polvorienta bombilla, Erika recuerda los primeros años en libertad, cuando se afanaba en encontrar explicación a tanto sufrimiento.

“Aceptar que viviste en un mundo ficticio es un proceso largo. Cuando vino la policía a desarticular la secta nos defendimos, porque pensábamos que eran nuestros enemigos. No sabíamos que existía otra realidad”.

Con la mirada perdida, Erika desgrana su triste historia. Algunos recuerdos se le escapan. Los electroshocks han dejado lagunas en su memoria. Otros secretos los conoció en 2005, cuando se abrieron las puertas del lugar.

Fue entonces cuando descubrieron centenares de micrófonos, cámaras ocultas y pasillos secretos. También de las habitaciones donde se torturó y asesinó a los opositores a la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990).

A mediodía, los colonos hacen un alto en sus faenas para reunirse en una vieja cantina. Ellas, con pelo largo y falda hasta las rodillas. Ellos, con ropa de campo y manos curtidas. Hablan en alemán y rehuyen el contacto con los extraños.

Hace cuatro años los pobladores reconvertieron un edificio en restaurante y hotel. Las lámparas y butacas de Schäfer dan un toque siniestro al recinto, al que a veces llegan visitantes para participar en las fiestas folclóricas alemanas.

Los turistas quedan encantados con el bucólico entorno y la sabrosa comida de Villa Baviera, pero los familiares de las víctimas consideran una ofensa “bailar sobre los muertos”.

“Es una falta de respeto para quienes todavía buscan a sus seres queridos. Villa Baviera tendría que convertirse en un espacio para recordar a las víctimas”, sostiene Margarita Romero, presidenta de la Asociación por la Memoria y los Derechos Humanos Colonia Dignidad.

Luis Peebles fue salvajemente torturado allí en 1975. Hoy dice que abrir el centro turístico ha sido como “echar polvo encima de lo que ocurrió”. Él propone levantar un memorial que dé cuenta de la represión.

Pero para los pobladores, el turismo, además de ser una forma de ganarse la vida, es también la única manera de conocer el mundo exterior, porque muchos no han salido de allí jamás.

“No queremos vivir engañados y encarcelados nunca más. El turismo es la forma de evitar que las puertas vuelvan a cerrarse y de promover que la gente conozca otras realidades”, afirma Anna Schnellenkamp, la directora del hotel.

La mayoría opina que hay que desenmascarar el tenebroso pasado, ahuyentar los fantasmas y crear un museo que relate la historia, pero para ello necesitan ayuda económica y profesional. También en esto se sienten solos.

“Muchos critican y exigen, pero nadie hace propuestas reales”.

Cuando cae la noche, los residentes, cansados, regresan a sus casas. Pedalean bajo un parral de pilares blancos en vetustas bicicletas alemanas. Al cabo de unos metros, sus figuras se pierden entre un densa niebla azulada. EFE


 

 

 

 

 

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