Tachirenses ya no se alimentan como antes

(foto lanacionweb.com)
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Detrás de escasez, se asoma el hambre. Se siguen sirviendo platos, pero ya no cubren los requerimientos del organismo. “la mayoría de la gente está reportando reportando que hace una o dos comidas”,  describe Maritza Landaeta, investigadora de la Fundación Bengoa. Así lo reseña lanacionweb.com

Josefina Rey y Dariana Hernández no se conocen. Son dos tachirenses que, con estilos de vida distintos, comparten la preocupación de muchos: cómo alimentarse bien en medio de la crisis. Diario La Nación entró a sus hogares, en Cuesta del Trapiche y Pueblo Nuevo, para describir sus despensas y neveras “Nos pusieron a aguantar hambre”

En la vivienda de Josefina Rey, en Cuesta del Trapiche, sencillamente no hay despensa. Lo que llegan a comprar después de medio día de cola, o lo que alcanzan a repagar a precios infladísimos, lo van consumiendo de una vez para llenar los estómagos de 11 personas, incluidos dos ancianos de más de 80 años, tres niños y una adolescente embarazada.

Es jueves. Se acerca la hora de la cena. En la casa, de piso de cemento y techo de acerolit, la única provisión de comestibles cabe sobre una mesa: un litro de aceite y un kilo de arroz repagados el día anterior a 3.000 bolívares (para comprarlos, hicieron una “vaca” entre tres familiares) junto a un par de kilos de harina de maíz que llevó una hermana.

Esta noche se comerá arepa. Al almuerzo, como casi siempre, hubo sopa y arroz de acompañante. Las mañanas se pasan con arepa y café (cuando hay café) o agua panela. Mientras repasa este menú, Josefina deja de hablar. Bota lágrimas, contenida. “No es que uno quiera dar lástima”, aclara con dignidad, “pero a veces me encierro y lloro de la impotencia”, deja saber.

Impotencia y rabia. Eso siente. Antes, en esa cocina de baldosas rosadas preparaban caraotas de lunes a jueves con arroz, yuca, plátano o papa de la despensa. “Nos pusieron la vida difícil, nos pusieron a aguantar hambre”, suelta Josefina, trabajadora de limpieza en casas de familia. “A veces no tenemos con qué comprar, a veces no hay qué hacer”.

El 12 % de la población, o 3 millones y medio de venezolanos, ya hacían el año pasado dos o menos comidas al día, de acuerdo con la más reciente Encuesta Condiciones de Vida (Encovi 2015), una investigación conjunta de las universidades Central de Venezuela, Simón Bolívar y Católica Andrés Bello.

Pero el relato gubernamental es antagónico: los venezolanos tienen acceso a mayor número de comidas por día en comparación a 1998, afirma el Perfil Nutricional 2013-2014, el más reciente que ha divulgado el Instituto Nacional de Nutrición. El documento precisa que 95 % de la población consume tres comidas o más al día.

Carne, por ejemplo, no se prueba siempre en casa de Josefina. Y no porque la nevera de la casa, una Mabe amarilla, esté dañada desde hace algunas semanas. Fedenaga lleva la curva a la baja del consumo de carne por persona: el venezolano comía 24 kilos/año en 2012, cerró el 2015 con un promedio de 12 kilos y, hasta abril de este año, la ingesta había caído a 9 kilos per cápita.

Imagine una parrilla en la que siete de los 10 invitados se quedan con el plato vacío. Eso está pasando con la producción nacional de carne: alcanza para 30 % de la demanda nacional.

En la carnicería de Álvaro Pérez, en el barrio Las Flores, el que antes compraba dos o tres kilos ahora se lleva uno solo o medio kilo. Y no porque los núcleos familiares se hayan reducido, sino porque las porciones se achicaron. “Ahora se vende todo reducido a la mitad”, pondera el administrador. Aumentó la demanda de molida y costilla, más rendidoras y baratas en comparación con el precio del bistec, que oscila entre 2.600 y 3.200 bolívares el kilo.

Las consecuencias se expresan con números en la balanza. En casa de Josefina todos han bajado de peso. Aunque le ocasiona dolor, sobre todo con los niños, da gracias a Dios porque los más chiquitos todavía no se han acostado sin una arepa en el estómago. Comer menos que antes hace que uno de sus hermanos sienta que vive estresado. El mismo hermano que recién hizo trueque de ocho rollos de papel por un kilo de arroz, mientras que otro más intercambió un detergente de 2,7 kilos por dos pacas de harina que entre los 11 consumieron en un día.

A Josefina le toca hacer cola por productos regulados los lunes y sábados. Muchas, las ha perdido. Los que llegan a los supermercados del Táchira están rindiendo menos y el cierre de frontera no acabó con el desabastecimiento. En esa calle de Cuesta del Trapiche aún esperan la primera bolsa de mercado de los CLAP, aunque ya los han censado más de una vez.

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