La manzana de la discordia en Venezuela, Michele Vielleville

La manzana de la discordia en Venezuela, Michele Vielleville

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Todavía resulta memorable aquella leyenda griega que narra la vida de la diosa Eris. Conocida también como la diosa de la discordia, su historia recuerda las labores de un ser mítico al cual se le otorgó el poder de provocar todo tipo de conflictos y controversias en la tierra. Incluso, según la mitología griega, se atribuyó a esta deidad ser la causante de iniciar la Guerra de Troya.

Todo se originó a partir de aquella famosa boda entre Peleo y Tetis, a la cual fueron invitados todos los dioses y las diosas, excepto Eris, precisamente por su carácter indeseable. Sin embargo, según narra el mito,  inesperadamente ésta apareció y lanzó una manzana a los dioses que allí se encontraban congregados. Esa  manzana llegó deslizándose hasta donde se encontraban reunidas Atenea, Hera y Afrodita, y sobre ella aparecían grabadas en oro las palabras “para la más hermosa”; una frase que encendió la disputa, sobre la cuestión de quién era en realidad la más bella entre ellas, provocando además que cada una de estas diosas reclamara la propiedad de la manzana. Este asunto hizo que Atenea, Hera y Afrodita, solicitaran a un joven mortal llamado Paris que resolviera la controversia. La decisión de este joven mostró preferencias por Afrodita, y ocasionó la furia de Hera y Atenea, sobre él y la Ciudad de Troya. A raíz de ese viejo mito la expresión “la manzana de la discordia”  todavía pervive en el lenguaje cotidiano, y hoy nos permite explicar la situación del diálogo en Venezuela, como un verdadero asunto generador de discordias.





De hace tiempo para acá, en el seno de la unidad se han congregado todos los esfuerzos para la construcción de una salida pacífica y democrática a la tragedia que nos ha tocado vivir. Nuestra dirigencia política ha dado muestras de compromiso y de voluntad política, para concertar una estrategia que permita recuperar la estabilidad. Pero en los últimos días, las discusiones en torno al diálogo han hecho reconsiderar la necesidad de tener –incluso- que dialogar para poder dialogar –valga  la redundancia-, pues algunas diferencias, en cuanto a la percepción de este proceso, han hecho del asunto una manzana de la discordia que ahora no lleva grabada las palabras “para la más hermosa”, pero sí inscrita la pregunta “¿para qué dialogamos?” Porque el diálogo inteligentemente llevado, con objetivos y condiciones claras, puede ser la mejor bandera política que permita destrabar  de una vez el juego político para obtener una solución efectiva a la crisis; pero también puede  llegar a ser contraproducente si se deja exclusivamente en las manos del adversario. Por tanto, debe hacerse un uso estratégico de él, sus metas tienen que ser cuidadosamente planteadas y no pueden existir contenidos ambiguos en los asuntos que trate.

Es  necesario tener presente que el diálogo no debe tener otra razón sino la de permitir acordar una agenda electoral, para reconducir el descontento acumulado en la sociedad venezolana. Los ciudadanos no están dispuestos a permitir que sus derechos sean violentados, ellos desean un cambio de modelo político; el cual sólo será posible de establecer transformando el proceso de toma de decisiones, que a su vez cambia al revocar a su dirigencia.

Pero ese diálogo estará sujeto a unas condiciones, a partir del gesto de manifestar el respeto a la constitución, la necesidad de que se permita a abrir un canal humanitario, para responder de la manera más inmediata a la grave crisis alimentaria y la falta de medicinas en el país, y que haya verdaderamente  acciones efectivas. Debe haber una manifestación de gestos concretos en el proceso que se ha decidido activar. Pues de lo contrario, por parte del gobierno la estrategia será entonces la de extender el tiempo, para justificar el retardo del proceso y después culpar a la dirigencia, si llegara a ser  infructuoso. Un escenario para el cual es importante estar preparados, pero que no descarta las posibilidades a las cuales nosotros apostamos, de poder concretar definitivamente un cambio democrático del régimen.

Ciertamente, las diferencias de criterio, opiniones y creencias, forman parte de los procesos  normales de la forma de  vida democrática. Estos procesos permiten que la pluralidad y no la uniformidad, la diversidad y no la monotonía, constituyan los elementos esenciales de la dinámica política. Si ello no fuese así tendríamos que preocuparnos. Pero hoy en día, en Venezuela, esas diferencias no pueden degenerar en asuntos que provoquen situaciones de discordia, ya que el momento para el diálogo debe ser nuestra mejor oportunidad de mostrar el talante democrático que nos caracteriza y nuestra capacidad de capitalización de las demandas ciudadanas.

A partir de este momento la lucha democrática debe convertirse, entonces, en un juego de ajedrez político, ya que los movimientos tendrán que ser calculados y no deberán ser producto de la intuición o de los impulsos. De ahora en adelante habrá que minimizar debilidades y maximizar fortalezas, aprovechar las oportunidades y contrarrestar amenazas. Nuestro adversario político se encuentra en su fase terminal y nosotros en la mejor de ellas. Hagamos del diálogo nuestra mejor arma política.